Abril 2008


Ganarle a la rutina es un desafío que estoy dispuesta a superar. Sé que el jogging y el piyama son los enemigos del romance, así que decido no volver a caer en las garras del suave algodón.

Mi misión: recuperar la fogosidad perdida.

Día 1:

Llego a casa a las 11 de la noche. El chango mira la tele en la cama.

Me grita desde el cuarto que prepare algo de comer así cenamos acostados porque está muerto. También necesita unos masajes en la espalda.

Los stilettos que había preparado para jugar quedarán para alguna otra oportunidad, total la semana recién comienza.

Día 2:

No vuelvo tan tarde del gimnasio, así que me baño enseguida y me exfolio las piernas con un gel de mango y manzanilla. Miro con desdén a las chancletas de toalla y en cambio me decido por unas ojotas plateadas y una camisita de gasa blanca, bastante transparente.

Tengo tiempo hasta que llegue mi concubino decido hacer una cena especial: costillitas de cerdo con batatas al horno y salsa de mostaza.

Estoy concentrada en las costillitas y descuido las batatas, que empiezan a chamuscarse. Trato de sacarlas lo más rápido posible y con la asadera golpeo el mango de la cacerola donde se calienta la salsa, que me cae íntegra sobre la camisa.

Grito de dolor mientras vuelan los carboncitos ex-batatas por el aire. Dejo todo en el piso porque me quemo viva y la camisa me salió 80 pesos.

Refriego como loca en la pileta de la cocina para sacar la mancha amarilla de la gasa finísima. Levanto la cabeza y lo veo a Él parado en la puerta, muriéndose de risa.

Pedimos una pizza.

Día 3

La adversidad no me va a ganar. Los stilettos me siguen esperando, y mi conjuntito de lencería nuevo también.

Me perfumo “donde quiero que me bese” y lo espero.

Suena el teléfono: “Amor, como por ahí con los chicos y voy para casa. Voy a llegar tarde así que no me esperes“.

Miro por la ventana, resignada. Me parece ver dibujado en las estrellas el mensaje “siga participando“.

Día 4

Está un poco fresco para andar semidesnuda, así que me dejo la ropa de calle. Pero vuelvo a la carga con los stilettos. Hace mucho que no los uso. Creo que me los puse alguna vez para una fiesta y quedaron ahí juntando polvo hasta esta semana. Con ellos mido un metro setenta y mis piernas tienen un largo saludable. No me siento un tapón de océano, sino una mujer sensual, alta, flaquísima, deseable.

Me duelen los pies como si me los estuvieran golpeando con un martillo, pero no me importa, soy la más diosa.

Cuando llega lo abrazo y lo beso con pasión. Me mira de arriba abajo con lujuria y cuando pienso que me va a decir la guarangada mas sexual del mundo lo que sale de su boca es:

¿Y esos zapatos? ¡Atrasan mil años!

Día 5

Ni piyama, ni stilettos, ni costillitas ni camisa transparente ni una mierda.

Lo espero desnuda.

Esta noche habrá sexo así sea lo último que haga.

Uno de mis peores defectos es la desconfianza.

Creo que todo empezó cuando tenía once años y le conté a una amiguita que gustaba de Matías. A la semana se enteró todo el colegio, y él dejó de hablarme porque le daba vergüenza que una gordita gustara de él.

Otro episodio que también puede haber dejado una marca en mí fue cuando mi hermano leyó mi diario íntimo y se enteró de que a mí me encantaba Batistuta en el mundial ‘90.

De ahí en más fue cada vez peor. No quería prestarle nada a nadie porque pensaba que me lo iban a romper o a robar, y ni loca me copiaba en los exámenes, porque estaba segura de que lo que escribía el resto estaba mal.

En la adolescencia no les creía a los chicos cuando me decían que querían estar conmigo. Mantenía la puerta de mi cuarto cerrada con llave y cambiaba la contraseña de mi correo electrónico cada semana.

Y a eso quería llegar. Al correo electrónico. A la privacidad. Al temor a que te lo lean. A lo que guardás ahí.

¿Es lícito leerle la correspondencia al concubino? ¿Tenemos permitido inmiscuirnos en detalles de este tipo? ¿Cuán privado es el mail?

Hay quienes comparten sus contraseñas sin más. Para ellos, no hay problema, porque “no tienen nada que esconder”, e incluso les parece práctico llamar a sus novios/as y pedirles que “me imprimas un archivo que está en mi gmail”.

En cambio están los que defienden a su casilla con la vida, y sostendrán hasta las últimas consecuencias que el correo es algo privado y leer el de tu pareja es una violación de la confianza. Y una pareja que no se base en la confianza, señores, no tiene chance.

Así que yo voy muerta. Me gustaría aprovechar el post de hoy para limpiarme de un pecado atroz que me está carcomiendo la conciencia.

Hace tres días que le revisé los mails al chango. Él había salido corriendo como de costumbre y había dejado la sesión abierta. Yo me senté a la máquina y sin dudar un instante le leí todos y cada uno de los correos.

Chequeé las carpetas una por una hasta que encontré los mails de todas sus ex y los devoré en 20 minutos.

Cualquier persona con un poco de sentido común -o respeto hacia el prójimo- habría cerrado inmediatamente la sesión y abierto una nueva con su propia cuenta, pero yo no. Yo soy desconfiada. Yo creo que un día va a conocer a una fotógrafa o a una directora de cine y me va a dejar y quiero estar preparada para matarlo a piñas cuando se quiera llevar el DVD y la tostadora.

Pero en vez de promesas de encuentros clandestinos con zorras ignotas lo que me encontré fueron mails de La Nación Line, The Beatles.com y El Amante Cine. Nada interesante. Salvo por la correspondencia con sus ex, que me descontroló de bronca. Cada palabra de amor que él tipeó en su vida estaba ahí, y yo prácticamente memoricé cada párrafo. ¡Soy una enferma!

Después de esto: ¿Me habré curado de espanto? ¿Habré solucionado mi trauma? ¿Le sigo leyendo los correos o mejor paro acá? ¿Le cuento que se los leí y le pido perdón?

Quizás esto me sirva para aprender que a veces, simplemente hay que confiar en la gente y ya.

Ok, es cierto que mi concubino ronca y gusta de Cristina Kirchner. Pero aún así, es el mejor de todos los hombres de mi vida.

Por ejemplo, es muchísimo mejor que S.R.

S.R. fue mi primer novio, y me gustaba porque hablaba bien inglés y se hacía los claritos. Sí, cuando somos chicas nos gustan muchachos por las razones más estúpidas.

1-
El sueño de S.R. era irse a vivir a Miami con su hermano, que ya estaba allá vendiendo cds vírgenes y otros insumos de computación, y hablaba de la gran vida que tendría en el exterior (Miami) mientras se comía un pancho con mayonesa en el recreo de las 9:15.

A mí se me caían las medias.

2-
El rasgo distintivo de S.R. era que mentía compulsivamente. Un día me acuerdo que me dijo que había escrito una canción y me mostró el siguiente verso garabateado en un papel de fiambrería:

“And I miss you, yeah, like the deserts miss the rain”.

Elena
Ehm… ¿Esa no es la cortina de los desfiles de Giordano?
S.R. (ofendido)
No, no, no tiene nada que ver, este tema lo escribí yo.
Elena
Sin embargo me parece que es la canción que pasan en la publicidad del desfile de Giordano…
S.R. (ofendidísimo)
¿Me estás llamando mentiroso? Si no confiás en mí no podemos ser novios.

3-
Ahora todas tienen fotolog, pero por esos años yo llevaba un diario escrito en segunda persona, íntegramente dirigido a él, en el que contaba hasta el último detalle de nuestras conversaciones, a saber:

“13 de agosto de 1997: Hoy nos cruzamos en el recreo y vos tenías puesta una bufanda azul que te quedaba re linda, porque sos re lindo y hermoso. Me dijiste “Hola, che. ¿Todo bien?” y no me gustó que me dijeras “che” en vez de Elena, porque antes me decías Elena, y “che” significa que no tenemos confianza. Además lo dijiste en un tono distante y me pareció que no querías que te saludara porque estabas con tus amigos. Aunque creo que me guiñaste el ojo, y eso significa complicidad, aunque no estoy segura. Me encanta que uses el jean roto, pero no me gusta que seas tan amigo de Paula”.

Paula era el gran amor de S.R. y mi mayor pesadilla: era rubia, iba a natación y tenía el mejor promedio del colegio. Al principio éramos amigas, pero después nos distanciamos porque yo la odiaba y no soportara que S.R. muriera de amor por ella.

4-
El desenlace de mi tórrido romance con S.R. es por demás predecible. Después de haberme manoseado a gusto y piacere decidió pastar en los campos de la atorranta Paula, dejándome sola y adolescente.

Ese verano se fue a vivir a Miami y no supe nada de él por mucho tiempo.

5-
Hace unos años lo ví. Estaba de paso en Buenos Aires, y tenía puesto un saco azul marino con unos enormes botones dorados. Me pidió disculpas por “lo que me había hecho cuando éramos pendejos”, pero yo le quité importancia diciendo que ni me acordaba.

Seguía vendiendo cds con el hermano y dijo que a él no le interesaba el medio ambiente porque “tenía la suficiente plata como para no tener que preocuparse por el tema”.

Me tiró onda y yo me dí el gusto de decirle que no.

6-
Conclusión:
Roncador le gana a capitalista mentiroso enemigo del planeta.

Chango: 1
Los otros: 0

No es necesario que describa cómo se comporta un hombre enfermo. Cualquiera que piense en su padre, o en algún hermano, primo o tío sabe perfectamente de qué hablo.

Primero se sacan toda la ropa y se acuestan, aunque su “enfermedad” sea simple cansancio o dolor de pies.

Luego se quejan, llorisquean, arman un escándalo antológico porque no aguantan sentirse tan terriblemente mal.

Y después piden. De todo. Piden que los mimen, que los cuiden, que les hagan sopita o tecito o pollito con puré de calabaza, que les alcancen el control remoto, que los tapen, que les compren el diario.

Ahora, cuando una de nosotras está enferma ¿qué hace? Nada, se toma el medicamento que haya que tomar, va a ver al médico que corresponda, y después se deja de romper las pelotas. Se recuesta un rato y espera que se le pase, sin molestar a nadie.

Pero a veces una mujer también necesita que la cuiden.

Hace un par de noches, por ejemplo, me desperté con náuseas y corrí al baño a despedir la cena estruendosa y desagradablemente. Mientras vomitaba me iba quedando sin aire y tosía. Tomé una buscapina para el dolor de estómago y volví a acostarme. El chango seguía ahí, roncando.

El episodio se repitió dos veces más, y cada vez fue peor que la anterior. Él a duras penas atinó a preguntarme entre sueños si estaba bien.

A la mañana me pasaron toda clase de cosas horribles relacionadas con procesos gastrointestinales, así que no fui a trabajar.

Él sí fue, y en un momento de lucidez me llamó para preguntarme cómo estaba:

Chango:
Hola amor, ¿todo bien?
Elena
Sí, sí, un poco mejor… vomité un par de veces más y ahora estoy en la cama, esperando al médico. Creo que tengo fiebre, pero estoy bien… por lo menos pude dormir un poco…
Chango:
Ah, entonces no me pasás a buscar para ir al bafici, ¿no?

Y acá mi error, que demuestra que en todos estos años no aprendí nada:

Elena:
Y… no, amorcito, no me siento bien como para salir… pero vos andá a ver alguna peli, eh. ¡No te quedes sin ir!
Chango:
¡Bueno!

¿Cómo pude ser tan estúpida y creer que si le decía que fuera igual al cine él iba a comprender que lo que yo necesitaba era que él corriera a casa a cuidarme y me trajera remedios?

¿Y qué clase de obtuso no comprende cuando su cónyuge le dice que tiene fiebre y que está esperando al médico? ¡Al médico, por Dios!

Finalmente lo llamé tipo nueve de la noche. No iracunda, pero sí algo fastidiada, porque una cosa es ver una película y volver a casa y otra muy distinta es quedarse boludeando cinco horas.

Resulta que el señor se había encontrado con un amigo y los dos estaban charlando tan animadamente que habían perdido la noción del tiempo.

Chango:
¡Hola mi amor! ¿Cómo estás? ¡Cuando venía para el Abasto me encontré con Martín y a que no sabés qué nos pasó?
Elena:
¿Se quedaron pelotudeando y se olvidaron de la película?
Chango:
¡Síiiii! Ahí te lo paso, así lo saludás.

Martín:
¡Hola Elena!
Elena:
Hola, Martín, ¿cómo va?
Martín:
¡Bien! ¿Y vos?
Elena:
Mirá, estoy enferma, tuve que ir a comprarme Reliverán y casi me desmayo en la farmacia por un bajón de presión. Ahora estoy acostada y mi novio no me viene a cuidar. ¿A vos te parece?
Martín:
¡Uuuuh! Bueno, pero si estás enferma y acostada ¿qué va a hacer él ahí?…¡que te mejores!
Elena:
…Gracias…

(click).

¿Alguien cree que el Señor fue capaz de siquiera mandarme un sms para ver cómo me sentía o si necesitaba algo? Claro que no. Y además llegó pasadas las once de la noche.

Elena:
Viniste tarde… estuve todo el día sola y vomitando…
Chango:
¡Pero si vos me dijiste que fuera a ver la película!

Me sentí Marge Simpson.

Bienvenidos queridos lectores y lectoras (ahora hay que decir todo en femenino y masculino) a este útil espacio.

Hoy analizaremos algunas voces clásicas de nuestro bienamado español, y veremos qué diferente es su significado en el idioma hombre.

1-
Español:
¿Podés lavar los platos mientras yo termino un laburo?
Hombre:
¿Podés quedarte mirando la tele mientras yo termino un laburo así después lavo los platos y te doy postre?

2-
Español:
¿Te puedo dejar esta factura para que la pagues? Vence mañana. ¡No te olvides!
Hombre:
blablablfactura blablabla vence en algún momento blablabla ¡No te preocupes!

3.
Español:
Estoy muy cansada, esta noche no.
Hombre:
Te hago sexo oral.

Una amiga del laburo siempre dice que ella tiene como regla que su marido no la vea con jogging o piyama dos veces en un mismo día.

Al principio no le presté demasiada atención, pero con el correr de los meses me doy cuenta de que es importante tomar ciertos recaudos para conservar algo del encanto en la pareja.

Muchas veces el chango se levanta antes que yo y se va a trabajar cuando yo recién me estoy levantando, con mis babuchas rosas, mi remera de la Capilla Sixtina talle XXL y el pelo en un estado deplorable (si tuviéramos una mascota, podríamos confundirla a menudo con la bestia indomable que tengo en la cabeza a las 7 am).

Una vez que tomamos un café y él se fue a esperar el colectivo, yo me lavo la cara, me peino, me pongo los taquitos, me lleno de rimmel y salgo para la la oficina empapada en “Romantic N° 12″ (Our version of Ralph Lauren’s Romance).

A las 18, mi día está lejos de terminar. Me queda preparar una que otra notita para el día siguiente, pasar por lo de mi vieja, ir a alguna entrevista o visitar a una amiga, calzarme las llantas y correr hasta el gimnasio. A la vuelta me pego una duchita así nomás y vuelven a entrar en escena las babuchas rosas y la remera de la Capilla Sixtina talle XXL.

Cuando él llega, entonces, yo estoy igual de harapienta que a la mañana, sólo que entre ollas y transpirando por el horno prendido.

Claro que esto no fue siempre así.

Recuerdo cuando mi changuito era mi chonguito, y venía a verme dos veces por semana. ¡Yo lo esperaba con unas ansias…! No podía esperar a verlo, a olerlo y a besarle el cuello.

El ritual previo al encuentro era interminable, pero valía cada segundo: Primero la depilación, con cera, prolijísima, para eliminar hasta el último pelo de mi cuerpo. Luego las cremas hidratantes y los perfumitos, el maquillaje sutil -No CFK-, el arreglo del pelo y el piyamita de nena, rosa con voladitos, bien cortito.

Después venía la esperada ceremonia, con las copas de vino y el sexo intenso, de ese que te deja una sonrisa de oreja a oreja y al otro día todos te dicen que estás espléndida.

En abril de 2008 el panorama es algo diferente. Las botellas de vino se convirtieron en cocacolalight. La piel de bebé ahora es usual pelusita, y los contratiempos, los problemas en el laburo, el cansancio y las cuentas que pagar fueron desplazando al piyamita, que quedó en algún lugar junto con mi colección de tanguitas de tul.

Pero yo no quiero que mi vida sea así, y, como decía al principio, estoy dispuesta a hacer un esfuerzo. ¡La rutina conyugal no me va a ganar!

No volveré a ponerme los trapos infames. Me comprometo a perfumarme todas las noches y a volver a vestirme impecable después de un buen baño. Como una persona normal y no una concubina deshecha.

Y que el chango vea lo que los otros hombres ven todos los días pero que en realidad sólo le pertenece a él.

Ya les contaré cómo me va.

Si hay algo que sé valorar en otra persona son sus buenas intenciones.

Como cuando mi viejo me regaló una remera amarilla para una navidad y yo me puse contenta, porque por fin había elegido él un regalo.

O como cuando mi abuela me cocinó filet de merluza porque pensó que yo no comía pescado porque no sabía prepararlo, y yo le dije que estaba riquísimo (puajjj).

Y cuando mi amiga del alma me presentó al estudiante de derecho fan de JAF que siempre tenía puesto un buzo de Harvard convencidísima de que seríamos compatibles, también supe agradecer, porque cada esfuerzo es una demostración de cariño.

La semana pasada armé un escándalo brutal porque el chango nunca hace nada y yo estoy hasta la coronilla de lavar carga tras carga de ropa que no es mía, y planchar prendas ajenas todo el fin de semana. Creo que si lo que queremos es un proyecto en común, tenemos que repartirnos las tareas más equitativamente, porque yo no puedo ser una esclava fregona toda la vida, recuerdo haberle gritado con lágrimas en los ojos.

Si debo ser 100% honesta, admito que jamás pensé que ese pedido desperado fuera a tener algún tipo de consecuencia en mi vida diaria, pero me llevé una sorpresita.

Ayer entro a casa y siento algo frío en los pies. Es agua. Enciendo la luz, sigo caminando y compruebo que no es un simple charquito, sino que la catástrofe cubre la mitad del living y llega hasta los sillones, que ya están empapados en su base.

No lo puedo creer. El causante de la inundación casera es el tender colocado a un costado, al lado de la biblioteca. De él cuelgan siete toallones pesadísimos, que vencen sus frágiles hileras, tocando el piso. Allí se originan los litros y litros que arruinan mi piso y mis muebles. No atino a articular sonido.

Él (orgulloso, desde el escritorio)
¡Amorrrrr holaaaa! ¿No me decís nadaaaaa?

Elena (en el abismo)
… hola…. eh… ¿vos… lavaste?

Él (feliz)
¡Sí! ¡Todas las toallas, que vos siempre decís que hay que lavar!!!! ¿No me felicitás?

Elena
Pero… ¿centrifugaste?

Él
Ah, no… ¿qué es centrifugar? Yo puse para lavar…

Elena
Es para que no quede la ropa tan mojada…está bien y….¿Por qué colgaste en el living?

Él
Aaah ¿viste que inteligente que soooy? Por si llueve, porque ví algunas nubes. ¡Felicitame, hice todo bien!

En ese momento no supe si agarrar uno de los toallones mojados, enroscarlo y pegarle cien nalgadas para que aprenda de una vez por todas a usar el lavarropas que tenemos hace un año; o reconocer el empeño que había puesto, no sólo en recrear una de las tareas que su concubina realiza diariamente, sino en escuchar su reclamo y hacer algo al respecto.

Respiré hondo y agarré el trapo y el secador. Pasito a pasito, me dije, pasito a pasito.

Elena
¡Te felicito mi amor, sos todo un amo de casa!

La primera vez lo dejé pasar, porque hacía poco que concubinábamos y no quise apabullarlo con nuevas responsabilidades y obligaciones, tan diferentes al estilo de vida que antes llevaba como niño mimado.

La segunda vez fue sin querer, y lo comprendí, porque uno no puede estar en todo, y a veces el trajín del día a día hace que perdamos de vista algunos detalles.

Pero esta es la tercera vez que el Señor pierde las llaves, y estoy al borde del colapso.

¿Cómo pierde las llaves tres veces? ¿A qué clase de tarado se le caen del colectivo? ¿Para qué las sacó del bolso en el trabajo y las dejó sobre la mesa, si no las tenía que usar? ¿Por qué tiene tres llaveros diferentes (uno para nuestra casa, uno para la casa de su madre y otro para el laburo)? ¿Y por qué de esos tres siempre pierde el nuestro?

A riesgo de caer en el lugar común más obvio, es bien sabido que los hombres pierden todo. No sé si es por esa falla característica en la memoria, común a la especie, o si el mío es especialmente gil. Lo cierto es que no conozco mujer que no se queje de que su pareja nunca sabe dónde dejó las cosas.

Una amiga de la infancia me contó, divertida, que su mamá le sacaba ella misma las medias a su marido mientras él comía, y las ponía para lavar, harta de juntar medias solas que se habían separado de sus compañeras quién sabe cómo.

Mi vieja en cambio, en sus años de casada, había entrenado a mi padre para que todas las noches pusiera el teléfono celular, las medias, los zapatos, la billetera y las llaves sobre la misma silla, para evitar extravíos de último momento.

Hay un sinfìn de objetos de uso cotidiano que los hombres pueden perder. Por ejemplo, el chango lo que más pierde después de las llaves son los tápers del almuerzo, a tal punto que me está resultando más barato decirle que se coma cualquier cosa en un bar de por ahí antes que tener que andar comprando tápers nuevos todas las semanas. Si no fuera antiecológico le mandaría bandejitas descartables.

En fin, volviendo al tema de las llaves, como soy una mujer de armas tomar, pensé en algunas alternativas para que este hombre no vuelva a perderlas:

Alternativa 1: No dárselas:
Si no las tiene, no las va a perder. Sería un poco incómodo levantarme a las 6 a.m. para abrirle la puerta, pero de todos modos a esa hora ya estoy despierta, recordándole dónde puso la chomba, cuál es el frasco del café y en qué puertita de las alacenas están las tazas.

Alternativa 2: Colgárselas del cuello
Así como a los nenes de jardín les prenden las notitas del pintorcito con un alfiler, yo podría colgarle al cuello las llaves atadas a un piolín. ¡Hasta podría quedar canchero!

Alternativa 3: Pegárselas con cinta al control remoto de la tele:
Esta es la mejor opción, porque además de garantizarme que no va a perder las llaves, le enseñaría, por extensión, a cuidarlas como la vida misma. Veremos qué tal resulta.

Si a alguien se le ocurre algo más, por favor colabóreme.

El sábado es un día agitado en la vida de Elena.

Antes, cuando era sola, me la pasaba mirando vidrieras y charloteando como un loro fuera de control con alguna amiga -también sola- que disfrutara de sacarle el cuero a la gente tanto como yo. Tomaba frapuccino, leía revistas femeninas y fantaseaba con la depilación láser.

Pero ahora todo es diferente. Una mujer concubinada tiene obligaciones: Hay que cambiar las sábanas porque él babea un poco la almohada y a veces deja aureolita, lavar toallas y toallones, barrer y pasar el trapo, desengrasar la cocina, desinfectar -sí, desinfectar- el baño, lavar ropa y planchar lo que me voy a poner en la semana…

Todo esto antes del mediodía, porque después me pasa a buscar mi madre para hacer los mandados.

Juntas, cada semana hacemos 45 minutos de cola en una verdulería baratísima que le vende a los restoranes de la zona, y después vamos a distintos supermercados de descuento o de origen oriental, para aprovechar todas las ofertas.

El chango ingrato, mientras, pasa las horas descansando porque trabajó mucho durante la semana. Claro, yo no tengo tres laburos yun hombre que atender. ¡Yo sí que tengo tiempo para hacer las cosas de la casa!

(El sábado, además de ser un día agitado en la vida de Elena, es un día en el que Elena resiente profundamente al vago dormilón que vino a destruir todos sus sueños de profesional cool y la convirtió en una loca histérica que lleva a los porrazos el oficio de ama de casa.)

Y ayer fue especialmente intenso. Venía de descansar poco y mal, la verdulería era un caos y mi mamá se peleó con una vieja que quería colarse. Creo que sus palabras exactas fueron “No te hagás la viva, vieja delincuenta y hacé la cola como todos”.

Una hora y media después hice una primer escala en casa para dejar la bolsa y agarrar la Visa Electrón que me había olvidado al lado del teléfono. El Señor dormía plácidamente, pero con el ruido se despertó y tuvo un gesto solidario:

“Yo guardo todo lo de la verdulería, mi amor, no te preocupes, andá tranquila”, gritó desde el cuarto, y entonces yo me fui relativamente tranquila.

La tarde fue infernal. En el primer supermercado no había nada, pero el pan lactal y los quesos están a muy buen precio ahí, entonces tuve que hacer una compra. Me atendió la cajera que el otro día me cobró dos veces las bolsas y me volví loca, pero no dije nada.

En el segundo supermercado tampoco había nada, y tuve que adquirir masa de tarta marca “La Nonna”. Esperé 20 minutos para pagar porque tenían problemas con la maquinita de la tarjeta de débito. La gente se agolpaba en la caja y decía pestes de mí por lo bajo. Qué me importa, soretes, vayan a Jumbo si no quieren contratiempos, y paguen 10 pesos por un frasco de mermelada.

Finalmente en el tercer supermercado compré lo que me había olvidado en el segundo: cereales y yogurcito para el desayuno de Él, porque sino compra alfajor y cepita de manzana en el kiosco. Y un paquete de Jorgito Mousse porque ya me había puesto muy nerviosa.

Eran las siete y media cuando pude hacer una segunda parada en casa para dejar las cosas de heladera antes de irme a lo de mi abuela. Ah, porque mi madre es muy cocorita con las viejas ignotas, pero no puede enfrentar a mi abuela que siempre le dice que está gorda, mal vestida y despeinada, así que yo la acompaño todas las semanas. Es una tortura de proporciones épicas. Típico de mi sábado.

Como adivinará el lector, abrí la puerta y la bolsa de verdura estaba sobre el mármol, intacta. El príncipe ya se había ido a la reunión semanal con sus amigotes. La cama había quedado deshecha y la coca destapada y afuera de la heladera.

Había una chocolina en el piso, un poco pisoteada.

Desquiciada, con la sangre hirviéndome de ira, alcancé a teclear un sms:

“Menos mal que guardabas vos lo de la verdulería eh… dejame adivinar, ¿te quedaste dormido y tuviste que salir corriendo?”

Y acá viene la sorpresa, porque a los dos minutos me llama al celular y me dice, contento “Ay, ¡Hola mi amor! Disculpame que no guardé las cosas, bah, es que en realidad las estaba guardando pero ví que ya había verduras en la heladera y me agarró la duda, y pensé que por ahí lo de la bolsa era lo de tu mamá, y como no quería que me cagaras a pedos por haber mezclado todo, lo saqué de la heladera y lo volví a poner en la bolsa, ¿me perdonás?”

Lo odio, siempre queda bien.

Hoy el chango tiene premio.

¡Respondé estas sencillas preguntas para descubrir tu potencial como concubino y tu parecido con el Chango!

1- Cuando te enfermás
a) Vas al médico.
b) Tomás ibu 400 y tecito Vick.
c) Llorás, llamás a tu chinita a los gritos desde la cama, te quejás todo el tiempo, no la dejás salir, tomás sólo 7up porque tu abuela te dijo que hacía bien, mirás tele y dormís 27 horas.

2- Van a comer a un restaurant. Pedís:
a) Wok de camarones
b) Raviolones de pollo con salsa scarparo
c) De entrada unas muzzarelitas, pollo al verdeo, unas fritas, un brownie con helado. Te bajás la panera y te tomás tres cocas.

3- ¿Dónde guarda tu concubina las toallas?
a) En un armario del pasillo, donde también están los jabones y el papel higiénico.
b) Cuando necesito una toalla se la pido a ella, por las dudas.
c) No sé, yo dejo las sucias en el piso del baño y al rato aparecen unas limpias colgadas, como en los hoteles.

4- ¿Cómo se hace una milanesa?
a) Paso la carne (cortada para milanesas, nalga o bola de lomo) por huevo batido con alguna hierba, y después por pan rallado. Luego las horneo hasta que estén doraditas.
b) Las compro hechas en la carnicería y las mando al horno.
c) Es fácil. Digo “¡Qué ganas de comer milanesas!“, y a la noche hay.

5- ¿Cuán seguido lavás los platos?
a) Siempre, no me cuesta nada.
b) Si ella cocina, yo lavo, aunque a veces la dejo hacer las dos cosas.
c) Cuando la cara de orto de la jefa me lo indica.

6- Tu domingo perfecto consiste en:
a) Dormir hasta las 10, hacer un brunch tranqui y dedicar la tarde a leer. Tipo 7 ir al cine y después comer algo rico en un restó piola.
b) Fideos caseros en lo de la vieja y hacer la digestión en el sillón hasta las 5 de la tarde.
c) Facturas y el diario en la cama, ravioles en la cama, siesta en la cama, película en la cama, p*te en la cama.

7- ¿Cuál es el programa preferido de tu concubina?
a) Ugly Betty los miércoles a las 21 y a veces Grey’s Anatomy  y Top Design de Sony, ¡No te lo pongas! en home&health, o algo de El Gourmet… mira un poco de todo.
b) Mayormente miramos series juntos y después las comentamos.
c) ¡A ella le gusta justo todo lo que yo miro, de hecho siempre me deja el control remoto!

>> Resultados

Mayoría de respuestas a): 0% Chango
Sos un tipo fuera de lo común. Tu concubina jamás te va a dejar ir, aunque corrés el riesgo de que, harta de tanta perfección, te engañe con un plomero fogoso y carnívoro que le mande mensajes de texto con groserías.

Mayoría de respuestas b): 50% Chango
Sos bastante normal. El balance perfecto entre masculinidad moderna y masculinidad clásica. Le gustás tanto a las chicas de barrio como a las jóvenes profesionales. Usás camisas de colores claros y te estás quedando un poco pelado, pero si te dejás la barba de tres días las chicas te miran con otros ojos.

Mayoría de respuestas c): 100% Chango
¡Felicitaciones! ¡Sos re chango! Sos un monstruo infame y le complicás la vida a tu mujer, que encima de laburar como una mona te tiene que cuidar a vos. Lo bueno es que a ella le encanta y siempre, siempre te va a hacer esos sanguchitos tostados que tanto te gustan. Ni te molestes en cambiar, porque si sos demasiado autosuficiente, ella va a pensar que ya no la necesitás y que seguro la estás cagando.
 

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