De hombre


Toda la vida fui igual. Tacaña, avara, egoista, angurrienta en el más extremo de los sentidos.

Cuando era chica le usaba las pinturitas a mi hermano para no gastar las mías, y le comía las galletitas a mis compañeros para no invertir en un paquete. Ya en la secundaria, escribía con letra chica y jamás dejaba renglones en blanco en los cuadernos, cosa que me parecía propia de los más acérrimos derrochones.

Sin embargo, como sé que la avaricia está mal vista, siempre traté de controlarla, convidando un chicle o comprando un regalo de cumpleaños por valor mayor a $15 cada tanto, para no levantar la perdiz.

El martirio pareció terminar cuando me fui a vivir sola. El primer detergente que compré, por ejemplo, era uno de esos muy concentrados y me duró doce meses. Si me sobraba una salchicha, la freezaba, y si quedaban dos cucharadas de arroz las mezclaba con algo que hubiera quedado de otro día y hacía un par de croquetas para llevarme al laburo y no gastar en delivery. No tiraba nada, y sólo consumía lo estrictamente necesario, para poder tomarme toda la birra que quisiera el fin de semana sin herir de muerte a mi bolsillo. (Bueno, en realidad pagaba una cada tanto, para qué voy a mentir…) ¡Aaaah, qué tiempos aquellos!

Pero ahora vivo con el chango. Él consume, usa, tira, come, vuelca, traga y pide más. No le importa nada. Con él, un jabón dura tres días; un kilo de queso, dos y una botella de gaseosa de las grandes, quince minutos.

En la Era del Concubinato, los envases vacíos llenan sin parar las bolsitas de basura (uso las del super. ¡Ni loca compro!), y mi salud mental tambalea.

Así que para poner coto a esta situación recurrí a mi más antigua
estrategia: Ahorrar en los bienes que menos importantes me parecen, para gastar en otros que me brindan más satisfacción. Con un hombre al lado esto significa gastar todo en comida y nada en el resto, así que la semana pasada gocé con este ofertón, que encontré en un bolichito de provincia: Shampoo x 1l + Crema de enjuague x 1l a sólo $4,90.

La alegría me duró 24 horas:

Chango:
Elen, tengo el pelo horrible, es malísimo ese shampoo. ¡Comprá uno bueno! ¿Ves? Mirá, me queda opaco, achatado, sin vida… no seas rata, dejá de amarrocar.

Más irritada que resignada rompí el chanchito y adquirí dos botellones de uno de los mejores champúes del mercado, y en seguida me empecé a poner nerviosa. “Dios mío, cómo pude haber gastado esa plata, estoy loca, el chango usa medio litro cada vez que se lava la cabeza (hace un huequito en la mano y lo llena de shampoo), me va a durar 15 días, me gasté un fangote de guita en shampoo para un hombre, que además de tener pelo corto se lo lava dos veces por día y hace un tsunami de espuma, no puede ser que use tanto shampoo, porque una cosa es que se tome cuatro yogures o se devore una caja de barritas de cereal, pero el shampoo… es como cuando usa un chorro de detergente concentrado para lavar dos platos… ¡Hay que usar gotitas, ahí lo dice, en el envase!!! ¡¡Sino no dura ocho semanas!!”

Y no aguanté más. No aguanté, lectores.

Entré al baño, agarré el botellón y le escribí, con marcador indeleble, bien grandote:

“¡¡¡¡USÁ POQUITO!!!!”

Muchas veces nos devanamos los sesos para encontrar ese gesto especial que pondrá contento a nuestro hombre y lo hará estar cada día más convencido de que somos la mujer de su vida.

Para esto, seguramente, nos inspiramos en aquellas cosas que nos hacen falta a las mujeres para ser felices (que nos cuiden, que nos presten atención, que nos den sorpresas, que nos admiren, que nos conmuevan, que nos exciten, que nos motiven, que nos apoyen, que nos escriban canciones, que nos escuchen, que nos comprendan, etc.) para elaborar complicadas estrategias que a menudo resultan cursis y berretas.

Me acuerdo de una vez, por ejemplo, que en un intento por festejar al chango, compré mariscos para hacerle una cena afrodisíaca. Me había procurado, además, un aromatizador de ambientes en aerosol para que no se sintieran olores desagradables y dos docenas de velitas, también perfumadas para crear una atmósfera seductora. Cabe aclarar que detesto los mariscos, jamás los había preparado y no pensaba probar ni uno. Cuando llegó a casa, lo primero que hizo él fue quejarse del olor “a baño” que producía la mezcla de las velitas con los mariscos, así que corrí a buscar mi desodorante, que comencé a pulverizar frenéticamente por toda la casa, con tan mala puntería que el alcohol del aerosol avivó la llama de las velitas y prendió fuego el mantel y las servilletas.

Demás está decir que mi concubino casi muere de un susto y después de apagar el incendio con una botella de agua mineral me suplicó que no le diera más sorpresas ridículas y potencialmente peligrosas.

Gracias a ese episodio comprendí, finalmente, que gracias a Dios los hombres son mucho más simples que nosotras y sólo necesitan estas tres cosas para sentirse completos y amados:

1- Que le pidas ayuda

La cruda realidad, muchachos, es que nosotras podemos abrir cualquier frasco con ayuda de la punta de un cuchillo, y también somos perfectamente capaces de cambiar una lamparita -bueno, yo no porque tengo vértigo y no me puedo subir a la silla, pero ese no es el punto-.

Aún así, cada vez que nos enfrentamos a una situación que requiera utilizar la fuerza o un destornillador, es usual que corramos a pedirles ayuda porque sabemos que nada hace sentir a un hombre más masculino que ser útil y necesario.

2- Que lo dejes cocinar

Cada vez que mi concubino se mete en la cocina arma un despiole que lleva al menos una hora limpiar. Jamás prende el extractor, usa los utensilios equivocados e indefectiblemente vuelca algo pegajoso en la mesada.

Sin embargo, de vez en cuando lo dejo agasajarme con una comidita elaborada mientras miro cómodamente la tele, aunque por dentro esté desesperada por picarle la cebolla más rápido o ir lavándole los trastos.

Y cuando estamos comiendo, 120 minutos después, no me olvido de felicitarlo, y exclamar que ese es el manjar más delicioso que probé en mi vida, aunque se trate de un bife con ensalada. ¿Por qué? Porque a ellos los hincha de orgullo saber que pueden hacer bien aunque sea algo de lo que vos hacés con eficiencia todos los días.

3- Que seas vos la que tiene ganas

Así como a nosotras nos encanta que nos miren lascivamente y nos susurren asquerosidades al oído, ellos también adoran sentirse deseados, lindos y sexies.

Por eso, cada tanto hace bien dejar de lado las medias rayadas puestas por encima del jogging, calzarse el push-up y agarrarlo cuando menos lo espera para un pingui-pingui. Se va a sentir el macho de América y por si eso fuera poco, nos va a tratar como reinas.

Así que ya lo saben, chicas, sigan estos facilísimos tips y tendrán en sus hogares hombres satisfechos y llenos de alegría.

Y si tienen alguno más ¡Compártanlo con nosotros!

Con los años viene el autoconocimiento, y con él la aceptación de las propias limitaciones.

Yo, por ejemplo, hace tiempo dejé de lado los zapatos de tap, las castañuelas y el tutú de tul rosa porque sé que en la vida podré ser bailarina de ninguna índole.

De la misma manera, cuando un hombre se acerca a la edad adulta reconoce finalmente su completa incapacidad para retener información, así que simplemente deja de intentarlo. Su pareja se convierte entonces en su ayudamemoria permanente.

Así, las mujeres recibimos con gran asiduidad mails, SMS y llamados de nuestros hombres, que preguntan “¿Qué modelo es nuestra impresora?”, “¿Cuándo cumple años mi hermana?”, “¿Cuál es el teléfono de mi vieja?” y “¿Qué talle soy?” con la misma inquietante naturalidad con la que piden lluvia de papas sobre el pancho.

Cuántas veces hemos tenido que interrumpir nuestro día para recordarle que compre un regalo, dictarle el teléfono de nuestra suegra o indicarle qué cartucho lleva la multifunción… ¿Y cómo sabemos todo eso, demonios? Desconozco. Pero esta mañana, cansada de responder las inquietudes del chango 24/7, le armé una listita con los datos que puede llegar a necesitar para el día a día, así no tiene que consultar conmigo.

Al principio la idea era grabarle el texto en una de esas chapitas como las que llevan los perritos colgadas del cuello, pero me parece que no me va a entrar todo. Díganme si me olvido de algo:

> Me llamo: Chango.
> Tengo 31 años.
> Mi DNI es: 24.***.***
> Vivo en: C****** Nº 8**, piso *, Depto *.
> Mi teléfono es: 4***-***2.
> Mi celular es: 15-6***-****.
> Mi obra social es: Osde
> Mi grupo sanguíneo es: 0+
> Los colectivos que me dejan en casa son: **, ***, **.
> Calzo: 42.
> Uso jean talle: 36.
> Mamá cumple años el: 2 de febrero.
> Elena cumple años el: 13 de julio y quiere: una cartera.
> Me gusta: las empanadas, el asado, la tele, hacer la siesta.
> Soy de: Boca.
> Mi vedette favorita es: Evangelina Anderson.
> No me gusta: la zanahoria, River, limpiar.

No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?

¿Cuántas veces hemos salido apuradas de casa con el cuidado de avisar que “te dejé comida en la heladera, bichi“, sólo para volver horas después y encontrar bolsas de papas fritas, envoltorios de alfajor y migas de galletita regados por el piso?

“¡No había nada!” nos dirán, indefectiblemente ante nuestra mirada atónita. Y es que no importa con cuánta paciencia expliquemos que dejamos una pata de pollo y dos papas y que lo único que tenía que hacer él era poner todo en una asadera y hornearlo: el de los hombres y la comida es un problema gestáltico.

Para un hombre, por ejemplo, “huevos+leche+jamón+queso” no es igual a omelette, de la misma manera que carne+huevo+pan rallado no implica pensar en milanesa.

Acaso la única excepción a la regla sea el querido sandwich. “Allí donde hay pan, hay esperanza”, parecen pensar los muchachos cada vez que les pica el estómago y no hay nadie cerca ni dinero para delivery.

Pero en mi casa no compramos pan, por lo tanto las opciones de mi concubino excluyen, al impúdico manjar y entonces suceden cosas como esta.

>> Las partes

El domingo a la noche se me ocurrió ir a cenar con mi amiga de la infancia, aún a sabiendas de que él no tenía plan y debería comer en casa. Sintiéndome culpable, bajé del freezer un paquete de acelga y piqué cebollas y morrones en cubos pequeñísimos, que coloqué en un recipiente en la heladera, justo al lado de una masa de tarta cuyo paquete tenía estampada la foto de una pascualina hermosa. Además, para estar segura de que entendiera el mensaje, había dejado la tartera de pirex sobre la mesada.

¿Se avivará con todo esto o debería dejarle una notita? Dudé un instante, pero finalmente decidí que él no es un niño, y que la foto de la pascualina seguro sería suficiente.

>> El todo

Alrededor de la medianoche, al volver a casa, descubrí lo ingenua que había sido. Sobre la mesada de la cocina había tres potecitos de yogur “regularizador” vacíos, un frasco de mermelada dietética abierto, al lado de un paquete de galletitas de salvado por la mitad. Un poco más allá logré divisar un pote de queso crema y cáscaras de manzana.

¿Qué era lo que me habías dejado para comer, mi amor?“, preguntó, confundido. “Como no sabía me comí todo, menos esa verdura congelada que no sé para qué era. ¡No había nada de cena!. Ah, y guardé esa fuentecita que dejaste tirada, ¡para que después no me digas que soy un enquilombado, eeeeeh!”.

Entendí todo. Ahora, cuando digo “te dejé comida en la heladera”, me refiero a que hay un táper con ravioles con tuco, listos para calentar en el microondas. Con el queso rallado ya puesto, claro.

Si bien luchamos contra ella día a día, la incontinencia verbal es un flagelo que amenaza con romper la armonía de nuestra pareja cada vez que abrimos la boca.

Para mí no hay nada más lindo que poder charlar acurrucada en el sillón con el chango, después de comer y tomando un tecito, pero a veces me voy de mambo y le cuento cosas que le molestan y lo sacan de quicio, o no le interesan y lo aburren hasta el desmayo.

Vienen a mi mente momentos realmente incómodos, como cuando se me escapó que uno de mis jefes me había elogiado las gomas o que una de mis amigas piensa que él es feo, y la verdad es que me costó bastante tiempo y favores sexuales lograr que olvidara esas “nimiedades”.

Por otra parte, estilo de vida actual nos impide disfrutar de mucho tiempo junto a nuestro querido mostro, así que debemos esforzarnos por minimizar estos momentos desagradables.

Después de varias semanas de análisis exhaustivo, he compilado esta lista de cosas que jamás debés contarle a tu chango. Buen provecho.

1) Que te gusta otro

Es muy común que las parejas confundan confianza con tener carta blanca para decir cualquier cosa, total “está todo bien“. Pero tu chango necesita, además de sentirse deseado, sentirse el único.

Entonces, si creés que podés hablar con él de todo, controlate. Porque un comentario al pasar como “Tiene lindos ojos Francisco” le va a arruinar la noche, y a vos también. (Y a Francisco no lo vas a poder ver nunca más).

> Propuesta Pájaro en mano: Cuando te pregunte si te gusta Juan, negale todo y llamá a una amiga para contarle, y de paso repasar con lujo de detalles el sueño calentito que tuviste con el chico del subte de las 8:40.

2) Con cuántos hombres dormiste antes de conocerlo a él

Tu concubino no es tu amigo, o mejor dicho es tu amigo o en algún momento lo fue o no sé, pero además es el único que hoy tiene derecho legítimo a tocar tus partes privadas. Y hasta donde él sabe -o quiere saber- esas partes jamás fueron tocadas por ningún otro sátiro degenerado asqueroso.

Hay que tener mucho cuidado con este tema en particular, porque él intentará hacerte caer en la trampa y convencerte de que no hay problema, que no le importa tu pasado y que entiende que tuviste una vida antes de él así que podés ser sincera.

Patrañas. Ni bien abras la boca te va a armar quilombo. Y ni hablar si conoce alguno de los miembros de tu lista. Ahí “fuistes“.

> Propuesta Pájaro en mano: Llamá a la amiga del punto anterior y armen la lista juntas. Seguro que ella se acuerda de alguno que a vos se te pasó.

3) Cómo te fue en el médico

Además de tener poca capacidad para retener información, los hombres son fácilmente impresionables.

Si no es cuestión de vida o muerte, evitá comentarios como “La colpo me dio bien, pero igual el doctor vio unos puntitos blancos que no le gustaron así que me dio óvulos. ¿Ves? Son estos cositos chiquititos que van en…“, o “Me tengo que hacer una colonoscopía porque puede haber un espasmo en esa zona y es lo que me impide ir bien de cuerpo, porque viste que yo estoy siempre constipada y…” …puaj.

> Propuesta Pájaro en mano: Charlalo con tu abuela o con alguna tía hipocondríaca. Ellas hasta te pueden recomendar más profesionales o medicamentos que a ellas les dieron resultado.

4) Cuánto te salió la cartera

Vos y yo sabemos a simple vista que pagaste por lo menos cuatrocientos pesos. La chica que te empujó en el colectivo hoy también lo sabía, y también la cajera del coto. Pero él no tiene idea, y es mejor que se mantenga así.

Si pagás una suma exhorbitante por un artículo de moda, no sólo ponés en riesgo el presupuesto de todo el mes, sino que lo harás preguntarse con qué clase de loca irracional capitalista superficial está viviendo, y además se daría cuenta de por qué comen arroz cuatro veces por semana.

En mi caso, mi política es que el chango jamás debe ver la etiqueta que indica que una prenda es nueva. Es más, las arranco ni bien salgo del negocio, para estar segura de que no se me va a traspapelar en casa. Si él pregunta si algo es nuevo, le digo, indefectiblemente “Ay, no, lo tengo hace mil años…“.

> Propuesta pájaro en mano: Mostrale la cartera a la compañera de trabajo que más detestes, así te envidia. Con el arroz hacé croquetitas.

5) Qué está comiendo

Al chango no le gustan las verduras. A duras penas te come choclo y tomate, papa, batata… las verduras de los niños.

Lo que no sabe es que hace semanas que en el relleno de la tarta le vengo poniendo bróccoli, zucchini, berenjena y zanahoria, todo pasado por la pimer para que no se note.

Hasta ahora no recibí quejas, pero sé que si algún día le confieso qué tiene la empanada o qué le puse a la terrina va a empezar a hacer arcadas en medio de un mar de insultos y va a correr a comprarse una milanesa a la rotisería más cercana.

> Propuesta Pájaro en mano: Si te dice que no le gusta el morrón, ponelo igual en la salsa y procesalo todo, como hacen los de esa marca conocida de sopas y calditos. Ni se va a dar cuenta. Además, con un poco de queso tapás todo.

El otro día escuché una conversación telefónica entre uno de mis amigos y su concubina. No sé qué le estaba contando ella, pero por toda respuesta obtuvo una combinación de “¿Y?”, “¿Entonces?” y “¿Para qué me contás esto?” que me llamó mucho la atención.

Cuando le consulté, él me explicó que otra vez su novia le estaba taladrando la cabeza con no-noticias.

¿Qué son las no-noticias? ¿Por qué irritan? ¿Es que los hombres no saben escuchar o somos nosotras las aburridas? ¿Cómo las identificamos? Ahondemos en el tema.

>> Puro Bla Bla

Las no-noticias, definía mi amigo, son comentarios de escasa relevancia y nulo interés que las mujeres parloteamos incesantemente cual loritos fuera de control y que en el 90% de los casos fastidian a los hombres hasta el límite de lo soportable.

A simple vista notamos dos problemas:

En primer lugar, como normalmente estamos convencidas de que nuestro relato es apasionante, nos ofendemos cuando nuestro interlocutor no formula respuesta alguna y es muy usual que se desencadenen algunas discusiones del estilo “vos nunca me escuchás cuando te hablo” o “en esta relación yo estoy pintada, estoy cansada de que me ignores“. Esto confunde y desconcierta a nuestro sujeto, que hasta ese momento estaba sentado mirando el catálogo de Sony tranquilamente.

Por otra parte ¿por qué nunca se quejan? ¿No creen poder tener conversaciones profundas y llenas de significado con nosotras? ¿No vale la pena intentarlo?

Aparentemente, estimadas, ocurre que al final del día nuestra voz tiene el mismo impacto en nuestro muchacho que el zumbido de la heladera o el ruido del lavarropas centrifugando: lo oyen, pero no tienen idea de qué es.

>> Algunos ejemplos de no-noticias

Para solucionar este dilema que, según descubro, aqueja a la mayoría de las parejas, es necesario que identifiquemos qué tipo de narración constituye una no-noticia. Veamos algunos ejemplos:

1- “¡Estoy tan cansada! Hoy quería comprar harina integral para hacer un pan multicereal y fui al chino pero no había, y después iba a ir a coto pero estaba tan lleno de gente que al final no fui y encima caminé como veinte cuadras. Iba a comprar uno en la dietética pero cuando llegué ya estaba cerrado”.

Esto es una no-noticia porque no importa en lo más mínimo que hayamos querido comprar la harina. Ellos no tienen el pan sobre la mesa, ni tampoco un tarro con dulce casero para el caso, así que el periplo supermercadil les resulta completamente irrelevante.

2- “Me quiero comprar unas botas, pero no sé… ¿de caña alta me conviene? Porque yo no uso pollera. ¿Vos pensás que yo podría usar pollera? Maru tiene una buenísima pero es violeta, tendría que ir con unas botas negras o violetas. ¿Qué hago, me compro unas botas violetas? Ah, no sabés, hoy mi vieja tenía puesto un sweater pre-cio-so, tejido grueso con todalaonda re ochentoso…¡Con unos botones cuadrados divinos grises! ¿Y botas grises? ¿Te gustan las botas grises?”

Aquí no sólo estamos ante la presencia de una no-noticia, sino que caemos en el terrible error de pretender una respuesta por parte de nuestro hombre acerca de un tema tabú como lo es la moda. Ellos a duras penas saben la diferencia entre un pantalón de vestir y un jogging así que es inútil pedirles que identifiquen colores como el “petróleo” o el “uva”, o que reconozcan telas como el terciopelo o la pana. Lo único que conseguimos es marearlos.

En este caso es mejor ir con dos opciones muy simples, e indicarles cuál queremos que elijan, a saber: “¿Me compro botas grises o violetas? Las grises van con todo”.

3- “….Entonces José Luis se puso medio mal y dijo que esto no podía seguir así, que todos teníamos que ponernos a laburar por igual, y entonces Pipi se largó a llorar, porque ella esta semana no cumplió las horas y ahora piensa que la van a rajar, ah, porque aparte ahora José Luis está encantado con Andrea, la asistente que empezó hace cinco días y ya se cree la más diosa indispensable, es una atorranta, se viene a la oficina con unas polleritas que no sabés lo que son, todos los tipos la miran y Pipi se quema la cabeza de celos porque… ah, vos sabés que entre ella y José Luis pasó algo hace un tiempo ¿no? ¿Te acordás que te conté?”

Un hombre promedio no sabe quién es Pipi, no se acuerda si José Luis es tu jefe o el encargado del edificio, no puede precisar de qué trabajás ni dónde queda tu oficina, ni se acuerda de nada que le hayas contado en otras ocasiones. Sí puede saber que hay una que tiene buenas gomas y otra que parece que hizo un trío con dos de ahí, pero esa es toda la información que es capaz de retener. Y está perfecto.

Así como todos odiamos que nos cuenten sobre programas de televisión que no vemos, a nadie le importan las historias de gente que no conoce ni vio jamás. Los chismes de trabajo sólo se comentan con gente del trabajo. Con él hablá de Prison Break.

>> El agravante

Me corresponde hacer un gran mea culpa y aceptar que casi todo lo que le cuento a mi concubino cuando llega a casa a la noche entra en la categoría no-noticia.

Sin embargo, si bien me encanta compartir con él miles de narraciones soporíferas y sé que debo agradecer que él las escuche con dignidad, quiero también un poco de crédito.

El chango se crió con su madre, tres hermanas y veinticinco tías así que es un especialista en no-noticias. No en padecerlas, sino en contarlas él mismo, con una vuelta de tuerca típica de su estilo chillón.

Mientras nosotras simplemente enumeramos los hechos porque creemos que son intrigantes per se, él los agranda, los magnifica hasta hacerme creer que esa es la historia más fascinante jamás contada.

Sin ir más lejos, anoche llegó excitadísimo del trabajo y se despachó con esta anécdota:

“¡No te imaginás lo que pasó hoy! ¡Fue LO MÁS! Resulta que estábamos todos tomando café ¿no? y viene Sofía y nos dice ‘Ustedes siempre tomando café, parecen empleados públicos’ y todos se quedaron callados. Y ahi yo agarré y como nadie sabía qué decir dije… escuchá lo que dije, no lo vas a poder creer, dije… estaban todos escuchando porque estaban todos descolocados, porque Sofía trajo ella misma la cafetera el viernes pasado… dije… ’si fuéramos empleados públicos tomaríamos mate, pero como acá nunca hay yerba….’ ¡Y todos se morían de risa MAL!”

>> Justificación y compromiso

La verdad es que si nos limitáramos a decir cosas de interés -para ellos- estaríamos calladas el 80% del día, y yo no puedo estar callada, eso está fuera de toda discusión.

Además, por más intelectual y subyugante que sea una mujer, ninguna escapa al amor por la ropa, los chismes y la expresión oral desmedida.

Sí reconozco, sin embargo, lo mucho que irritan las no-noticias, así que estoy dispuesta a disminuir al mínimo su uso.

Por otra parte, no exijo respuestas ensayísticas. Ni siquiera demasiado coherentes. Con que el chango asienta con la cabeza me alcanza, y me parece un intercambio justo, si consideramos que yo debo prestarle atencion a las peroratas de una hora y media que sostiene con sus amigotes sobre si Riquelme distribuye el juego o es un muerto.

Así que mujeres, si bien no hemos de permitir que nos coarten nuestro derecho a hablar de más y sobre cualquier cosa, debemos tener en cuenta que una feliz convivencia tiene mucho que ver con una relación conversación-silencio eficiente y balanceada.

Las invito.

Las desafío.

Las dos cosas que más le gustan a cualquier hombre, además del sexo y la televisión, son comer y dormir.

No me importa que me acusen de simplista. Así como los bebés lloran de hambre o de sueño, los hombres experimentan un terrible disconfort si se ven privados del descanso o la comida.

Mi papá, por ejemplo, no cambia por nada del mundo su ritual de comer tostados en la cama mientras mira History Channel hasta quedarse dormido con el plato sobre la panza y la barba llena de migas. Mi abuelo, en cambio, no podía mantenerse en pie sin cuarenta minutos de siesta diarios. Y ni hablar de mi tío, que aun hoy se levanta las diez de la mañana. Mis amigotes, por su parte, organizan asados y encuentros con pizzas y bolsas de papas fritas una vez por semana, mientras que mi hermano se desespera por los alfajores de nuez que le trae su novia de Mar del Plata.

Como no podía ser de otra manera, mi concubino combina todos esos vicios. Y cuando digo combina quiero decir que los experimenta todos juntos, miren si no lo que pasó una noche de la semana pasada:

>> Martes - 20:00

El chango se queda dormido después de chanchear. Como no sé cuándo se va a despertar y no quiero ponerlo de mal humor, me visto y aprovecho para adelantar algunos trabajos y ordenar un poco la casa.

>> Martes - 20:45

El chango se despierta y grita desde la pieza:

Chango:
¿Está la comidaaaa?
Elena:
No, mi amor, estabas durmiendo. ¿Para qué iba a hacer la comida si no sabía si ibas a querer comer?
Chango (chinchudo)
¡Pero tengo hambre! ¡Quiero comer AHORA!
Elena:
Ay, bueno, bueno…¡YA preparo algo!

>> Martes: 20:47

Improviso con unas milanesas del freezer, un puré instantáneo y unos tomates con orégano, al ritmo de los ronquidos del chango, que se ha vuelto a dormir.

>> Martes: 21:20

Con la comida en la mesa, me acerco a la cama y, suavemente, le toco el hombro:

Elena (en delicado susurro):
Amorcito…
Chango (en violento sobresalto):
¿QUÉ? ¿QUÉ PASA?
Elena:
Nada… está la comida…
Chango (irritado):
¿No ves que estoy durmiendo? ¡Por favor! ¡No ves que estoy DESCOMPUESTO DE SUEÑO!

Quisiera contar que le revoleé las milangas por la cabeza al grito de “me tenés harta, salvaje”, pero en cambio puse todo en una bandejita y se lo llevé a la cama.

Perdón, feministas del mundo…

No es necesario que describa cómo se comporta un hombre enfermo. Cualquiera que piense en su padre, o en algún hermano, primo o tío sabe perfectamente de qué hablo.

Primero se sacan toda la ropa y se acuestan, aunque su “enfermedad” sea simple cansancio o dolor de pies.

Luego se quejan, llorisquean, arman un escándalo antológico porque no aguantan sentirse tan terriblemente mal.

Y después piden. De todo. Piden que los mimen, que los cuiden, que les hagan sopita o tecito o pollito con puré de calabaza, que les alcancen el control remoto, que los tapen, que les compren el diario.

Ahora, cuando una de nosotras está enferma ¿qué hace? Nada, se toma el medicamento que haya que tomar, va a ver al médico que corresponda, y después se deja de romper las pelotas. Se recuesta un rato y espera que se le pase, sin molestar a nadie.

Pero a veces una mujer también necesita que la cuiden.

Hace un par de noches, por ejemplo, me desperté con náuseas y corrí al baño a despedir la cena estruendosa y desagradablemente. Mientras vomitaba me iba quedando sin aire y tosía. Tomé una buscapina para el dolor de estómago y volví a acostarme. El chango seguía ahí, roncando.

El episodio se repitió dos veces más, y cada vez fue peor que la anterior. Él a duras penas atinó a preguntarme entre sueños si estaba bien.

A la mañana me pasaron toda clase de cosas horribles relacionadas con procesos gastrointestinales, así que no fui a trabajar.

Él sí fue, y en un momento de lucidez me llamó para preguntarme cómo estaba:

Chango:
Hola amor, ¿todo bien?
Elena
Sí, sí, un poco mejor… vomité un par de veces más y ahora estoy en la cama, esperando al médico. Creo que tengo fiebre, pero estoy bien… por lo menos pude dormir un poco…
Chango:
Ah, entonces no me pasás a buscar para ir al bafici, ¿no?

Y acá mi error, que demuestra que en todos estos años no aprendí nada:

Elena:
Y… no, amorcito, no me siento bien como para salir… pero vos andá a ver alguna peli, eh. ¡No te quedes sin ir!
Chango:
¡Bueno!

¿Cómo pude ser tan estúpida y creer que si le decía que fuera igual al cine él iba a comprender que lo que yo necesitaba era que él corriera a casa a cuidarme y me trajera remedios?

¿Y qué clase de obtuso no comprende cuando su cónyuge le dice que tiene fiebre y que está esperando al médico? ¡Al médico, por Dios!

Finalmente lo llamé tipo nueve de la noche. No iracunda, pero sí algo fastidiada, porque una cosa es ver una película y volver a casa y otra muy distinta es quedarse boludeando cinco horas.

Resulta que el señor se había encontrado con un amigo y los dos estaban charlando tan animadamente que habían perdido la noción del tiempo.

Chango:
¡Hola mi amor! ¿Cómo estás? ¡Cuando venía para el Abasto me encontré con Martín y a que no sabés qué nos pasó?
Elena:
¿Se quedaron pelotudeando y se olvidaron de la película?
Chango:
¡Síiiii! Ahí te lo paso, así lo saludás.

Martín:
¡Hola Elena!
Elena:
Hola, Martín, ¿cómo va?
Martín:
¡Bien! ¿Y vos?
Elena:
Mirá, estoy enferma, tuve que ir a comprarme Reliverán y casi me desmayo en la farmacia por un bajón de presión. Ahora estoy acostada y mi novio no me viene a cuidar. ¿A vos te parece?
Martín:
¡Uuuuh! Bueno, pero si estás enferma y acostada ¿qué va a hacer él ahí?…¡que te mejores!
Elena:
…Gracias…

(click).

¿Alguien cree que el Señor fue capaz de siquiera mandarme un sms para ver cómo me sentía o si necesitaba algo? Claro que no. Y además llegó pasadas las once de la noche.

Elena:
Viniste tarde… estuve todo el día sola y vomitando…
Chango:
¡Pero si vos me dijiste que fuera a ver la película!

Me sentí Marge Simpson.

Bienvenidos queridos lectores y lectoras (ahora hay que decir todo en femenino y masculino) a este útil espacio.

Hoy analizaremos algunas voces clásicas de nuestro bienamado español, y veremos qué diferente es su significado en el idioma hombre.

1-
Español:
¿Podés lavar los platos mientras yo termino un laburo?
Hombre:
¿Podés quedarte mirando la tele mientras yo termino un laburo así después lavo los platos y te doy postre?

2-
Español:
¿Te puedo dejar esta factura para que la pagues? Vence mañana. ¡No te olvides!
Hombre:
blablablfactura blablabla vence en algún momento blablabla ¡No te preocupes!

3.
Español:
Estoy muy cansada, esta noche no.
Hombre:
Te hago sexo oral.

Next Page »