Es bien sabido que cuando un hombre necesita algo no se lo procura por sí mismo: se queja. A los gritos, con llantos, con reproches, con miradas, como sea. Todo es válido para conseguir lo que quiere.
Con esta idea en mente, el chango viene haciendo puchero hace varias noches porque le duele el cuellito. Y yo, como soy capaz de cortarme una pierna con tal de que él no sufra, me paso horas cada noche haciéndole masajes con aceititos aromáticos relajantes hasta que la bestia se queda dormida y después paso cuarenta minutos sacándome el enchastre de las manos y la ropa.
Cansada de esta rutina que me de manos pegajosas y muñecas doloridas, decidí tomar el toro por las astas: el chango no se iba a contracturar nunca más en su vida.
>> Confía en mí, sé exactamente lo que hago
La clase de pilates está compuesta por un alumnado de lo más heterogéneo. Hay dos o tres chicas de colegio secundario más duras que una mesa, algunas viejas en pésimo estado y otras de las que creen que están buenas que charlan con cuatro señores mayores y un par de chicas jóvenes con cuerpos de bailarinas, que pasan al menos tres horas por día en el gimnasio.
Durante la primera media hora hacemos ejercicios del método pilates pero sin las camillas, y el tiempo restante lo dedicamos a hacer stretching, que es muy muy bueno para la postura y ayuda a relajarse después de un día difícil.
Tan renovada y fresquita me voy, que cuando llego a casa y lo escucho al chango repetir por enésima vez “estoy mareado, creo que es la cervical, me tira acá, ay ay…”, lo primero que quiero es traerlo de los pelos a la clase.
Finalmente, después de mucho -mucho- insistir cual ferviente evangelista con argumentos del tipo “No, no es de nena, van muchos hombres, ¡en serio!”, ayer a la noche logré convencerlo.
>> Dos…tres…y relajo al piso
Lo primero que le llamó la atención fueron, ooooobvio, las calzas celestes apretadísimas de la profesora. Yo me dí cuenta, ooooobvio, pero no dije nada porque estábamos ahí para que él relajara sus músculos y yo no tuviera que embadurnarme las manos con aceite de almendras al menos por esa noche.
Y al principio todo fue bien, pero después de los primeros quince minutos la inexperiencia y la extrema masculinidad del chango comenzaron a notarse.
El ejercicio consistía en mantener las piernas juntas y los brazos extendidos en cruz, y bajar el tronco hasta ponerlo perpendicular a las piernas, formando con la espalda un ángulo recto e intentando sacar la cola lo más posible. Demás está decir que el chango no entendió ni jota y casi se mata al intentar abrir los brazos y agacharse al mismo tiempo.
Inmediatamente, las calzas celestes de la profesora corrieron a su lado y ella intentó explicarle cómo “sacar bien la cola, como un gatito enojado“, haciéndolo ella misma para ejemplificar claramente.
Profesora:
Así. ¿Ves? sacando bieeeen la cola como hago yo, fijate. ¿Ves que es como un gatito enojado?.
Uno de los viejos le guiñó el ojo, cómplice, y otro le levantó el pulgar sonriente. En mi vida ví a nadie ponerse tan colorado y mirarme con tanto odio.
>> Siguiendo el ritmo
Uno de los detalles más indispensables de cualquier clase es la música. En las clases de fight-do, por ejemplo, las canciones son bien up y con efectos de sonido de piñas y golpes. En localizada, por otra parte, se suelen elegir clásicos de la música disco, mientras que mix dance es el paraíso del reggaeton.
En cambio en pilates las opciones son mucho más amplias. Cualquier cosa que tenga un piano, una guitarra acústica o una voz suave, sirve.
Tanto es así que la elección para anoche era un compiladito de lo que parecían ser éxitos del grunge en clave melódica, entonados por la chica con la voz más melosa de la historia.
Chango (con la colita en alto):
¿Qué es esto? ¡Bossa ‘n’ noventas!
Elena (con el baúl en alto):
¡Escuchá! ¡es Pearl Jam!
Chango:
¿Quién canta, una de American Idol?
Alumna-bailarina:
¿Les gusta la música? La traje yo. ¡Ojo que ahora viene uno de los Rejochilipeiper!
>> Estiramos bieeeeeen los bracitooos
Una vez superado el encontronazo inicial con el trasero de la profesora, y asimilada la música (La versión de ‘November rain’ era imperdible), continuamos con los ejercicios de estiramiento.
Honestamente el chango ya estaba bastannnnte emboladito pero lo llevó con dignidá, aunque su mayor alivio llegó cuando nos tocó por fin sentarnos en el piso.
Profesora:
Bieeen, chicos, me estiiiiro con los brazos bieeeen hacia el techo, como si quisiera tocarlo… y ahora voy al piso, que se estiren bien esas piernitas. Todotodotodotodo bieeen estirado…
Chango:
¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!
Profesora:
¿Estás bien, negri?
Chango:
¡No me puedo mover!
Profesora:
Uy, me parece que forzaste la cintura, a ver… ¿Te podés levantar?
Chango:
¡NO! ¡AU-AU-AU-AU-AU! ¡Me tira, me tira!!
Profesora:
¡Pobrecito! Ele, mejor llevalo a tu casa y hacele unos masajitos en la cintura con alguna cremita relajante y que descanse. No te preocupes, negri, mañana o pasado no te va a doler más. ¡La próxima vas a estar de diez! ¡Los veo el jueves, eh!
Así, mientras el PAMI completo se reía -seguramente se sentían como los de Cocoon-, me llevé a la bestia a rastras hasta nuestro nidito de amor.
>> El peor remedio
Acá lo tengo al chango, acostado boca abajo. El olor al ratisalil flex sólo es superado por el del aceite hediondo que estoy usando para masajearle la cintura y la espalda. Esta vez compré de caléndula, que favorece el sueño relajado.
La verdad que me siento un poco culpable, porque quise hacerle(me) un favor y en cambio terminó lesionado, lo que significa al menos una semana más de atenciones y tecitos en la cama. Ah, no, culpable no, gila nomás.
Eso sí, el cuello no le duele.