Mayo 2008


¿Cuántas veces hemos salido apuradas de casa con el cuidado de avisar que “te dejé comida en la heladera, bichi“, sólo para volver horas después y encontrar bolsas de papas fritas, envoltorios de alfajor y migas de galletita regados por el piso?

“¡No había nada!” nos dirán, indefectiblemente ante nuestra mirada atónita. Y es que no importa con cuánta paciencia expliquemos que dejamos una pata de pollo y dos papas y que lo único que tenía que hacer él era poner todo en una asadera y hornearlo: el de los hombres y la comida es un problema gestáltico.

Para un hombre, por ejemplo, “huevos+leche+jamón+queso” no es igual a omelette, de la misma manera que carne+huevo+pan rallado no implica pensar en milanesa.

Acaso la única excepción a la regla sea el querido sandwich. “Allí donde hay pan, hay esperanza”, parecen pensar los muchachos cada vez que les pica el estómago y no hay nadie cerca ni dinero para delivery.

Pero en mi casa no compramos pan, por lo tanto las opciones de mi concubino excluyen, al impúdico manjar y entonces suceden cosas como esta.

>> Las partes

El domingo a la noche se me ocurrió ir a cenar con mi amiga de la infancia, aún a sabiendas de que él no tenía plan y debería comer en casa. Sintiéndome culpable, bajé del freezer un paquete de acelga y piqué cebollas y morrones en cubos pequeñísimos, que coloqué en un recipiente en la heladera, justo al lado de una masa de tarta cuyo paquete tenía estampada la foto de una pascualina hermosa. Además, para estar segura de que entendiera el mensaje, había dejado la tartera de pirex sobre la mesada.

¿Se avivará con todo esto o debería dejarle una notita? Dudé un instante, pero finalmente decidí que él no es un niño, y que la foto de la pascualina seguro sería suficiente.

>> El todo

Alrededor de la medianoche, al volver a casa, descubrí lo ingenua que había sido. Sobre la mesada de la cocina había tres potecitos de yogur “regularizador” vacíos, un frasco de mermelada dietética abierto, al lado de un paquete de galletitas de salvado por la mitad. Un poco más allá logré divisar un pote de queso crema y cáscaras de manzana.

¿Qué era lo que me habías dejado para comer, mi amor?“, preguntó, confundido. “Como no sabía me comí todo, menos esa verdura congelada que no sé para qué era. ¡No había nada de cena!. Ah, y guardé esa fuentecita que dejaste tirada, ¡para que después no me digas que soy un enquilombado, eeeeeh!”.

Entendí todo. Ahora, cuando digo “te dejé comida en la heladera”, me refiero a que hay un táper con ravioles con tuco, listos para calentar en el microondas. Con el queso rallado ya puesto, claro.

Es bien sabido que cuando un hombre necesita algo no se lo procura por sí mismo: se queja. A los gritos, con llantos, con reproches, con miradas, como sea. Todo es válido para conseguir lo que quiere.

Con esta idea en mente, el chango viene haciendo puchero hace varias noches porque le duele el cuellito. Y yo, como soy capaz de cortarme una pierna con tal de que él no sufra, me paso horas cada noche haciéndole masajes con aceititos aromáticos relajantes hasta que la bestia se queda dormida y después paso cuarenta minutos sacándome el enchastre de las manos y la ropa.

Cansada de esta rutina que me de manos pegajosas y muñecas doloridas, decidí tomar el toro por las astas: el chango no se iba a contracturar nunca más en su vida.

>> Confía en mí, sé exactamente lo que hago

La clase de pilates está compuesta por un alumnado de lo más heterogéneo. Hay dos o tres chicas de colegio secundario más duras que una mesa, algunas viejas en pésimo estado y otras de las que creen que están buenas que charlan con cuatro señores mayores y un par de chicas jóvenes con cuerpos de bailarinas, que pasan al menos tres horas por día en el gimnasio.

Durante la primera media hora hacemos ejercicios del método pilates pero sin las camillas, y el tiempo restante lo dedicamos a hacer stretching, que es muy muy bueno para la postura y ayuda a relajarse después de un día difícil.

Tan renovada y fresquita me voy, que cuando llego a casa y lo escucho al chango repetir por enésima vez “estoy mareado, creo que es la cervical, me tira acá, ay ay…”, lo primero que quiero es traerlo de los pelos a la clase.

Finalmente, después de mucho -mucho- insistir cual ferviente evangelista con argumentos del tipo “No, no es de nena, van muchos hombres, ¡en serio!”, ayer a la noche logré convencerlo.

>> Dos…tres…y relajo al piso

Lo primero que le llamó la atención fueron, ooooobvio, las calzas celestes apretadísimas de la profesora. Yo me dí cuenta, ooooobvio, pero no dije nada porque estábamos ahí para que él relajara sus músculos y yo no tuviera que embadurnarme las manos con aceite de almendras al menos por esa noche.

Y al principio todo fue bien, pero después de los primeros quince minutos la inexperiencia y la extrema masculinidad del chango comenzaron a notarse.

El ejercicio consistía en mantener las piernas juntas y los brazos extendidos en cruz, y bajar el tronco hasta ponerlo perpendicular a las piernas, formando con la espalda un ángulo recto e intentando sacar la cola lo más posible. Demás está decir que el chango no entendió ni jota y casi se mata al intentar abrir los brazos y agacharse al mismo tiempo.

Inmediatamente, las calzas celestes de la profesora corrieron a su lado y ella intentó explicarle cómo “sacar bien la cola, como un gatito enojado“, haciéndolo ella misma para ejemplificar claramente.

Profesora:
Así. ¿Ves? sacando bieeeen la cola como hago yo, fijate. ¿Ves que es como un gatito enojado?.

Uno de los viejos le guiñó el ojo, cómplice, y otro le levantó el pulgar sonriente. En mi vida ví a nadie ponerse tan colorado y mirarme con tanto odio.

>> Siguiendo el ritmo

Uno de los detalles más indispensables de cualquier clase es la música. En las clases de fight-do, por ejemplo, las canciones son bien up y con efectos de sonido de piñas y golpes. En localizada, por otra parte, se suelen elegir clásicos de la música disco, mientras que mix dance es el paraíso del reggaeton.

En cambio en pilates las opciones son mucho más amplias. Cualquier cosa que tenga un piano, una guitarra acústica o una voz suave, sirve.

Tanto es así que la elección para anoche era un compiladito de lo que parecían ser éxitos del grunge en clave melódica, entonados por la chica con la voz más melosa de la historia.

Chango (con la colita en alto):
¿Qué es esto? ¡Bossa ‘n’ noventas!

Elena (con el baúl en alto):
¡Escuchá! ¡es Pearl Jam!

Chango:
¿Quién canta, una de American Idol?

Alumna-bailarina:
¿Les gusta la música? La traje yo. ¡Ojo que ahora viene uno de los Rejochilipeiper!

>> Estiramos bieeeeeen los bracitooos

Una vez superado el encontronazo inicial con el trasero de la profesora, y asimilada la música (La versión de ‘November rain’ era imperdible), continuamos con los ejercicios de estiramiento.

Honestamente el chango ya estaba bastannnnte emboladito pero lo llevó con dignidá, aunque su mayor alivio llegó cuando nos tocó por fin sentarnos en el piso.

Profesora:
Bieeen, chicos, me estiiiiro con los brazos bieeeen hacia el techo, como si quisiera tocarlo… y ahora voy al piso, que se estiren bien esas piernitas. Todotodotodotodo bieeen estirado…

Chango:
¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!

Profesora:
¿Estás bien, negri?

Chango:
¡No me puedo mover!

Profesora:
Uy, me parece que forzaste la cintura, a ver… ¿Te podés levantar?

Chango:
¡NO! ¡AU-AU-AU-AU-AU! ¡Me tira, me tira!!

Profesora:
¡Pobrecito! Ele, mejor llevalo a tu casa y hacele unos masajitos en la cintura con alguna cremita relajante y que descanse. No te preocupes, negri, mañana o pasado no te va a doler más. ¡La próxima vas a estar de diez! ¡Los veo el jueves, eh!

Así, mientras el PAMI completo se reía -seguramente se sentían como los de Cocoon-, me llevé a la bestia a rastras hasta nuestro nidito de amor.

>> El peor remedio

Acá lo tengo al chango, acostado boca abajo. El olor al ratisalil flex sólo es superado por el del aceite hediondo que estoy usando para masajearle la cintura y la espalda. Esta vez compré de caléndula, que favorece el sueño relajado.

La verdad que me siento un poco culpable, porque quise hacerle(me) un favor y en cambio terminó lesionado, lo que significa al menos una semana más de atenciones y tecitos en la cama. Ah, no, culpable no, gila nomás.

Eso sí, el cuello no le duele.

Sábado. 8:40 am.

1- El chango dice “te hago el desayuno”.

2- Agarra el sachet de yogur que ya estaba colocado en su correspondiente jarrita.

3- En vez de cortar la punta del sachet del lado contrario a la manija, hace un agujero bien grande justo al lado de la susodicha.

4- Se prepara para servir el yogur en los bols.

5- Se aviva de que no es cómodo si el agujero del sachet está del lado de la manija de la jarrita.

6- Intenta sacar el sachet.

7- Agarra el sachet de abajo y aprieta.

8- Se le vuelca absolutamente todo en las manos, sobre la mesada y en el buzo.

9- Sin decir una palabra comienza a pasar el trapito.

** Ilustración by Sandra.

Si bien luchamos contra ella día a día, la incontinencia verbal es un flagelo que amenaza con romper la armonía de nuestra pareja cada vez que abrimos la boca.

Para mí no hay nada más lindo que poder charlar acurrucada en el sillón con el chango, después de comer y tomando un tecito, pero a veces me voy de mambo y le cuento cosas que le molestan y lo sacan de quicio, o no le interesan y lo aburren hasta el desmayo.

Vienen a mi mente momentos realmente incómodos, como cuando se me escapó que uno de mis jefes me había elogiado las gomas o que una de mis amigas piensa que él es feo, y la verdad es que me costó bastante tiempo y favores sexuales lograr que olvidara esas “nimiedades”.

Por otra parte, estilo de vida actual nos impide disfrutar de mucho tiempo junto a nuestro querido mostro, así que debemos esforzarnos por minimizar estos momentos desagradables.

Después de varias semanas de análisis exhaustivo, he compilado esta lista de cosas que jamás debés contarle a tu chango. Buen provecho.

1) Que te gusta otro

Es muy común que las parejas confundan confianza con tener carta blanca para decir cualquier cosa, total “está todo bien“. Pero tu chango necesita, además de sentirse deseado, sentirse el único.

Entonces, si creés que podés hablar con él de todo, controlate. Porque un comentario al pasar como “Tiene lindos ojos Francisco” le va a arruinar la noche, y a vos también. (Y a Francisco no lo vas a poder ver nunca más).

> Propuesta Pájaro en mano: Cuando te pregunte si te gusta Juan, negale todo y llamá a una amiga para contarle, y de paso repasar con lujo de detalles el sueño calentito que tuviste con el chico del subte de las 8:40.

2) Con cuántos hombres dormiste antes de conocerlo a él

Tu concubino no es tu amigo, o mejor dicho es tu amigo o en algún momento lo fue o no sé, pero además es el único que hoy tiene derecho legítimo a tocar tus partes privadas. Y hasta donde él sabe -o quiere saber- esas partes jamás fueron tocadas por ningún otro sátiro degenerado asqueroso.

Hay que tener mucho cuidado con este tema en particular, porque él intentará hacerte caer en la trampa y convencerte de que no hay problema, que no le importa tu pasado y que entiende que tuviste una vida antes de él así que podés ser sincera.

Patrañas. Ni bien abras la boca te va a armar quilombo. Y ni hablar si conoce alguno de los miembros de tu lista. Ahí “fuistes“.

> Propuesta Pájaro en mano: Llamá a la amiga del punto anterior y armen la lista juntas. Seguro que ella se acuerda de alguno que a vos se te pasó.

3) Cómo te fue en el médico

Además de tener poca capacidad para retener información, los hombres son fácilmente impresionables.

Si no es cuestión de vida o muerte, evitá comentarios como “La colpo me dio bien, pero igual el doctor vio unos puntitos blancos que no le gustaron así que me dio óvulos. ¿Ves? Son estos cositos chiquititos que van en…“, o “Me tengo que hacer una colonoscopía porque puede haber un espasmo en esa zona y es lo que me impide ir bien de cuerpo, porque viste que yo estoy siempre constipada y…” …puaj.

> Propuesta Pájaro en mano: Charlalo con tu abuela o con alguna tía hipocondríaca. Ellas hasta te pueden recomendar más profesionales o medicamentos que a ellas les dieron resultado.

4) Cuánto te salió la cartera

Vos y yo sabemos a simple vista que pagaste por lo menos cuatrocientos pesos. La chica que te empujó en el colectivo hoy también lo sabía, y también la cajera del coto. Pero él no tiene idea, y es mejor que se mantenga así.

Si pagás una suma exhorbitante por un artículo de moda, no sólo ponés en riesgo el presupuesto de todo el mes, sino que lo harás preguntarse con qué clase de loca irracional capitalista superficial está viviendo, y además se daría cuenta de por qué comen arroz cuatro veces por semana.

En mi caso, mi política es que el chango jamás debe ver la etiqueta que indica que una prenda es nueva. Es más, las arranco ni bien salgo del negocio, para estar segura de que no se me va a traspapelar en casa. Si él pregunta si algo es nuevo, le digo, indefectiblemente “Ay, no, lo tengo hace mil años…“.

> Propuesta pájaro en mano: Mostrale la cartera a la compañera de trabajo que más detestes, así te envidia. Con el arroz hacé croquetitas.

5) Qué está comiendo

Al chango no le gustan las verduras. A duras penas te come choclo y tomate, papa, batata… las verduras de los niños.

Lo que no sabe es que hace semanas que en el relleno de la tarta le vengo poniendo bróccoli, zucchini, berenjena y zanahoria, todo pasado por la pimer para que no se note.

Hasta ahora no recibí quejas, pero sé que si algún día le confieso qué tiene la empanada o qué le puse a la terrina va a empezar a hacer arcadas en medio de un mar de insultos y va a correr a comprarse una milanesa a la rotisería más cercana.

> Propuesta Pájaro en mano: Si te dice que no le gusta el morrón, ponelo igual en la salsa y procesalo todo, como hacen los de esa marca conocida de sopas y calditos. Ni se va a dar cuenta. Además, con un poco de queso tapás todo.

Hay una chica que gusta del chango. Yo sé bien quién es, porque la veo ponerse contenta cuando él aparece, y enrojecer con timidez cada vez que él le dice algo gracioso.

Cuando sabe que lo va a ver, elige su ropa con cuidado, se empapa en fragancia importada, se plancha el flequillo, se maquilla con cuidado para agasajarlo… aunque jamás cruzará la línea.

Es que ella es diferente a las otras. No trata de seducirlo con descaro, polleras cortas, escotes y risitas estúpidas como las zorras que a veces tengo que espantar a escobazos.

Con una dignidad que jamás he visto en otra mujer y mucho menos en mí misma, ella finge que no se desmaya por dentro si el chango le habla, y disimula con entereza sus ganas de besarlo, olerlo, tocarlo.

Nunca dirá nada. Jamás se animará siquiera a insinuárselo a su mejor amiga, y en cambio guardará el secreto hasta que el tiempo o el abrazo de otro hombre la cure y la salve.

A veces la veo observar al que duerme todas las noches conmigo y recuerdo cuando yo era ella y se me llenaban los ojos de lágrimas al imaginar a algún muchacho que ahora me resulta lejanísimo durmiendo con otra.

Antes estaba celosa y le tenía bronca, pero ya no.

Fue una de las peores citas de mi vida. En realidad sé que me tocó lo que me merecía, por superficial.

Por haberle dado bola solamente porque me haría quedar bien frente a la más perra y envidiosa de mis amigas, que de hecho se puso celosísima y me odió por meses.

Él se parecía bastante a Orlando Bloom, así que es obvio que no le hice muchas preguntas antes de aceptarle la invitación a tomar un café. Además estaba mi amiga ahí y verla verde de bronca me volvio loca de placer. ¡No podía decir que no!

Me importó un pito que tuviera la voz chillona -tipo Susana Gimenez, una locura-, y que usara una remera de Ferrari con una gorra ídem. El pibe estaba buenísimo y ya.

Nos encontramos en un bar medianamente cerca de casa. Cuando llegué, él ya estaba ahí, y no se levantó para darme un beso. Cuando estaba corriendo la silla para sentarme, me miró con poco disimulo la cola, e hizo un gestito de desaprobación que noté al instante.

Me quedé igual. O sea, se parecía a Orlando Bloom. Me acuerdo que quise impresionarlo contándole que en ese momento estaba haciendo un programa de radio, y contestó que él radio no escuchaba. Ahí supe que se iría todo al demonio.

No sólo habló de sí mismo toda la tarde -cosa que me irritó muchísimo porque si hay algo que esencial en una cita es que te escuchen y piensen que sos adorable e ingeniosa- sino que era un mamerto world class.

>> Cito textual:

Elena
Che, ¿y vos que hacés de tu vida?
Orlando
Ahora nada, pero lo que quiero es casarme y tener hijos, viste…
Elena (Se parece a Orlando Bloom, quedo como una diosa en todos lados)
¿Cuántos años tenés?
Orlando
22, ya sé que estoy grande pero todavía no encontré a la chica ideal, viste, que le guste la familia… Todas quieren salir, están en la joda, viste, yo quiero encontrar a la madre de mis hijos, viste.

(¿Le recuerdo, lector, que era la segunda vez que lo veía? ¿viste?)

Elena
… aaaah… bueno, pero… ¿trabajás?
Orlando
No, estudié en el liceo militar ¿viste el liceo militar? … porque lo que a mí me encanta son los aviones. ¿No te encantan los aviones? A mí me encantan; poder estar en contacto con aviones fue lo mejor que me pasó en la vida, te lo juro.
Elena (Orlando Bluff)
….
Orlando
…No, bueno, y los autos. Los autos son mi verdadera pasión. Están primero que todo, primero que mis amigos, primero que mi vieja, primero que todo, son lo que más me gusta en la vida, viste.
Elena (¡Dios!)
Ah… sabés que yo había sacado el regist…
Orlando
Porque el auto es tu compañero, ¿entendés? No sabés qué increíble, la semana pasada me compré un control que va enganchado al volante para controlar el volumen del stereo desde ahí, ¡sin tener que usar los botones del stereo! Es que a mí me gusta ir escuchando a todo lo que da, le puse una potencia, no sabés los bajos que tiene, te retumba todo,viste…
Elena (Si tiene auto me puede llevar al Tigre a comprar canastos)
Che y volviendo a los aviones, debés haber viajado much…
Orlando
¡Siiií! siempre voy a la costa, con mis viejos, viste, ¡todos los veranos! En el auto, los llevo con el auto, te meto Buenos Aires-Mar del Plata en dos hora’ y cuarto, viste.
Elena (El tren a Tigre está bastante bien, igual)
Uy, me tengo que ir, es tardísimo…
Orlando
Te llevo, pero rápido porque me esperan en casa, mi viejo necesita el auto.
Elena
Nodejágraciasvoycaminandonosvemossuertehablamoschau
Orlando (chequeando las tacitas de café):
Ah, esperá, lo tuyo son 4,30…

En fin…¿Quién no ha tenido al menos una cita-fiasco? Lo único que esta experiencia me dejó como enseñanza es que es mejor viajar en colectivo o comprarme mi propia catramina y no vender mi alma a cualquier gilastro con movilidad propia.

>> Por qué el chango es mejor:

El chango no se parece a Orlando Bloom, ni tiene auto, ni maneja, ni entiende un pomo de vehículos, entonces me habla de otras cosas como películas, programas de televisión de los ‘80 y libros de César Aira. Cree, efectivamente, que soy adorable e ingeniosa y mira toda mi anatomía con amor. ¿Qué más se puede pedir?

Demás está decir que a mi amiga le dije que había sido la mejor tarde de mi vida y que de ahí habíamos corrido a matarnos a un telo y que Orlando estaba dotadísimo y estudiaba astronomía, había publicado varios papers y en su tiempo libre… era piloto.

Ilustración by Sandra
** Ilustración by Sandra

Él cambió de canal distraidamente, mientras ella se cubría el cuerpo desnudo, sinuoso, con las sábanas que ya tenían algunos días.

-No me entendés-, dijo con descuido ella. -Es cierto. No puedo hablar con vos- contestó él.

-Creo que deberíamos separarnos ahora, y no esperar más tiempo-, sugirió ella. Somos muy diferentes y… -Y esas diferencias se notan cada vez más.- completó él.

Él volvió a cambiar de canal, y ella se vistió rápidamente con la ropa que había al costado de la cama.

Cuarenta minutos antes, los cuerpos de los dos se habían enredado con la intensidad de quienes necesitan dejar algo atrás; pero ahora sólo quedaba la repentina lucidez que sobreviene al sexo.

- Porque tampoco es cuestión de seguir metiéndole fichas a algo que tarde o temprano va a fracasar.- siguió ella mientras volvía a meterse en la cama, tan lejos de él como se lo permitió el ancho del colchón.

- Tenés razón. Mejor terminar ahora.
- Es que tenemos proyectos de vida muy distintos.
- Estamos desconectados.
- Quizás esto fue una decisión apresurada.
- Nos equivocamos.
- No es culpa de nadie.
- Mañana arreglamos bien cómo hacemos con las cosas. Ahora tratemos de dormir.

El día les iluminó las caras sin pedir permiso. Es que ella tenía la irritante costumbre (irritante para él, a ella le parecía encantadora) de dormir con las persianas levantadas para que la luz del sol la despertara naturalmente y la llenara de energías.

Él se despertó primero, y ella lo siguió un instante después. Durante el sueño se habían movido, y ahora sus caras estaban enfrentadas y sus narices casi se tocaban.

Ella lo miró y sonrió. Él estaba muy despeinado y parecía un cantante pop de los años ochenta.

Él la miró y sonrió. Ella también estaba despeinada, y tenía los ojos hinchados a la manera glamorosa de las divas borrachas de hollywood.

- Pero yo te amo-, dijo él.
- Yo más-, dijo ella.
- No puedo vivir sin vos.
- Yo tampoco.
- Qué cagada…

Dicen que un momento crucial en toda relación es cuando una ve a su pareja cuidar a un niño.

Aparentemente, este momento definiría el potencial de padre de nuestro hombre, cosa que movilizaría nuestros más básicos instintos de supervivencia y despertaria nuestra necesidad de preservar la especie. Y un potencial padre es mucho más atractivo que un tipo del que nos tendremos que hacer cargo. O algo así.

Tengo un amigo recién separado, por ejemplo, que siempre me cuenta que cuando sale con el nene y el cochecito a pasear por el barrio levanta mucho más que solo en un bar un sábado a la noche, así que debe haber algo de cierto en todo esto.

>> El Papito

Ayer estaba leyendo una revista femenina en un café cuando entró un pibe de treintaypico con una nenita rubia, llena de rulos, vestida con una pollerita rosa y cargando la mochila de Bob Esponja.

El joven padre sentó a la nena en la mesa y sacó de la mochila de Bob Esponja un montón de libritos de esos con dibujos en blanco y negro para pintar, y una bolsa de crayones, fibras, lápices y todo tipo de útiles escolares.

Pidió un licuado para ella, un café para él, y juntos se pusieron a pintar, divertidísimos.

La verdad es que a mí no se me movió un pelo, pero las cuatro minas de la mesa de atrás se volvieron locas y empezaron a cuchichear enseguida.

Mina 1
¡Miralo, por favor! ¡Me lo como!
Mina 2
¡Mirá lo que es la nena! ¡Me muero!
Mina 3
Él es un amorrrr ¡Están pintando juntos!. ¡Yo quiero uno así!
Mina 1
Ay chicas, todas tendríamos que tener uno así…
Mina 3
¡Es que ya no hay hombres! ¡A los que había ya se los agarraron las otras!
Mina 1
Por ahí es separado…
Mina 2
Si es separado lo quiero para míiii
Mina 3
Seguro la mujer era una loca, para dejar ir un tipo así ¡la nena lo adora!
Mina 4
¡Papitoooooo!

“¿Qué es todo este susanismo?” me pregunté desconcertada, y recordé la teoría de la preservación de la especie.

¿Es que todas tenemos un instinto maternal, no importa cuán oculto, que siempre está latente? ¿Me voy a poner así cuando cumpla las tres décadas? ¿Y cómo rankea mi concubino en este tema de la partenidad? ¿Él es el padre del hijo que aún no quiero tener?

>> Mi “papito”

- Dato 1
Al chango le encantan los chicos. Será porque le cambió los pañales a sus hermanas y ya la tiene clara, o quizás tiene que ver con que ya pasó hace tiempo los treinta y su reloj biológico -ellos también tienen- está haciendo tic-tac vertiginosamente; pero lo cierto es que los niños también lo aman.

Sus compañeras de trabajo dicen que él sería un padre maravilloso porque logra que dejen de llorar los bebés de todas y los hace dormir como angelitos.

Sin embargo, conociéndolo como lo conocen también ustedes, me lo imagino igual de nene que la criatura en sí.

La escena se desarrolla en mi mente como una película de Hallmark:

Son las diez y media de la noche, y el pequeño Ulises llega de jugar embarradísimo. Yo estoy asustada y quiero cagarlo a pedos, ponerle límites porque un hijo tiene que poder jugar y divertirse, pero no hasta cualquier hora y menos sin avisar dónde está.

El chango, que ni se percató de la ausencia del frutito de nuestro amor, escucha mis gritos (”¡Que sea la última vez que volvés tan tarde sin avisar, enano! ¡Me preocupé mucho!“), y lo llama: “¡Uli, vení, vení que papá sacó un tema con la guitarra!“.

El nene iría a los saltos, derecho a nuestra cama, y apoyaría las zapatillas embarradas en el acolchado celeste, fascinado por tener un papá tan divertido. Yo me haría mala sangre, y sería siempre la mala de la película.

- Dato 2
Ahora, lo llamativo es que hace un par de semanas él viene desarrollando un hobbie, que es retar mocosos ajenos por la calle.

El otro día, en el cine, dos retoños jugaban a bajar corriendo por la escalera mecánica que subía. El chango, indignadísimo, se acercó y le dijo a uno: “Papi, no es para jugar esto eh, es peligroso“.

Y el domingo pasado un purretito de esos tipo terremoto nos llevó puestos en la cuadra de casa, y él lo tomó suavemente del brazo y lo retó con seriedad: “¡Eeeh, campión, te tenés que fijar por dónde vas, te podés lastimar!“.

Los nenes siempre lo miran como si fuera un maniático que les va a quitar el ipod o algo así, le contestan “sísí, buenobueno” y salen corriendo en busca de algún otro adulto.

Analizando esta actitud veo que Él tiene sentido común y no va a dejar a nuestro bebito electrocutarse con un enchufe ni nada por el estilo.

- Conclusión
Por un lado conozco su costado infantil, pero por el otro veo potencial en la identificación de situaciones peligrosas para un niño.

Finalmente, con esta información no puedo determinar si este hombre puede ser el padre del hijo que no está en mis planes, pero tengo miedo que las otras mujeres sí y digan cosas babosas sobre él y se lo quieran levantar.

Por suerte no tiene hijos de concubinatos anteriores y no los puede usar para hacerse el divino, je.

Con una mano en el corazón, yo pensaba que el chango se adaptaría a un estilo de vida civilizado -el mío-, y que con el tiempo ambos estaríamos perfectamente sincronizados para llevar adelante un hogar inmaculado, respetando todas las reglas que a mí se me antojara imponer.

Según mis planes, los días transcurrirían suaves y perfumados en la calma bucólica de nuestro departamento suburbano, donde la factura del teléfono nunca se vence y la basura jamás larga olor. Él aprendería a elegir las ofertas en el chino, y yo dejaría de exigirle frenéticamente que no deje la remera en el piso del baño que acabo de limpiar con lavandina porque él se daría cuenta solo.

Pero hace unas semanas que parece estar sucediendo justo lo contrario.

>> Moni Argento (O Peggy Bundy, bueno)

Hay algunas “cositas” que hago ahora sin darme cuenta, que en otros tiempos me habrían parecido espantosamente paleolíticas, propias de un mamut peludo y bruto.

Basta con echar una breve mirada a mi lado de la cama para comprobar que no exagero. Hay una banquetita roja…bah, creo que es roja porque ya no se ve un milímetro de caño, cubierta por una masa informe de ropa hecha un bollo gigante, que se termina derramando por el piso, mezclándose con al menos cinco pares de zapatos diseminados aleatoriamente. Sobre mi mesa de luz hay bolsas, una guía T, un diario de noviembre 2007, pañuelitos de papel usados, un espejo y una pincita de depilar, una crema de manos llena de pelusa y un perfume para la ropa.

Haga lo que haga, ese sector escapa toda limpieza. Pasan las semanas y la ropa se sigue juntando hasta que decido lavarla, sin fijarme siquiera de qué prendas se trata o si me conviene meterlas todas en una sola tanda.

Sin ir más lejos, mientras escribo esto me sirvo el café directamente en la taza que dejé anoche para lavar, porque total ya estaba seca.

Y eso no es lo peor. El otro día me sorprendí a mí misma tomando gaseosa del pico al lado de la heladera, para bajar unos bizcochitos que me había comido… en la cama, leyendo el diario que había salido a comprar con el mismo jogging que uso para dormir.

¿Me estaré mimetizando con el monstruo derramador de café y fabricador de migas con el que vivo? ¡Encima ahora él me reta a mí!

>> El otro lado de la tortilla

Anoche llamó desde la cocina, entre sorprendido y enojado pero 100% serio:

“Mirá, tengo que hablar con vos. Todo bien con que no cocines todos los días y que no me planches las camisas pero estás de vacaciones y tenés toda la ropa tirada… ¿vos viste lo que es tu lado de la cama? Y no es sólo eso, dejás la ropa tirada por toda la casa, esto es un quilombo… están tus platos de ayer al mediodía sin lavar y vos ya sabés que si dejás los platos sin lavar de noche viene la cuca, y hay papelitos con mocos en todos lados ¡No podemos vivir en un chiquero! O sea, yo no puedo hacer todo ¿entendés?… el sábado pasado cociné y ayer limpié el baño… ¿vos que hiciste? Y por favor sacate mi remera de la Selección.”

Supongo que le podría haber contestado que es un irrespetuoso y que hice de todo como lo vengo haciendo desde que él vino a complicarme la existencia con sus hábitos higiénicos y alimentarios, pero lo cierto es que efectivamente hay carilinas mocosas en todos los ambientes de la casa.

>> Shrek y Fiona

Analizando esta situacion, me parece que el chango y yo somos como Shrek y Fiona. Shrek sabemos de movida que es un ogro oloriento de buen corazón, pero de Fiona creemos que es una princesita delicada hasta que finalmente descubrimos su verdadera identidad: ella también es una ogra olorienta de buen corazón.

¿Qué hago? ¿Me entrego a la mugre o vuelvo a poner los pies sobre la tierra -literalmente, la tierra, hace 20 días que no barremos- y empiezo a poner mi vida hogareña en orden nuevamente? ¿Y si mejor uso el laburo como excusa para no hacer nada más? ¿Puedo permitir que él me llame la atención a mí o es un chango caradura? ¿Le lavo las chombas o mejor me concentro en desenmarañar mi propio caos primero? ¿Soy, al final de cuentas, igual que él? ¿Y por qué me siento culpable? ¿Soy machista si me siento culpable?

Lo único que me consuela es que hoy a las 6 a.m. me despertó nerviosísimo porque no encontraba su DNI ni su tarjeta de crédito. Buscamos hasta las 7 pero no tuvimos suerte. Hace 10 minutos me mandó un mensaje diciéndome que tenía todo en el bolso.

Una persona que pierde su DNI siempre será más Shrek que yo… aunque últimamente yo guardo el mío en una bandeja de plástico de rotisería arriba del televisor…

¡Socorro!

Después del debut en La Capital, Pájaro en mano sigue haciéndose un lugarcito en los medios.

Gracias Marie y Melianushka por avisarme que salimos este mes entre los recomendados de la revista Elle… ¡Tuve que blanquear con el chango, que ahora se enterará de todo lo que estuve diciendo de él!**

También pueden encontrar una notita en la revista Las Rosas, donde mencionan a las lectoras de este blog (¡Digo cosas lindas de ustedes, chicas!). La revista pueden leerla online, y en unos días estará disponible para descargar en .pdf.

Gracias a todos por acompañar a Pájaro en mano, y ¡que sigan los calzoncillos sobre la mesada!

** Update: Una lectora me pregunta qué dijo el chango cuando le conté sobre este blog… Bien, gente, el chango no dijo nada, porque cuando le conté él estaba chequeando los mails y dejó de prestarme atención a los tres segundos. No tengo idea de si me escuchó o no, pero yo por las dudas no dije nada más; ¡me arrepentí…!

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