Por alguna razón que desconozco, mi concubino necesita que su despertador suene exactamente una hora antes de cuando debe levantarse. Al parecer, su cerebro necesita sesenta minutos completos

para comprender que debe salir de la cama para comenzar su día, y esto estaría relacionado con el hecho de que su sueño es pesado, pesadísimo, tan, tan profundo que ni siquiera el sonido infernal de sus propios ronquidos logra arrancarlo de los cálidos brazos de Morfeo.

Yo, muy por el contrario, duermo pésimo. Descanso poco, me despierto al menos cuatro veces por noche, doy vueltas, me cuesta conciliar el sueño, tengo frío y después calor y después frío, me pongo las medias, me las saco, y me las vuelvo a poner.

La combinación es desastrosa. Cada noche es un infierno que sólo puedo soportar cuando siento el calorcito del chango y lo abrazo y lo huelo; aunque ese momento de felicidad termina cuando él se
duerme y comienza a hacer los más atroces sonidos.

¿Cómo dormirme al lado de esa masa ahora inerte y siempre ensordecedora? ¿Cómo hacer caso omiso de esa gama variadísima de ronquidos que nunca, nunca se detiene?

Todo empieza con el soplidito. Su respiración se hace más profunda hasta convertirse en un leve ronquido, rítmico y pausado. A los quince minutos el volumen se acrecienta, los sonidos son más erráticos y comienzan las apneas. Yo intento relajarme, e imagino que este batifondo que normalmente me llevaría a la locura no es otra cosa que el sedante sonido del mar. Las olas me relajarán, pienso, y lograré el ansiado descanso.

Pero ahí es cuando él se da vuelta y me pega un codazo en la cara. Me muerdo el labio, que comienza a sangrarme. Me levanto para ir al baño, mientras él farfulla algo que no logro comprender, pero suena como “hmmmcamacalentitalacolitalindaveníGRGGGCCHHHHHFFFFFFFF”.

Vuelvo a la cama. Él ahora ocupa 3/4 del colcón y está envuelto en casi la totalidad de las sábanas y las frazadas. Me acomodo como puedo y siempre en posición fetal porque tengo traumas.

El ruido es ya insoportable, y por momentos, cuando empiezo a cabecear, me despierto sobresaltada con un ronquido que sobrepasa el máximo nivel tolerable de decibeles.

La concha de tu madre, pienso, iracunda. Prendo la tele. Son las dos y media de la mañana y aún así no hay una mierda para ver. Me engancho con un programa sobre el sistema de cloacas de París (que reproduce el sistema de calles de esa ciudad, y en base al cual se realizó el trazado de la línea de subterráneos), pero él me patea porque lo molesta el resplandor de la pantalla.

Así que apago y vuelvo a ir al baño, no sin antes implorar por lo bajo “Dejá de roncar o me mato, por el amor de Dios“, a lo que me contesta, dormido: “hmphbuuuuu, qué querés que haga“.

Me sirvo un vaso de agua y vuelvo a acostarme, para finalmente caer rendida a las 3:40 a.m.

A las 5 suena el despertador. Suena. Sigue sonando. No llego a apagarlo, porque está de su lado de la cama. Suena. Pipipipí, pipipipí, pipipií, me enloquece. Él lo apaga pero me dice que seguirá de largo hasta las 6.

Y así empiezo el día, porque ni bien escucho la alarma sé que no voy a poder seguir durmiendo por más que lo intente. Mientras él descansa plácidamente, me levanto y pongo la pava.

Tengo una hora entera para desayunar.