Hay una chica que gusta del chango. Yo sé bien quién es, porque la veo ponerse contenta cuando él aparece, y enrojecer con timidez cada vez que él le dice algo gracioso.

Cuando sabe que lo va a ver, elige su ropa con cuidado, se empapa en fragancia importada, se plancha el flequillo, se maquilla con cuidado para agasajarlo… aunque jamás cruzará la línea.

Es que ella es diferente a las otras. No trata de seducirlo con descaro, polleras cortas, escotes y risitas estúpidas como las zorras que a veces tengo que espantar a escobazos.

Con una dignidad que jamás he visto en otra mujer y mucho menos en mí misma, ella finge que no se desmaya por dentro si el chango le habla, y disimula con entereza sus ganas de besarlo, olerlo, tocarlo.

Nunca dirá nada. Jamás se animará siquiera a insinuárselo a su mejor amiga, y en cambio guardará el secreto hasta que el tiempo o el abrazo de otro hombre la cure y la salve.

A veces la veo observar al que duerme todas las noches conmigo y recuerdo cuando yo era ella y se me llenaban los ojos de lágrimas al imaginar a algún muchacho que ahora me resulta lejanísimo durmiendo con otra.

Antes estaba celosa y le tenía bronca, pero ya no.