Con una mano en el corazón, yo pensaba que el chango se adaptaría a un estilo de vida civilizado -el mío-, y que con el tiempo ambos estaríamos perfectamente sincronizados para llevar adelante un hogar inmaculado, respetando todas las reglas que a mí se me antojara imponer.

Según mis planes, los días transcurrirían suaves y perfumados en la calma bucólica de nuestro departamento suburbano, donde la factura del teléfono nunca se vence y la basura jamás larga olor. Él aprendería a elegir las ofertas en el chino, y yo dejaría de exigirle frenéticamente que no deje la remera en el piso del baño que acabo de limpiar con lavandina porque él se daría cuenta solo.

Pero hace unas semanas que parece estar sucediendo justo lo contrario.

>> Moni Argento (O Peggy Bundy, bueno)

Hay algunas “cositas” que hago ahora sin darme cuenta, que en otros tiempos me habrían parecido espantosamente paleolíticas, propias de un mamut peludo y bruto.

Basta con echar una breve mirada a mi lado de la cama para comprobar que no exagero. Hay una banquetita roja…bah, creo que es roja porque ya no se ve un milímetro de caño, cubierta por una masa informe de ropa hecha un bollo gigante, que se termina derramando por el piso, mezclándose con al menos cinco pares de zapatos diseminados aleatoriamente. Sobre mi mesa de luz hay bolsas, una guía T, un diario de noviembre 2007, pañuelitos de papel usados, un espejo y una pincita de depilar, una crema de manos llena de pelusa y un perfume para la ropa.

Haga lo que haga, ese sector escapa toda limpieza. Pasan las semanas y la ropa se sigue juntando hasta que decido lavarla, sin fijarme siquiera de qué prendas se trata o si me conviene meterlas todas en una sola tanda.

Sin ir más lejos, mientras escribo esto me sirvo el café directamente en la taza que dejé anoche para lavar, porque total ya estaba seca.

Y eso no es lo peor. El otro día me sorprendí a mí misma tomando gaseosa del pico al lado de la heladera, para bajar unos bizcochitos que me había comido… en la cama, leyendo el diario que había salido a comprar con el mismo jogging que uso para dormir.

¿Me estaré mimetizando con el monstruo derramador de café y fabricador de migas con el que vivo? ¡Encima ahora él me reta a mí!

>> El otro lado de la tortilla

Anoche llamó desde la cocina, entre sorprendido y enojado pero 100% serio:

“Mirá, tengo que hablar con vos. Todo bien con que no cocines todos los días y que no me planches las camisas pero estás de vacaciones y tenés toda la ropa tirada… ¿vos viste lo que es tu lado de la cama? Y no es sólo eso, dejás la ropa tirada por toda la casa, esto es un quilombo… están tus platos de ayer al mediodía sin lavar y vos ya sabés que si dejás los platos sin lavar de noche viene la cuca, y hay papelitos con mocos en todos lados ¡No podemos vivir en un chiquero! O sea, yo no puedo hacer todo ¿entendés?… el sábado pasado cociné y ayer limpié el baño… ¿vos que hiciste? Y por favor sacate mi remera de la Selección.”

Supongo que le podría haber contestado que es un irrespetuoso y que hice de todo como lo vengo haciendo desde que él vino a complicarme la existencia con sus hábitos higiénicos y alimentarios, pero lo cierto es que efectivamente hay carilinas mocosas en todos los ambientes de la casa.

>> Shrek y Fiona

Analizando esta situacion, me parece que el chango y yo somos como Shrek y Fiona. Shrek sabemos de movida que es un ogro oloriento de buen corazón, pero de Fiona creemos que es una princesita delicada hasta que finalmente descubrimos su verdadera identidad: ella también es una ogra olorienta de buen corazón.

¿Qué hago? ¿Me entrego a la mugre o vuelvo a poner los pies sobre la tierra -literalmente, la tierra, hace 20 días que no barremos- y empiezo a poner mi vida hogareña en orden nuevamente? ¿Y si mejor uso el laburo como excusa para no hacer nada más? ¿Puedo permitir que él me llame la atención a mí o es un chango caradura? ¿Le lavo las chombas o mejor me concentro en desenmarañar mi propio caos primero? ¿Soy, al final de cuentas, igual que él? ¿Y por qué me siento culpable? ¿Soy machista si me siento culpable?

Lo único que me consuela es que hoy a las 6 a.m. me despertó nerviosísimo porque no encontraba su DNI ni su tarjeta de crédito. Buscamos hasta las 7 pero no tuvimos suerte. Hace 10 minutos me mandó un mensaje diciéndome que tenía todo en el bolso.

Una persona que pierde su DNI siempre será más Shrek que yo… aunque últimamente yo guardo el mío en una bandeja de plástico de rotisería arriba del televisor…

¡Socorro!