“Cuando nos conocimos vos me deslumbraste, pero yo no me quería enamorar así que por eso no te dí bola”.

Eso me dijo mi concubino anoche cuando hablábamos de todo lo que pasamos juntos hasta llegar a donde estamos ahora.

Mi experiencia en cambio fue bien diferente. Yo me quería enamorar, y me quería enamorar DE ÉL. Quería ir al cine con él, hablar con él de canciones y artículos de revistas y llevarlo a comer con mi mamá.

Él se dio cuenta, se asustó y me tuvo dando vueltas casi un año hasta que se decidió a estar conmigo. Recién entonces pudimos empezar algo, porque hasta ese momento todo era histeria. A los dos nos pasaban cosas, pero sólo uno estaba dispuesto a dar el gran paso.

¿Hasta qué punto el éxito de una relación está determinado por la simple voluntad de que las cosas funcionen? ¿Es enamorarse una decisión conciente?

Entiendo que al principio no. Cuando uno está empezando a conocer a alguien se deslumbra y pierde el control de sus emociones. El mundo gira alrededor del otro y todo, todo se ve a través de lo que el otro dice o hace.

Recuerdo haber pasado noches enteras tratando de descifrar las frases del tipo que me gustaba, para ver si él sentía lo mismo, si había esperanzas o si lo mejor era olvidarme y buscar a otro. Y ni hablar del tiempo que invertía en arreglarme, perfumarme y ponerme mi mejor pilcha todos los días por si llegaba a cruzármelo en algún lado.

Y esto pasa a todas las edades. Las adolescentes van al mismo boliche que el muchachito que les quita el sueño, y las de treinta leen el mismo libro que el hombre que las desvela, y toman el café en el mismo bar que él a la espera de que algún día…

Una amiga mía, por ejemplo, dice que cuando piensa en su novio se emociona y llora porque lo quiere “demasiado”, y cada vez que él le nombra a alguna amiga o compañera de trabajo la invaden unos celos irracionales que no la dejan dormir.

Aún así, esta etapa dura sólo algunos meses. Después idealización se lava, las hormonas se calman y lo que quedan son dos personas que ya se conocen bastante, pero que todavía tienen un largo camino por recorrer.

Esta es siempre mi parte favorita, porque si bien uno choca un poco más con la realidad, aún no cae en el acostumbramiento. Por un lado siento que tengo un compañero y que confío en él, pero sigo teniendo cosas por descubrir. Me siento seducida a un nivel más profundo. Acá es cuando empiezo a tener sexo con amor, y todavía creo que son adorables los defectos de mi muchacho.

De ahí pasamos directamente a la próxima fase, que es la más complicada porque uno ya le conoce todas las mañas al otro y se empieza a irritar.

El tren de la seducción se adormece, y la pareja cae en la desolación del día a día. Siempre hacemos lo mismo, comemos en los mismos lugares y vemos la misma clase de películas. Nosotras dejamos de depilarnos con tanta dedicación, y ellos comen más o no se afeitan para vernos. Las conversaciones se hacen un poco más monótonas, y lo que antes nos parecía encantador ahora nos llena de ira.

Sin embargo no siempre nos separamos. ¿Por qué?

Porque tomamos “la decisión”. Nuestra pareja es un desastre, tiene celulitis o las tetas caídas o granos o ronca o cocina mal o grita mucho, pero sabemos que no podemos vivir sin ella.

Y es que si hay algo que aprendí estando en pareja es que los grandes momentos se alternan con los momentos de mierda, y los primeros sólo cobran importancia con ese contraste. La vez que mi concubino viajó una hora para sorprenderme con comida judía porque sabía que yo nunca la había probado, por ejemplo, es mucho más maravillosa cuando pienso que dos días después trabó el tambor del lavarropas por meter los jeans con las monedas en los bolsillos.

Hay que aferrarse a lo bueno para tolerar lo malo, y eso requiere de todo nuestro empeño.

No es que yo sea escéptica respecto del amor, al contrario. Si el chango se va y yo no tengo que lavarle nunca más el calzoncillo me mato; lo que quiero decir es que uno decide construir con el otro, en vez de irse con alguien nuevo para vivir la excitación de los primeros momentos nuevamente.

Las relaciones que valen la pena son las que pasan por épocas de rencor, aburrimiento y enojo para después concentrar sus energías en que todo esté bien otra vez, porque sencillamente no puede estar de otra manera. Si todo es siempre igual nos marchitamos, porque lo opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia.

El chango es desordenado, gritón, pedante, charlatán, descuidado, egoísta; pero también es divertido, cariñoso, inteligente, creativo, paciente y talentoso. Lo amo y lo odio, todo al mismo tiempo.

Mejor dicho, decido amarlo y odiarlo, porque no concibo la vida sin él.

Pero porque YO quiero.

¿Está claro?