Uno de mis peores defectos es la desconfianza.

Creo que todo empezó cuando tenía once años y le conté a una amiguita que gustaba de Matías. A la semana se enteró todo el colegio, y él dejó de hablarme porque le daba vergüenza que una gordita gustara de él.

Otro episodio que también puede haber dejado una marca en mí fue cuando mi hermano leyó mi diario íntimo y se enteró de que a mí me encantaba Batistuta en el mundial ‘90.

De ahí en más fue cada vez peor. No quería prestarle nada a nadie porque pensaba que me lo iban a romper o a robar, y ni loca me copiaba en los exámenes, porque estaba segura de que lo que escribía el resto estaba mal.

En la adolescencia no les creía a los chicos cuando me decían que querían estar conmigo. Mantenía la puerta de mi cuarto cerrada con llave y cambiaba la contraseña de mi correo electrónico cada semana.

Y a eso quería llegar. Al correo electrónico. A la privacidad. Al temor a que te lo lean. A lo que guardás ahí.

¿Es lícito leerle la correspondencia al concubino? ¿Tenemos permitido inmiscuirnos en detalles de este tipo? ¿Cuán privado es el mail?

Hay quienes comparten sus contraseñas sin más. Para ellos, no hay problema, porque “no tienen nada que esconder”, e incluso les parece práctico llamar a sus novios/as y pedirles que “me imprimas un archivo que está en mi gmail”.

En cambio están los que defienden a su casilla con la vida, y sostendrán hasta las últimas consecuencias que el correo es algo privado y leer el de tu pareja es una violación de la confianza. Y una pareja que no se base en la confianza, señores, no tiene chance.

Así que yo voy muerta. Me gustaría aprovechar el post de hoy para limpiarme de un pecado atroz que me está carcomiendo la conciencia.

Hace tres días que le revisé los mails al chango. Él había salido corriendo como de costumbre y había dejado la sesión abierta. Yo me senté a la máquina y sin dudar un instante le leí todos y cada uno de los correos.

Chequeé las carpetas una por una hasta que encontré los mails de todas sus ex y los devoré en 20 minutos.

Cualquier persona con un poco de sentido común -o respeto hacia el prójimo- habría cerrado inmediatamente la sesión y abierto una nueva con su propia cuenta, pero yo no. Yo soy desconfiada. Yo creo que un día va a conocer a una fotógrafa o a una directora de cine y me va a dejar y quiero estar preparada para matarlo a piñas cuando se quiera llevar el DVD y la tostadora.

Pero en vez de promesas de encuentros clandestinos con zorras ignotas lo que me encontré fueron mails de La Nación Line, The Beatles.com y El Amante Cine. Nada interesante. Salvo por la correspondencia con sus ex, que me descontroló de bronca. Cada palabra de amor que él tipeó en su vida estaba ahí, y yo prácticamente memoricé cada párrafo. ¡Soy una enferma!

Después de esto: ¿Me habré curado de espanto? ¿Habré solucionado mi trauma? ¿Le sigo leyendo los correos o mejor paro acá? ¿Le cuento que se los leí y le pido perdón?

Quizás esto me sirva para aprender que a veces, simplemente hay que confiar en la gente y ya.