Dicen que un momento crucial en toda relación es cuando una ve a su pareja cuidar a un niño.

Aparentemente, este momento definiría el potencial de padre de nuestro hombre, cosa que movilizaría nuestros más básicos instintos de supervivencia y despertaria nuestra necesidad de preservar la especie. Y un potencial padre es mucho más atractivo que un tipo del que nos tendremos que hacer cargo. O algo así.

Tengo un amigo recién separado, por ejemplo, que siempre me cuenta que cuando sale con el nene y el cochecito a pasear por el barrio levanta mucho más que solo en un bar un sábado a la noche, así que debe haber algo de cierto en todo esto.

>> El Papito

Ayer estaba leyendo una revista femenina en un café cuando entró un pibe de treintaypico con una nenita rubia, llena de rulos, vestida con una pollerita rosa y cargando la mochila de Bob Esponja.

El joven padre sentó a la nena en la mesa y sacó de la mochila de Bob Esponja un montón de libritos de esos con dibujos en blanco y negro para pintar, y una bolsa de crayones, fibras, lápices y todo tipo de útiles escolares.

Pidió un licuado para ella, un café para él, y juntos se pusieron a pintar, divertidísimos.

La verdad es que a mí no se me movió un pelo, pero las cuatro minas de la mesa de atrás se volvieron locas y empezaron a cuchichear enseguida.

Mina 1
¡Miralo, por favor! ¡Me lo como!
Mina 2
¡Mirá lo que es la nena! ¡Me muero!
Mina 3
Él es un amorrrr ¡Estpan pintando juntos!. ¡Yo quiero uno así!
Mina 1
Ay chicas, todas tendríamos que tener uno así…
Mina 3
¡Es que ya no hay hombres! ¡A los que había ya se los agarraron las otras!
Mina 1
Por ahí es separado…
Mina 2
Si es separado lo quiero para míiii
Mina 3
Seguro la mujer era una loca, para dejar ir un tipo así ¡la nena lo adora!
Mina 4
¡Papitoooooo!

“¿Qué es todo este susanismo?” me pregunté desconcertada, y recordé la teoría de la preservación de la especie.

¿Es que todas tenemos un instinto maternal, no importa cuán oculto, que siempre está latente? ¿Me voy a poner así cuando cumpla las tres décadas? ¿Y cómo rankea mi concubino en este tema de la partenidad? ¿Él es el padre del hijo que aún no quiero tener?

>> Mi “papito”

- Dato 1
Al chango le encantan los chicos. Será porque le cambió los pañales a sus hermanas y ya la tiene clara, o quizás tiene que ver con que ya pasó hace tiempo los treinta y su reloj biológico -ellos también tienen- está haciendo tic-tac vertiginosamente; pero lo cierto es que los niños también lo aman.

Sus compañeras de trabajo dicen que él sería un padre maravilloso porque es logra que dejen de llorar los bebés de todas y los hace dormir como angelitos.

Sin embargo, conociéndolo como lo conocen también ustedes, me lo imagino igual de nene que la criatura en sí.

La escena se desarrolla en mi mente como una película de Hallmark:

Son las diez y media de la noche, y el pequeño Ulises llega de jugar embarradísimo. Yo estoy asustada y quiero cagarlo a pedos, ponerle límites porque un hijo tiene que poder jugar y divertirse, pero no hasta cualquier hora y menos sin avisar dónde está.

El chango, que ni se percató de la ausencia del frutito de nuestro amor, escucha mis gritos (”¡Que sea la última vez que volvés tan tarde sin avisar, enano! ¡Me preocupé mucho!“), y lo llama: “¡Uli, vení, vení que papá sacó un tema con la guitarra!“.

El nene iría a los saltos, derecho a nuestra cama, y apoyaría las zapatillas embarradas en el acolchado celeste, fascinado por tener un papá tan divertido. Yo me haría mala sangre, y sería siempre la mala de la película.

- Dato 2
Ahora, lo llamativo es que hace un par de semanas él viene desarrollando un hobbie, que es retar mocosos ajenos por la calle.

El otro día, en el cine, dos retoños jugaban a bajar corriendo por la escalera mecánica que subía. El chango, indignadísimo, se acercó y le dijo a uno: “Papi, no es para jugar esto eh, es peligroso“.

Y el domingo pasado un purretito de esos tipo terremoto nos llevó puestos en la cuadra de casa, y él lo tomó suavemente del brazo y lo retó con seriedad: “¡Eeeh, campión, te tenés que fijar por dónde vas, te podés lastimar!“.

Los nenes siempre lo miran como si fuera un maniático que les va a quitar el ipod o algo así, le contestan “sísí, buenobueno” y salen corriendo en busca de algún otro adulto.

Analizando esta actitud veo que Él tiene sentido común y no va a dejar a nuestro bebito electrocutarse con un enchufe ni nada por el estilo.

- Conclusión
Por un lado conozco su costado infantil, pero por el otro veo potencial en la identificación de situaciones peligrosas para un niño.

Finalmente, con esta información no puedo determinar si este hombre puede ser el padre del hijo que no está en mis planes, pero tengo miedo que las otras mujeres sí y digan cosas babosas sobre él y se lo quieran levantar.

Por suerte no tiene hijos de concubinatos anteriores y no los puede usar para hacerse el divino, je.

Con una mano en el corazón, yo pensaba que el chango se adaptaría a un estilo de vida civilizado -el mío-, y que con el tiempo ambos estaríamos perfectamente sincronizados para llevar adelante un hogar inmaculado, respetando todas las reglas que a mí se me antojara imponer.

Según mis planes, los días transcurrirían suaves y perfumados en la calma bucólica de nuestro departamento suburbano, donde la factura del teléfono nunca se vence y la basura jamás larga olor. Él aprendería a elegir las ofertas en el chino, y yo dejaría de exigirle frenéticamente que no deje la remera en el piso del baño que acabo de limpiar con lavandina porque él se daría cuenta solo.

Pero hace unas semanas que parece estar sucediendo justo lo contrario.

>> Moni Argento (O Peggy Bundy, bueno)

Hay algunas “cositas” que hago ahora sin darme cuenta, que en otros tiempos me habrían parecido espantosamente paleolíticas, propias de un mamut peludo y bruto.

Basta con echar una breve mirada a mi lado de la cama para comprobar que no exagero. Hay una banquetita roja…bah, creo que es roja porque ya no se ve un milímetro de caño, cubierta por una masa informe de ropa hecha un bollo gigante, que se termina derramando por el piso, mezclándose con al menos cinco pares de zapatos diseminados aleatoriamente. Sobre mi mesa de luz hay bolsas, una guía T, un diario de noviembre 2007, pañuelitos de papel usados, un espejo y una pincita de depilar, una crema de manos llena de pelusa y un perfume para la ropa.

Haga lo que haga, ese sector escapa toda limpieza. Pasan las semanas y la ropa se sigue juntando hasta que decido lavarla, sin fijarme siquiera de qué prendas de trata o si me conviene meterlas todas en una sola tanda.

Sin ir más lejos, mientras escribo esto me sirvo el café directamente en la taza que dejé anoche para lavar, porque total ya estaba seca.

Y eso no es lo peor. El otro día me sorprendí a mí misma tomando gaseosa del pico al lado de la heladera, para bajar unos bizcochitos que me había comido… en la cama, leyendo el diario que había salido a comprar con el mismo jogging que uso para dormir.

¿Me estaré mimetizando con el monstruo derramador de café y fabricador de migas con el que vivo? ¡Encima ahora él me reta a mí!

>> El otro lado de la tortilla

Anoche llamó desde la cocina, entre sorprendido y enojado pero 100% serio:

“Mirá, tengo que hablar con vos. Todo bien con que no cocines todos los días y que no me planches las camisas pero estás de vacaciones y tenés toda la ropa tirada… ¿vos viste lo que es tu lado de la cama? Y no es sólo eso, dejás la ropa tirada por toda la casa, esto es un quilombo… están tus platos de ayer al mediodía sin lavar y vos ya sabés que si dejás los platos sin lavar de noche viene la cuca, y hay papelitos con mocos en todos lados ¡No podemos vivir en un chiquero! O sea, yo no puedo hacer todo ¿entendés?… el sábado pasado cociné y ayer limpié el baño… ¿vos que hiciste? Y por favor sacate mi remera de la Selección.”

Supongo que le podría haber contestado que es un irrespetuoso y que hice de todo como lo vengo haciendo desde que él vino a complicarme la existencia con sus hábitos higiénicos y alimentarios, pero lo cierto es que efectivamente hay carilinas mocosas en todos los ambientes de la casa.

>> Shrek y Fiona

Analizando esta situacion, me parece que el chango y yo somos como Shrek y Fiona. Shrek sabemos de movida que es un ogro oloriento de buen corazón, pero de Fiona creemos que es una princesita delicada hasta que finalmente descubrimos su verdadera identidad: ella también es una ogra olorienta de buen corazón.

¿Qué hago? ¿Me entrego a la mugre o vuelvo a poner los pies sobre la tierra -literalmente, la tierra, hace 20 días que no barremos- y empiezo a poner mi vida hogareña en orden nuevamente? ¿Y si mejor uso el laburo como excusa para no hacer nada más? ¿Puedo permitir que él me llame la atención a mí o es un chango caradura? ¿Le lavo las chombas o mejor me concentro en desenmarañar mi propio caos primero? ¿Soy, al final de cuentas, igual que él? ¿Y por qué me siento culpable? ¿Soy machista si me siento culpable?

Lo único que me consuela es que hoy a las 6 a.m. me despertó nerviosísimo porque no encontraba su DNI ni su tarjeta de crédito. Buscamos hasta las 7 pero no tuvimos suerte. Hace 10 minutos me mandó un mensaje diciéndome que tenía todo en el bolso.

Una persona que pierde su DNI siempre será más Shrek que yo… aunque últimamente yo guardo el mío en una bandeja de plástico de rotisería arriba del televisor…

¡Socorro!

Después del debut en La Capital, Pájaro en mano sigue haciéndose un lugarcito en los medios.

Gracias Marie y Melianushka por avisarme que salimos este mes entre los recomendados de la revista Elle… ¡Tuve que blanquear con el chango, que ahora se enterará de todo lo que estuve diciendo de él!

También pueden encontrar una notita en la revista Las Rosas, donde mencionan a las lectoras de este blog (¡Digo cosas lindas de ustedes, chicas!). La revista pueden leerla online, y en unos días estará disponible para descargar en .pdf.

Gracias a todos por acompañar a Pájaro en mano, y ¡que sigan los calzoncillos sobre la mesada!

El otro día escuché una conversación telefónica entre uno de mis amigos y su concubina. No sé qué le estaba contando ella, pero por toda respuesta obtuvo una combinación de “¿Y?”, “¿Entonces?” y “¿Para qué me contás esto?” que me llamó mucho la atención.

Cuando le consulté, él me explicó que otra vez su novia le estaba taladrando la cabeza con no-noticias.

¿Qué son las no-noticias? ¿Por qué irritan? ¿Es que los hombres no saben escuchar o somos nosotras las aburridas? ¿Cómo las identificamos? Ahondemos en el tema.

>> Puro Bla Bla

Las no-noticias, definía mi amigo, son comentarios de escasa relevancia y nulo interés que las mujeres parloteamos incesantemente cual loritos fuera de control y que en el 90% de los casos fastidian a los hombres hasta el límite de lo soportable.

A simple vista notamos dos problemas:

En primer lugar, como normalmente estamos convencidas de que nuestro relato es apasionante, nos ofendemos cuando nuestro interlocutor no formula respuesta alguna y es muy usual que se desencadenen algunas discusiones del estilo “vos nunca me escuchás cuando te hablo” o “en esta relación yo estoy pintada, estoy cansada de que me ignores“. Esto confunde y desconcierta a nuestro sujeto, que hasta ese momento estaba sentado mirando el catálogo de Sony tranquilamente.

Por otra parte ¿por qué nunca se quejan? ¿No creen poder tener conversaciones profundas y llenas de significado con nosotras? ¿No vale la pena intentarlo?

Aparentemente, estimadas, ocurre que al final del día nuestra voz tiene el mismo impacto en nuestro muchacho que el zumbido de la heladera o el ruido del lavarropas centrifugando: lo oyen, pero no tienen idea de qué es.

>> Algunos ejemplos de no-noticias

Para solucionar este dilema que, según descubro, aqueja a la mayoría de las parejas, es necesario que identifiquemos qué tipo de narración constituye una no-noticia. Veamos algunos ejemplos:

1- “¡Estoy tan cansada! Hoy quería comprar harina integral para hacer un pan multicereal y fui al chino pero no había, y después iba a ir a coto pero estaba tan lleno de gente que al final no fui y encima caminé como veinte cuadras. Iba a comprar uno en la dietética pero cuando llegué ya estaba cerrado”.

Esto es una no-noticia porque no importa en lo más mínimo que hayamos querido comprar la harina. Ellos no tienen el pan sobre la mesa, ni tampoco un tarro con dulce casero para el caso, así que el periplo supermercadil les resulta completamente irrelevante.

2- “Me quiero comprar unas botas, pero no sé… ¿de caña alta me conviene? Porque yo no uso pollera. ¿Vos pensás que yo podría usar pollera? Maru tiene una buenísima pero es violeta, tendría que ir con unas botas negras o violetas. ¿Qué hago, me compro unas botas violetas? Ah, no sabés, hoy mi vieja tenía puesto un sweater pre-cio-so, tejido grueso con todalaonda re ochentoso…¡Con unos botones cuadrados divinos grises! ¿Y botas grises? ¿Te gustan las botas grises?”

Aquí no sólo estamos ante la presencia de una no-noticia, sino que caemos en el terrible error de pretender una respuesta por parte de nuestro hombre acerca de un tema tabú como lo es la moda. Ellos a duras penas saben la diferencia entre un pantalón de vestir y un jogging así que es inútil pedirles que identifiquen colores como el “petróleo” o el “uva”, o que reconozcan telas como el terciopelo o la pana. Lo único que conseguimos es marearlos.

En este caso es mejor ir con dos opciones muy simples, e indicarles cuál queremos que elijan, a saber: “¿Me compro botas grises o violetas? Las grises van con todo”.

3- “….Entonces José Luis se puso medio mal y dijo que esto no podía seguir así, que todos teníamos que ponernos a laburar por igual, y entonces Pipi se largó a llorar, porque ella esta semana no cumplió las horas y ahora piensa que la van a rajar, ah, porque aparte ahora José Luis está encantado con Andrea, la asistente que empezó hace cinco días y ya se cree la más diosa indispensable, es una atorranta, se viene a la oficina con unas polleritas que no sabés lo que son, todos los tipos la miran y Pipi se quema la cabeza de celos porque… ah, vos sabés que entre ella y José Luis pasó algo hace un tiempo ¿no? ¿Te acordás que te conté?”

Un hombre promedio no sabe quién es Pipi, no se acuerda si José Luis es tu jefe o el encargado del edificio, no puede precisar de qué trabajás ni dónde queda tu oficina, ni se acuerda de nada que le hayas contado en otras ocasiones. Sí puede saber que hay una que tiene buenas gomas y otra que parece que hizo un trío con dos de ahí, pero esa es toda la información que es capaz de retener. Y está perfecto.

Así como todos odiamos que nos cuenten sobre programas de televisión que no vemos, a nadie le importan las historias de gente que no conoce ni vio jamás. Los chismes de trabajo sólo se comentan con gente del trabajo. Con él hablá de Prison Break.

>> El agravante

Me corresponde hacer un gran mea culpa y aceptar que casi todo lo que le cuento a mi concubino cuando llega a casa a la noche entra en la categoría no-noticia.

Sin embargo, si bien me encanta compartir con él miles de narraciones soporíferas y sé que debo agradecer que él las escuche con dignidad, quiero también un poco de crédito.

El chango se crió con su madre, tres hermanas y veinticinco tías así que es un especialista en no-noticias. No en padecerlas, sino en contarlas él mismo, con una vuelta de tuerca típica de su estilo chillón.

Mientras nosotras simplemente enumeramos los hechos porque creemos que son intrigantes per se, él los agranda, los magnifica hasta hacerme creer que esa es la historia más fascinante jamás contada.

Sin ir más lejos, anoche llegó excitadísimo del trabajo y se despachó con esta anécdota:

“¡No te imaginás lo que pasó hoy! ¡Fue LO MÁS! Resulta que estábamos todos tomando café ¿no? y viene Sofía y nos dice ‘Ustedes siempre tomando café, parecen empleados públicos’ y todos se quedaron callados. Y ahi yo agarré y como nadie sabía qué decir dije… escuchá lo que dije, no lo vas a poder creer, dije… estaban todos escuchando porque estaban todos descolocados, porque Sofía trajo ella misma la cafetera el viernes pasado… dije… ’si fuéramos empleados públicos tomaríamos mate, pero como acá nunca hay yerba….’ ¡Y todos se morían de risa MAL!”

>> Justificación y compromiso

La verdad es que si nos limitáramos a decir cosas de interés -para ellos- estaríamos calladas el 80% del día, y yo no puedo estar callada, eso está fuera de toda discusión.

Además, por más intelectual y subyugante que sea una mujer, ninguna escapa al amor por la ropa, los chismes y la expresión oral desmedida.

Sí reconozco, sin embargo, lo mucho que irritan las no-noticias, así que estoy dispuesta a disminuir al mínimo su uso.

Por otra parte, no exijo respuestas ensayísticas. Ni siquiera demasiado coherentes. Con que el chango asienta con la cabeza me alcanza, y me parece un intercambio justo, si consideramos que yo debo prestarle atencion a las peroratas de una hora y media que sostiene con sus amigotes sobre si Riquelme distribuye el juego o es un muerto.

Así que mujeres, si bien no hemos de permitir que nos coarten nuestro derecho a hablar de más y sobre cualquier cosa, debemos tener en cuenta que una feliz convivencia tiene mucho que ver con una relación conversación-silencio eficiente y balanceada.

Las invito.

Las desafío.

Las dos cosas que más le gustan a cualquier hombre, además del sexo y la televisión, son comer y dormir.

No me importa que me acusen de simplista. Así como los bebés lloran de hambre o de sueño, los hombres experimentan un terrible disconfort si se ven privados del descanso o la comida.

Mi papá, por ejemplo, no cambia por nada del mundo su ritual de comer tostados en la cama mientras mira History Channel hasta quedarse dormido con el plato sobre la panza y la barba llena de migas. Mi abuelo, en cambio, no podía mantenerse en pie sin cuarenta minutos de siesta diarios. Y ni hablar de mi tío, que aun hoy se levanta las diez de la mañana. Mis amigotes, por su parte, organizan asados y encuentros con pizzas y bolsas de papas fritas una vez por semana, mientras que mi hermano se desespera por los alfajores de nuez que le trae su novia de Mar del Plata.

Como no podía ser de otra manera, mi concubino combina todos esos vicios. Y cuando digo combina quiero decir que los experimenta todos juntos, miren si no lo que pasó una noche de la semana pasada:

>> Martes - 20:00

El chango se queda dormido después de chanchear. Como no sé cuándo se va a despertar y no quiero ponerlo de mal humor, me visto y aprovecho para adelantar algunos trabajos y ordenar un poco la casa.

>> Martes - 20:45

El chango se despierta y grita desde la pieza:

Chango:
¿Está la comidaaaa?
Elena:
No, mi amor, estabas durmiendo. ¿Para qué iba a hacer la comida si no sabía si ibas a querer comer?
Chango (chinchudo)
¡Pero tengo hambre! ¡Quiero comer AHORA!
Elena:
Ay, bueno, bueno…¡YA preparo algo!

>> Martes: 20:47

Improviso con unas milanesas del freezer, un puré instantáneo y unos tomates con orégano, al ritmo de los ronquidos del chango, que se ha vuelto a dormir.

>> Martes: 21:20

Con la comida en la mesa, me acerco a la cama y, suavemente, le toco el hombro:

Elena (en delicado susurro):
Amorcito…
Chango (en violento sobresalto):
¿QUÉ? ¿QUÉ PASA?
Elena:
Nada… está la comida…
Chango (irritado):
¿No ves que estoy durmiendo? ¡Por favor! ¡No ves que estoy DESCOMPUESTO DE SUEÑO!

Quisiera contar que le revoleé las milangas por la cabeza al grito de “me tenés harta, salvaje”, pero en cambio puse todo en una bandejita y se lo llevé a la cama.

Perdón, feministas del mundo…

“Cuando nos conocimos vos me deslumbraste, pero yo no me quería enamorar así que por eso no te dí bola”.

Eso me dijo mi concubino anoche cuando hablábamos de todo lo que pasamos juntos hasta llegar a donde estamos ahora.

Mi experiencia en cambio fue bien diferente. Yo me quería enamorar, y me quería enamorar DE ÉL. Quería ir al cine con él, hablar con él de canciones y artículos de revistas y llevarlo a comer con mi mamá.

Él se dio cuenta, se asustó y me tuvo dando vueltas casi un año hasta que se decidió a estar conmigo. Recién entonces pudimos empezar algo, porque hasta ese momento todo era histeria. A los dos nos pasaban cosas, pero sólo uno estaba dispuesto a dar el gran paso.

¿Hasta qué punto el éxito de una relación está determinado por la simple voluntad de que las cosas funcionen? ¿Es enamorarse una decisión conciente?

Entiendo que al principio no. Cuando uno está empezando a conocer a alguien se deslumbra y pierde el control de sus emociones. El mundo gira alrededor del otro y todo, todo se ve a través de lo que el otro dice o hace.

Recuerdo haber pasado noches enteras tratando de descifrar las frases del tipo que me gustaba, para ver si él sentía lo mismo, si había esperanzas o si lo mejor era olvidarme y buscar a otro. Y ni hablar del tiempo que invertía en arreglarme, perfumarme y ponerme mi mejor pilcha todos los días por si llegaba a cruzármelo en algún lado.

Y esto pasa a todas las edades. Las adolescentes van al mismo boliche que el muchachito que les quita el sueño, y las de treinta leen el mismo libro que el hombre que las desvela, y toman el café en el mismo bar que él a la espera de que algún día…

Una amiga mía, por ejemplo, dice que cuando piensa en su novio se emociona y llora porque lo quiere “demasiado”, y cada vez que él le nombra a alguna amiga o compañera de trabajo la invaden unos celos irracionales que no la dejan dormir.

Aún así, esta etapa dura sólo algunos meses. Después idealización se lava, las hormonas se calman y lo que quedan son dos personas que ya se conocen bastante, pero que todavía tienen un largo camino por recorrer.

Esta es siempre mi parte favorita, porque si bien uno choca un poco más con la realidad, aún no cae en el acostumbramiento. Por un lado siento que tengo un compañero y que confío en él, pero sigo teniendo cosas por descubrir. Me siento seducida a un nivel más profundo. Acá es cuando empiezo a tener sexo con amor, y todavía creo que son adorables los defectos de mi muchacho.

De ahí pasamos directamente a la próxima fase, que es la más complicada porque uno ya le conoce todas las mañas al otro y se empieza a irritar.

El tren de la seducción se adormece, y la pareja cae en la desolación del día a día. Siempre hacemos lo mismo, comemos en los mismos lugares y vemos la misma clase de películas. Nosotras dejamos de depilarnos con tanta dedicación, y ellos comen más o no se afeitan para vernos. Las conversaciones se hacen un poco más monótonas, y lo que antes nos parecía encantador ahora nos llena de ira.

Sin embargo no siempre nos separamos. ¿Por qué?

Porque tomamos “la decisión”. Nuestra pareja es un desastre, tiene celulitis o las tetas caídas o granos o ronca o cocina mal o grita mucho, pero sabemos que no podemos vivir sin ella.

Y es que si hay algo que aprendí estando en pareja es que los grandes momentos se alternan con los momentos de mierda, y los primeros sólo cobran importancia con ese contraste. La vez que mi concubino viajó una hora para sorprenderme con comida judía porque sabía que yo nunca la había probado, por ejemplo, es mucho más maravillosa cuando pienso que dos días después trabó el tambor del lavarropas por meter los jeans con las monedas en los bolsillos.

Hay que aferrarse a lo bueno para tolerar lo malo, y eso requiere de todo nuestro empeño.

No es que yo sea escéptica respecto del amor, al contrario. Si el chango se va y yo no tengo que lavarle nunca más el calzoncillo me mato; lo que quiero decir es que uno decide construir con el otro, en vez de irse con alguien nuevo para vivir la excitación de los primeros momentos nuevamente.

Las relaciones que valen la pena son las que pasan por épocas de rencor, aburrimiento y enojo para después concentrar sus energías en que todo esté bien otra vez, porque sencillamente no puede estar de otra manera. Si todo es siempre igual nos marchitamos, porque lo opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia.

El chango es desordenado, gritón, pedante, charlatán, descuidado, egoísta; pero también es divertido, cariñoso, inteligente, creativo, paciente y talentoso. Lo amo y lo odio, todo al mismo tiempo.

Mejor dicho, decido amarlo y odiarlo, porque no concibo la vida sin él.

Pero porque YO quiero.

¿Está claro?

Ganarle a la rutina es un desafío que estoy dispuesta a superar. Sé que el jogging y el piyama son los enemigos del romance, así que decido no volver a caer en las garras del suave algodón.

Mi misión: recuperar la fogosidad perdida.

Día 1:

Llego a casa a las 11 de la noche. El chango mira la tele en la cama.

Me grita desde el cuarto que prepare algo de comer así cenamos acostados porque está muerto. También necesita unos masajes en la espalda.

Los stilettos que había preparado para jugar quedarán para alguna otra oportunidad, total la semana recién comienza.

Día 2:

No vuelvo tan tarde del gimnasio, así que me baño enseguida y me exfolio las piernas con un gel de mango y manzanilla. Miro con desdén a las chancletas de toalla y en cambio me decido por unas ojotas plateadas y una camisita de gasa blanca, bastante transparente.

Tengo tiempo hasta que llegue mi concubino decido hacer una cena especial: costillitas de cerdo con batatas al horno y salsa de mostaza.

Estoy concentrada en las costillitas y descuido las batatas, que empiezan a chamuscarse. Trato de sacarlas lo más rápido posible y con la asadera golpeo el mango de la cacerola donde se calienta la salsa, que me cae íntegra sobre la camisa.

Grito de dolor mientras vuelan los carboncitos ex-batatas por el aire. Dejo todo en el piso porque me quemo viva y la camisa me salió 80 pesos.

Refriego como loca en la pileta de la cocina para sacar la mancha amarilla de la gasa finísima. Levanto la cabeza y lo veo a Él parado en la puerta, muriéndose de risa.

Pedimos una pizza.

Día 3

La adversidad no me va a ganar. Los stilettos me siguen esperando, y mi conjuntito de lencería nuevo también.

Me perfumo “donde quiero que me bese” y lo espero.

Suena el teléfono: “Amor, como por ahí con los chicos y voy para casa. Voy a llegar tarde así que no me esperes“.

Miro por la ventana, resignada. Me parece ver dibujado en las estrellas el mensaje “siga participando“.

Día 4

Está un poco fresco para andar semidesnuda, así que me dejo la ropa de calle. Pero vuelvo a la carga con los stilettos. Hace mucho que no los uso. Creo que me los puse alguna vez para una fiesta y quedaron ahí juntando polvo hasta esta semana. Con ellos mido un metro setenta y mis piernas tienen un largo saludable. No me siento un tapón de océano, sino una mujer sensual, alta, flaquísima, deseable.

Me duelen los pies como si me los estuvieran golpeando con un martillo, pero no me importa, soy la más diosa.

Cuando llega lo abrazo y lo beso con pasión. Me mira de arriba abajo con lujuria y cuando pienso que me va a decir la guarangada mas sexual del mundo lo que sale de su boca es:

¿Y esos zapatos? ¡Atrasan mil años!

Día 5

Ni piyama, ni stilettos, ni costillitas ni camisa transparente ni una mierda.

Lo espero desnuda.

Esta noche habrá sexo así sea lo último que haga.

Uno de mis peores defectos es la desconfianza.

Creo que todo empezó cuando tenía once años y le conté a una amiguita que gustaba de Matías. A la semana se enteró todo el colegio, y él dejó de hablarme porque le daba vergüenza que una gordita gustara de él.

Otro episodio que también puede haber dejado una marca en mí fue cuando mi hermano leyó mi diario íntimo y se enteró de que a mí me encantaba Batistuta en el mundial ‘90.

De ahí en más fue cada vez peor. No quería prestarle nada a nadie porque pensaba que me lo iban a romper o a robar, y ni loca me copiaba en los exámenes, porque estaba segura de que lo que escribía el resto estaba mal.

En la adolescencia no les creía a los chicos cuando me decían que querían estar conmigo. Mantenía la puerta de mi cuarto cerrada con llave y cambiaba la contraseña de mi correo electrónico cada semana.

Y a eso quería llegar. Al correo electrónico. A la privacidad. Al temor a que te lo lean. A lo que guardás ahí.

¿Es lícito leerle la correspondencia al concubino? ¿Tenemos permitido inmiscuirnos en detalles de este tipo? ¿Cuán privado es el mail?

Hay quienes comparten sus contraseñas sin más. Para ellos, no hay problema, porque “no tienen nada que esconder”, e incluso les parece práctico llamar a sus novios/as y pedirles que “me imprimas un archivo que está en mi gmail”.

En cambio están los que defienden a su casilla con la vida, y sostendrán hasta las últimas consecuencias que el correo es algo privado y leer el de tu pareja es una violación de la confianza. Y una pareja que no se base en la confianza, señores, no tiene chance.

Así que yo voy muerta. Me gustaría aprovechar el post de hoy para limpiarme de un pecado atroz que me está carcomiendo la conciencia.

Hace tres días que le revisé los mails al chango. Él había salido corriendo como de costumbre y había dejado la sesión abierta. Yo me senté a la máquina y sin dudar un instante le leí todos y cada uno de los correos.

Chequeé las carpetas una por una hasta que encontré los mails de todas sus ex y los devoré en 20 minutos.

Cualquier persona con un poco de sentido común -o respeto hacia el prójimo- habría cerrado inmediatamente la sesión y abierto una nueva con su propia cuenta, pero yo no. Yo soy desconfiada. Yo creo que un día va a conocer a una fotógrafa o a una directora de cine y me va a dejar y quiero estar preparada para matarlo a piñas cuando se quiera llevar el DVD y la tostadora.

Pero en vez de promesas de encuentros clandestinos con zorras ignotas lo que me encontré fueron mails de La Nación Line, The Beatles.com y El Amante Cine. Nada interesante. Salvo por la correspondencia con sus ex, que me descontroló de bronca. Cada palabra de amor que él tipeó en su vida estaba ahí, y yo prácticamente memoricé cada párrafo. ¡Soy una enferma!

Después de esto: ¿Me habré curado de espanto? ¿Habré solucionado mi trauma? ¿Le sigo leyendo los correos o mejor paro acá? ¿Le cuento que se los leí y le pido perdón?

Quizás esto me sirva para aprender que a veces, simplemente hay que confiar en la gente y ya.

Ok, es cierto que mi concubino ronca y gusta de Cristina Kirchner. Pero aún así, es el mejor de todos los hombres de mi vida.

Por ejemplo, es muchísimo mejor que S.R.

S.R. fue mi primer novio, y me gustaba porque hablaba bien inglés y se hacía los claritos. Sí, cuando somos chicas nos gustan muchachos por las razones más estúpidas.

1-
El sueño de S.R. era irse a vivir a Miami con su hermano, que ya estaba allá vendiendo cds vírgenes y otros insumos de computación, y hablaba de la gran vida que tendría en el exterior (Miami) mientras se comía un pancho con mayonesa en el recreo de las 9:15.

A mí se me caían las medias.

2-
El rasgo distintivo de S.R. era que mentía compulsivamente. Un día me acuerdo que me dijo que había escrito una canción y me mostró el siguiente verso garabateado en un papel de fiambrería:

“And I miss you, yeah, like the deserts miss the rain”.

Elena
Ehm… ¿Esa no es la cortina de los desfiles de Giordano?
S.R. (ofendido)
No, no, no tiene nada que ver, este tema lo escribí yo.
Elena
Sin embargo me parece que es la canción que pasan en la publicidad del desfile de Giordano…
S.R. (ofendidísimo)
¿Me estás llamando mentiroso? Si no confiás en mí no podemos ser novios.

3-
Ahora todas tienen fotolog, pero por esos años yo llevaba un diario escrito en segunda persona, íntegramente dirigido a él, en el que contaba hasta el último detalle de nuestras conversaciones, a saber:

“13 de agosto de 1997: Hoy nos cruzamos en el recreo y vos tenías puesta una bufanda azul que te quedaba re linda, porque sos re lindo y hermoso. Me dijiste “Hola, che. ¿Todo bien?” y no me gustó que me dijeras “che” en vez de Elena, porque antes me decías Elena, y “che” significa que no tenemos confianza. Además lo dijiste en un tono distante y me pareció que no querías que te saludara porque estabas con tus amigos. Aunque creo que me guiñaste el ojo, y eso significa complicidad, aunque no estoy segura. Me encanta que uses el jean roto, pero no me gusta que seas tan amigo de Paula”.

Paula era el gran amor de S.R. y mi mayor pesadilla: era rubia, iba a natación y tenía el mejor promedio del colegio. Al principio éramos amigas, pero después nos distanciamos porque yo la odiaba y no soportara que S.R. muriera de amor por ella.

4-
El desenlace de mi tórrido romance con S.R. es por demás predecible. Después de haberme manoseado a gusto y piacere decidió pastar en los campos de la atorranta Paula, dejándome sola y adolescente.

Ese verano se fue a vivir a Miami y no supe nada de él por mucho tiempo.

5-
Hace unos años lo ví. Estaba de paso en Buenos Aires, y tenía puesto un saco azul marino con unos enormes botones dorados. Me pidió disculpas por “lo que me había hecho cuando éramos pendejos”, pero yo le quité importancia diciendo que ni me acordaba.

Seguía vendiendo cds con el hermano y dijo que a él no le interesaba el medio ambiente porque “tenía la suficiente plata como para no tener que preocuparse por el tema”.

Me tiró onda y yo me dí el gusto de decirle que no.

6-
Conclusión:
Roncador le gana a capitalista mentiroso enemigo del planeta.

Chango: 1
Los otros: 0

No es necesario que describa cómo se comporta un hombre enfermo. Cualquiera que piense en su padre, o en algún hermano, primo o tío sabe perfectamente de qué hablo.

Primero se sacan toda la ropa y se acuestan, aunque su “enfermedad” sea simple cansancio o dolor de pies.

Luego se quejan, llorisquean, arman un escándalo antológico porque no aguantan sentirse tan terriblemente mal.

Y después piden. De todo. Piden que los mimen, que los cuiden, que les hagan sopita o tecito o pollito con puré de calabaza, que les alcancen el control remoto, que los tapen, que les compren el diario.

Ahora, cuando una de nosotras está enferma ¿qué hace? Nada, se toma el medicamento que haya que tomar, va a ver al médico que corresponda, y después se deja de romper las pelotas. Se recuesta un rato y espera que se le pase, sin molestar a nadie.

Pero a veces una mujer también necesita que la cuiden.

Hace un par de noches, por ejemplo, me desperté con náuseas y corrí al baño a despedir la cena estruendosa y desagradablemente. Mientras vomitaba me iba quedando sin aire y tosía. Tomé una buscapina para el dolor de estómago y volví a acostarme. El chango seguía ahí, roncando.

El episodio se repitió dos veces más, y cada vez fue peor que la anterior. Él a duras penas atinó a preguntarme entre sueños si estaba bien.

A la mañana me pasaron toda clase de cosas horribles relacionadas con procesos gastrointestinales, así que no fui a trabajar.

Él sí fue, y en un momento de lucidez me llamó para preguntarme cómo estaba:

Chango:
Hola amor, ¿todo bien?
Elena
Sí, sí, un poco mejor… vomité un par de veces más y ahora estoy en la cama, esperando al médico. Creo que tengo fiebre, pero estoy bien… por lo menos pude dormir un poco…
Chango:
Ah, entonces no me pasás a buscar para ir al bafici, ¿no?

Y acá mi error, que demuestra que en todos estos años no aprendí nada:

Elena:
Y… no, amorcito, no me siento bien como para salir… pero vos andá a ver alguna peli, eh. ¡No te quedes sin ir!
Chango:
¡Bueno!

¿Cómo pude ser tan estúpida y creer que si le decía que fuera igual al cine él iba a comprender que lo que yo necesitaba era que él corriera a casa a cuidarme y me trajera remedios?

¿Y qué clase de obtuso no comprende cuando su cónyuge le dice que tiene fiebre y que está esperando al médico? ¡Al médico, por Dios!

Finalmente lo llamé tipo nueve de la noche. No iracunda, pero sí algo fastidiada, porque una cosa es ver una película y volver a casa y otra muy distinta es quedarse boludeando cinco horas.

Resulta que el señor se había encontrado con un amigo y los dos estaban charlando tan animadamente que habían perdido la noción del tiempo.

Chango:
¡Hola mi amor! ¿Cómo estás? ¡Cuando venía para el Abasto me encontré con Martín y a que no sabés qué nos pasó?
Elena:
¿Se quedaron pelotudeando y se olvidaron de la película?
Chango:
¡Síiiii! Ahí te lo paso, así lo saludás.

Martín:
¡Hola Elena!
Elena:
Hola, Martín, ¿cómo va?
Martín:
¡Bien! ¿Y vos?
Elena:
Mirá, estoy enferma, tuve que ir a comprarme Reliverán y casi me desmayo en la farmacia por un bajón de presión. Ahora estoy acostada y mi novio no me viene a cuidar. ¿A vos te parece?
Martín:
¡Uuuuh! Bueno, pero si estás enferma y acostada ¿qué va a hacer él ahí?…¡que te mejores!
Elena:
…Gracias…

(click).

¿Alguien cree que el Señor fue capaz de siquiera mandarme un sms para ver cómo me sentía o si necesitaba algo? Claro que no. Y además llegó pasadas las once de la noche.

Elena:
Viniste tarde… estuve todo el día sola y vomitando…
Chango:
¡Pero si vos me dijiste que fuera a ver la película!

Me sentí Marge Simpson.

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