Cuatro días de perfecta convivencia.
Desayunamos juntos, después cada uno se va a su trabajo, y nos reencontramos a la noche a conversar lo que nos quedó después de las tres o cuatro llamadas que nos hicimos durante el día, porque “te extraño” y “tengo ganas de verte, mi bomboncitolindohermosointeligente”.
Cuatro días de elogios a mis aptitudes para la cocina, y de alabanzas interminables al placer de dormir abrazado a un cuerpo caliente que no sea la bolsa de dormir, que por otra parte he abandonado vilmente como una mala amiga que se va con un chongo cuando vos necesitás consuelo porque un señor te dijo “gorda” por la calle.
También fueron cuatro días de cuidado intenso del hogar, de limpieza, de orden, de compromiso, de no ponerse el jogging ni bien se llega a la casa, de no desterrar remera de Oasis del ‘98 con manchas de lavandina. Hay que cuidar los detalles para mantener la magia.
En estos cuatro días me perfumé para ir a dormir, y atiborré la heladera de quesitos untables y salamines. Él, por su parte, se afeitó y se cortó las uñas de los pies. Si esto es la convivencia, me digo a mí misma, convivir es lo más. Es todo. Es mil. Él es mi príncipe azul que llegó para demostrarme que los hombres son en verdad maravillosos, y que los monstruos escupidores de migas de sánguche que me crucé hasta ahora eran excepciones a la regla.
Lamentablemente, a la mañana del quinto día, cual profecía cumplida, apareció el primer indicio de que no todo iba a ser como un comercial de los años ’50.
Ahí estaba, desafiante, el calzoncillo de Él sobre la mesada de la cocina.