Desde tiempos inmemoriales, los más sabios advierten a quienes están en los umbrales de una relación: “Cuando salís con alguien también salís con toda su familia“. Para ellos, estar verdaderamente en pareja significa aceptar, también, un paquete de personas y compromisos con los que tendremos que cumplir pase lo que pase.

¿Pero es esto cierto? ¿Estamos obligados a participar de la vida familiar de nuestra media naranja? ¿O hay algún modo de zafarse de los domingos, los regalos para los niños y los cumpleaños de quince?

>> El desafío F

Mi concubino, viene de una familia numerosa e indivisible, y con esto quiero decir que son de esos que hacen todo juntos, todo el tiempo. De ninguna manera está compuesta por individuos en el sentido puro de la palabra, sino que más bien se trata de elementos que sólo funcionan en bloque, como los eslabones de una cadena indestructible.

A ninguno de sus seis hermanos se le ocurriría, por ejemplo, ir solo al supermercado. “¿Para qué, si podemos ir todos juntos? ¡Aprovechemos el sábado a la tarde!” parece ser el lema que los une, grabado a fuego en sus corazones.

Demás está decir que esta gente festeja todo: Cumpleaños, bautismos, comuniones, confirmaciones, compromisos, casamientos, navidad, año nuevo, reyes, pascuas… y además se ven todos los días.

Pero nada de esto sería un problema si yo no estuviera viviendo con un amante acérrimo de ese estilo de vida. Para él, no hay nada más sagrado que comer con la vieja los domingos y quedarse dormido en el sillón del living mientras yo charlo educadamente con mis parientes políticos; ni hay expresión de amor más conmovedora que un guiso de mondongo en un táper para llevar a casa.

Yo, mientras tanto, mataría por un poco de silencio, una revista y una comedia romántica para ver en piyama en la soledad de mi departamentito suburbano.

Claro que al principio me tomaron por sorpresa, así que casi sin darme cuenta fui recibiendo más y más invitaciones a “tomar unos mates”, “al cumple del nene de Carlos” y “al bautismo de la beba de Alcides”, que acepté cada vez, entre resignada y halagada por ser considerada parte del grupo.

Y es que tengo la… suerte (?) de que son simpatiquísimos, cariñosos y arrojan pétalos de felicidad a su paso, así que es imposible odiarlos.

Sin embargo, por más inimputables que sean, el click lo hice el jueves a las 18:30 horas, cuando me encontré a mí misma pagando $80 por un muñeco de los backyardigans para Tomi, el primito de mi concubino, que cumplía 2 años y al que ví una sola vez en mi vida. Si sigo de reunión en reunión, me voy a volver loca.

>> Sin experiencia

Vengo de una familia disfuncional y disgregada, en la que cada uno hace lo que le viene en gana y nadie le importa. No festejamos los cumpleaños, no nos vemos para las fiestas, y ninguno de mis parientes sabe cuántos años tengo ni a qué me dedico. Por mi parte, yo no sería capaz de reconocerlos si me los cruzara por la calle.

Las relaciones de sangre, por lo tanto, nunca fueron un tema relevante para mí, e incluso tuve la suerte de que algunos de mis anteriores novios no me tomaran lo suficientemente en serio para llevarme a conocer a sus padres; mientras que el resto tenía un historial genealógico similar al mío.

Con estos antecedentes, queda claro que estoy pisando terreno nuevo, y me está costando.

>> Sálvese quien pueda

Los eventos familiares ajenos son una tortura, se trate de una familia agradable o una odiosa. Pero.. ¿Qué actitud hay que tomar? A simple vista, las opciones son poco tentadoras:

a) Ser simpatiquísima y divertida, para tenerlos de nuestro lado;
b) ser atenta y educada, para no hacer quedar mal a la pareja o
c) ser fría y distante, para que no nos llamen nunca.

Lamentablemente la respuesta no es mejor. Si una es divina la aceptan como miembro y la invitan a la comunión de la hija de Marta, la cuñada de Gastón que además trabaja en la ferretería del tío Alberto. Lo mismo pasa si una es recatada, porque estos aglomerados de personas unidas por un apellido no conocen el término medio. Como mucho dirán que una es tímida, pero jamás pensarán que una preferiría estar en alguna otra parte antes que compartiendo mesas larguísimas con ellos.

En cambio, si una adopta una actitud más seca y cortante es probable que sus acciones deriven en peleas con la pareja, que se sentirá despreciada. “¿Por qué no querés ir a lo de mamá? ¿Qué te hizo ella, si es una santa? Si no la querés a ella, no me querés a mí”, es el reclamo más usual. Y algo de razón hay en eso, porque gracias a nuestra familia somos quienes somos, y eso incluye todas las cosas que enamoraron a nuestra pareja.

Así que no tiene sentido renegar. Ellos llegaron para quedarse, y poco importa lo que hagamos al respecto. Finalmente, la única manera de escapar de un clan familiar es separarse, y no vale la pena. Los sabios son sabios.