Diálogos conyugales


Cuando uno está en pareja hace mucho tiempo, su tolerancia al alcohol disminuye un 90% con respecto al mismo período en el estado civil anterior.

Es decir que un intake de birra de 0.7 litros por persona dentro de un período temporal de 21,2 minutos con tu concubino de hace más de 24,5 meses puede (de)generar conversaciones como esta:

Elena:
Estoy vieja, me tendría que pegar una estiradita.
Chango:
¿Te querés hacer un “refreshing”?
Elena:
Sí, en la cara.
Chango:
Si la gente dice “refreshing” ¿Por qué no dice “updatear”?
Elena:
¿”Me voy a updatear la cara”?
Chango:
¡Claro! ¡Te hacés un “update”!
Elena:
En todo caso dirías “me borré el historial”.
Chango: (Señalando las patas de gallo):
“Chequeá mi facebook, me borré el historial”
Elena (señalando la panza):
¡Y eliminé las cookies!
Chango:
¿Viste que hay gente que dice “bookear”?
Elena:
Mi mamá dice bookear a veces
Chango:
¿Lo dice porque anda en Buquebús?
Elena:
No, eso sería “buquebusear”. “Buquear” sería andar en un buque genérico.
Chango:
Claro, tenés razón.
Elena:
Y un “facebuq” en realidad sería un lugar dónde vos vas y te borrás el historial de la cara y quedás 20 años más joven. Y de paso pasás el fin de semana en Colonia.
Chango:
Me encanta. Para los 50 te regalo eso.

Mirando el programa de Tinelli.

Elena:
¿Jelinek está buena?
Chango (babeando):
Seeeeeeeeaaaaagghhhhh
Elena:
¿Aunque sea tonta, no?
Chango:

Está buena igual… mirá, vos tenés que pensar que para que una mina me guste se tiene que parecer al asado…
Elena (¡?):
…Qué… ¿Por la…carne?
Chango:
Sí, tiene que tener muuuuuucha carne. Yo a vos te quiero comer cuando te veo. ¿Te imaginás? ¡Uuuuuooooh! ¡Me hago sanguchitos de Elena por un mes!

- Andá, no me molesta, en serio-, mentí. -¿Segura? -Sí, fue tu novia de la adolescencia, no me parece mal que se vean…además pasaron como quince años.

Así decidió el chango encontrarse con Silvina, su primer amor y, según él, el más puro, inocente y sincero que jamás haya sentido.

Silvina era su compañera del jardín de infantes, y desde entonces, él la había amado ininterrumpidamente hasta los últimos días de quinto año. Tenía el pelo larguísimo y casi blanco, que enmarcaba a la perfección dos enormes ojos celestes, ubicados con impecable simetría en un rostro inmaculado. Así por lo menos la describía siempre él, justo antes de suspirar y afirmar que era perfecta.

Su primer declaración de amor a la blonda había sido cuando ambos estaban por terminar preescolar, y los papás de Silvina habían pensado en cambiarla de colegio. El chango, desesperado al imaginar siete años de primaria sin ella, le había regalado una petunia rosa, directamente en un plantín, acompañada por una bolsa de libritos de cuentos y autitos de juguete, que eran sus más preciados tesoros. Silvina le había agradecido con la frialdad de quien se sabe la nena más linda, y el chango lloró encerrado en su cuarto todo un fin de semana. Finalmente los papás de Silvina decidieron que era más cómodo que su hija hiciera la primaria cerca de casa, y el hombre de mi vida respiró aliviado.

Entre 1982 y 1988, se dedicó a sorprenderla con regalos espectaculares cada cumpleaños. Aprovechó cada asalto para bailar con ella, y espantó a trompada limpia a todos los muchachitos que quisieron acercarse a su princesa, que era delicada y refinada como una copa del más bello cristal. Hizo sus deberes, recortó cientos de figuritas para decorar sus cuadernos y robó mil flores de los jardines del barrio, pero ella seguía inalcanzable, siempre atrás de algún otro compañerito con el que se paseaba de la mano en los recreos.

Pero el chango fue paciente, y en la secundaria tuvo su segunda oportunidad. Promediando cuarto año, a Silvina le agarró mononucleosis y estuvo dos meses sin ir a la escuela. El chango aprovechó y, desoyendo los consejos de su madre que no quería que se contagiara, la visitó todas las tardes. Le llevó los trabajos, le explicó matemáticas y le alquiló videos para que se entretuviera entre ejercicio y ejercicio. Cuando Silvina se curó, ya lo veía con otros ojos.

Fueron inseparables hasta que llegó el verano, cuando Silvina viajó a Brasil. A la vuelta todo se había enfriado, y al parecer ya no se acordaba de los besos del chango, ni de sus abrazos, ni de las notas altas que había sacado gracias a sus cuidadosas explicaciones.

Quinto año transcurrió sin novedades. Casi no se veían, porque ella estaba en otra división, pero se saludaban en los pasillos. Al chango le seguía pareciendo la chica más hermosa del planeta, y había decidido ir de viaje de egresados con el grupo de Silvina en vez del suyo, para poder estar cerca de ella.

La primera madrugada en Bariloche, en alguna conocida discoteca, ella meneaba su nuevísimo cuerpo de mujer al ritmo estridente de la música que adoran los jóvenes y detestan las personas como yo.

El chango la observaba en la distancia, listo para acercarse y decirle todo. Decirle que la amaba desde siempre, que ya no podía vivir sin ella y que necesitaba que estuvieran juntos de nuevo, esta vez para siempre.

Pero a medida que caminaba a su encuentro, vio cómo un coordinador de Río Estudiantil se adelantaba para seducirla y, sin más, delizaba sus manos por debajo del jean de Silvina. Ella estaba encantada, y esa noche perdió la virginidad. Se enteró todo el grupo, y al otro día algún alma caritativa decidió que mi concubino había sufrido suficiente y le contó el chisme.

Al chango se le rompió el corazón. Pasó el resto de la semana solo, lejos del grupo y evitando a la rubia, que se acurrucaba con el coordinador cada vez que podía. De vuelta en Buenos Aires, él no le dirigió más la palabra. Se había rendido.

Durante catorce años había respirado sólo por ella, que era la medida de todas las cosas, la referencia ineludible de su vida, una especie de asignatura pendiente.

Así que la otra tarde, cuando me enteré de que ella quería verlo, me sentí potencialmente cornuda, porque es imposible estar a la par de la intensidad del primer amor. ¿Cómo competir con la sensación de que lo que nos pasa es único? ¿Cómo hacerle sombra a esa piara de sentimiendos que invadieron nuestros cuerpos adolescentes por primera vez y dejaron huellas tan profundas? Y peor aún, ¿Cómo compararme con la que marcó el paso de sus días por tantos años?

Por más segura que esté del amor de mi concubino, me estuve devanando los sesos toda la tarde imaginándolos, flechados por la nostalgia y divertidísimos contando viejas anécdotas. Él seguro le estaría mirando las piernas, y ella se estaría preguntando por qué lo dejó ir. Él ni se acordaría de Bariloche, ni de la mononucleosis, ni de la petunia. Sólo pensaría en besar otra vez los labios que descansan debajo de ese par de ojos celestes que lo había hipnotizado. Volvió a las ocho de la noche.

-¿Cómo te fue, amor?-, pregunté haciéndome la casual. -No sé. -¿Cómo que no sabés? ¿Qué pasó?.

- Mirá… Para empezar… ella está distinta. Está… - ¿Hecha mierda?- pregunté con ilusión. - Y… está más encorvada. Se le cayeron las tetas y se cortó el pelo. Está medio baqueta, bruta, no sé, no se ríe. Me llamó porque quería saber qué era de mi vida después de tanto tiempo, y yo le conté que estoy trabajando muy bien, que por fin puedo hacer lo que me gusta, que estoy con vos y que estamos muy enamorados, que tenemos un departamento muy lindo y que vos sacás buenas fotos y escribís muy bien… ella me contó que se embarazó a los diecinueve, sabés, después a los veintiuno y después a los veinticuatro. Tiene dos nenes y una nena. El primer nene es del coordinador de Bariloche, ¿te acordás de ese forro?, que jamás se hizo cargo. Ella vive con los padres, en el barrio, porque se separó del marido, que es el padre de los otros dos chicos. Y trabaja en la librería de la hermana. Y fuimos a tomar un café, y yo me pedí un tostado, y cuando lo terminé había hecho migas, viste que yo hago migas siempre, soy un tarado, y agarré una servilleta y me puse a limpiar las migas como hacés siempre vos, y ahí ella gritó “¡No limpiés, no limpiés que para eso está el pibe de acá! ¡Eu, pibe limpiame la mesa!” y cuando llamó al mozo se le salió el chicle de la boca y se le cayó sobre el pulóver. ¿Y sabés lo que hizo? Se lo despegó y se lo volvió a comer y yo ahí vi que le faltaban unos dientes… Me parece que por eso no se reía-.

Dudo que vuelvan a verse, pero este encuentro le sirvió -y me sirvió- para comprender que las cosas del pasado deben quedarse ahí, resguardadas del tiempo y las inclemencias de la vida. ¿Para qué abrir esa caja de Pandora?

(Qué bueno que haya estado hecha bolsa…)

Si hay algo que aún no hemos perdido con el chango es la pasión.

Claro que es una pasión algo más esporádica y un poco menos adrenalínica, pero aún así es altamente disfrutable.

Qué lindos esos momentos en los que uno se deja ir, se entrega sin más y disfruta de la piel del otro, de su olor, de su calorcito…

Chango:
Che, negra, estamos complicados con las panzas…
Elena:
Quiénes, ¿nosotros? ¿Nuestras panzas?
Chango (señalándose el pecho)
Sí… ¡Nos salen de “acá arriba”!
Elena (negación total):
…Pe…pero… ¡yo hago fight-do! ¡Y voy a correr a la plaza!
Chango:
Bueno, yo no te digo nada, yo también estoy gordo.
Elena:
No, no, yo no engordé, estoy hinchada, hinchada! ¡Es eso!
Chango:
No te estoy criticando, nada más te digo que están más grandes.
Elena:
Entonces tenemos que hacer algo para la angustia.

Acto seguido nos calzamos los joggins y salimos corriendo… hasta el kiosco más cercano, a comprar dos cachafaz y una coca.

(Light, maestro.)

Eso sí: mañana me calzo las llantas y voy al gym; no dejaré que una barriga irrespetuosa me dinamite las noches especiales.

No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?

Él cambió de canal distraidamente, mientras ella se cubría el cuerpo desnudo, sinuoso, con las sábanas que ya tenían algunos días.

-No me entendés-, dijo con descuido ella. -Es cierto. No puedo hablar con vos- contestó él.

-Creo que deberíamos separarnos ahora, y no esperar más tiempo-, sugirió ella. Somos muy diferentes y… -Y esas diferencias se notan cada vez más.- completó él.

Él volvió a cambiar de canal, y ella se vistió rápidamente con la ropa que había al costado de la cama.

Cuarenta minutos antes, los cuerpos de los dos se habían enredado con la intensidad de quienes necesitan dejar algo atrás; pero ahora sólo quedaba la repentina lucidez que sobreviene al sexo.

- Porque tampoco es cuestión de seguir metiéndole fichas a algo que tarde o temprano va a fracasar.- siguió ella mientras volvía a meterse en la cama, tan lejos de él como se lo permitió el ancho del colchón.

- Tenés razón. Mejor terminar ahora.
- Es que tenemos proyectos de vida muy distintos.
- Estamos desconectados.
- Quizás esto fue una decisión apresurada.
- Nos equivocamos.
- No es culpa de nadie.
- Mañana arreglamos bien cómo hacemos con las cosas. Ahora tratemos de dormir.

El día les iluminó las caras sin pedir permiso. Es que ella tenía la irritante costumbre (irritante para él, a ella le parecía encantadora) de dormir con las persianas levantadas para que la luz del sol la despertara naturalmente y la llenara de energías.

Él se despertó primero, y ella lo siguió un instante después. Durante el sueño se habían movido, y ahora sus caras estaban enfrentadas y sus narices casi se tocaban.

Ella lo miró y sonrió. Él estaba muy despeinado y parecía un cantante pop de los años ochenta.

Él la miró y sonrió. Ella también estaba despeinada, y tenía los ojos hinchados a la manera glamorosa de las divas borrachas de hollywood.

- Pero yo te amo-, dijo él.
- Yo más-, dijo ella.
- No puedo vivir sin vos.
- Yo tampoco.
- Qué cagada…

Con una mano en el corazón, yo pensaba que el chango se adaptaría a un estilo de vida civilizado -el mío-, y que con el tiempo ambos estaríamos perfectamente sincronizados para llevar adelante un hogar inmaculado, respetando todas las reglas que a mí se me antojara imponer.

Según mis planes, los días transcurrirían suaves y perfumados en la calma bucólica de nuestro departamento suburbano, donde la factura del teléfono nunca se vence y la basura jamás larga olor. Él aprendería a elegir las ofertas en el chino, y yo dejaría de exigirle frenéticamente que no deje la remera en el piso del baño que acabo de limpiar con lavandina porque él se daría cuenta solo.

Pero hace unas semanas que parece estar sucediendo justo lo contrario.

>> Moni Argento (O Peggy Bundy, bueno)

Hay algunas “cositas” que hago ahora sin darme cuenta, que en otros tiempos me habrían parecido espantosamente paleolíticas, propias de un mamut peludo y bruto.

Basta con echar una breve mirada a mi lado de la cama para comprobar que no exagero. Hay una banquetita roja…bah, creo que es roja porque ya no se ve un milímetro de caño, cubierta por una masa informe de ropa hecha un bollo gigante, que se termina derramando por el piso, mezclándose con al menos cinco pares de zapatos diseminados aleatoriamente. Sobre mi mesa de luz hay bolsas, una guía T, un diario de noviembre 2007, pañuelitos de papel usados, un espejo y una pincita de depilar, una crema de manos llena de pelusa y un perfume para la ropa.

Haga lo que haga, ese sector escapa toda limpieza. Pasan las semanas y la ropa se sigue juntando hasta que decido lavarla, sin fijarme siquiera de qué prendas se trata o si me conviene meterlas todas en una sola tanda.

Sin ir más lejos, mientras escribo esto me sirvo el café directamente en la taza que dejé anoche para lavar, porque total ya estaba seca.

Y eso no es lo peor. El otro día me sorprendí a mí misma tomando gaseosa del pico al lado de la heladera, para bajar unos bizcochitos que me había comido… en la cama, leyendo el diario que había salido a comprar con el mismo jogging que uso para dormir.

¿Me estaré mimetizando con el monstruo derramador de café y fabricador de migas con el que vivo? ¡Encima ahora él me reta a mí!

>> El otro lado de la tortilla

Anoche llamó desde la cocina, entre sorprendido y enojado pero 100% serio:

“Mirá, tengo que hablar con vos. Todo bien con que no cocines todos los días y que no me planches las camisas pero estás de vacaciones y tenés toda la ropa tirada… ¿vos viste lo que es tu lado de la cama? Y no es sólo eso, dejás la ropa tirada por toda la casa, esto es un quilombo… están tus platos de ayer al mediodía sin lavar y vos ya sabés que si dejás los platos sin lavar de noche viene la cuca, y hay papelitos con mocos en todos lados ¡No podemos vivir en un chiquero! O sea, yo no puedo hacer todo ¿entendés?… el sábado pasado cociné y ayer limpié el baño… ¿vos que hiciste? Y por favor sacate mi remera de la Selección.”

Supongo que le podría haber contestado que es un irrespetuoso y que hice de todo como lo vengo haciendo desde que él vino a complicarme la existencia con sus hábitos higiénicos y alimentarios, pero lo cierto es que efectivamente hay carilinas mocosas en todos los ambientes de la casa.

>> Shrek y Fiona

Analizando esta situacion, me parece que el chango y yo somos como Shrek y Fiona. Shrek sabemos de movida que es un ogro oloriento de buen corazón, pero de Fiona creemos que es una princesita delicada hasta que finalmente descubrimos su verdadera identidad: ella también es una ogra olorienta de buen corazón.

¿Qué hago? ¿Me entrego a la mugre o vuelvo a poner los pies sobre la tierra -literalmente, la tierra, hace 20 días que no barremos- y empiezo a poner mi vida hogareña en orden nuevamente? ¿Y si mejor uso el laburo como excusa para no hacer nada más? ¿Puedo permitir que él me llame la atención a mí o es un chango caradura? ¿Le lavo las chombas o mejor me concentro en desenmarañar mi propio caos primero? ¿Soy, al final de cuentas, igual que él? ¿Y por qué me siento culpable? ¿Soy machista si me siento culpable?

Lo único que me consuela es que hoy a las 6 a.m. me despertó nerviosísimo porque no encontraba su DNI ni su tarjeta de crédito. Buscamos hasta las 7 pero no tuvimos suerte. Hace 10 minutos me mandó un mensaje diciéndome que tenía todo en el bolso.

Una persona que pierde su DNI siempre será más Shrek que yo… aunque últimamente yo guardo el mío en una bandeja de plástico de rotisería arriba del televisor…

¡Socorro!

Estoy por hacer una ensalada. Como plato único, no para acompañar un bife, como quisiera él porque “ensalada no es comida, es guarnición y para eso prefiero papa“.

Saco de la alacena un bol de cuando mi mamá era soltera y lo dejo apoyado en la mesada un instante mientras corto los tomates.

Cuando vuelvo a agarrarlo veo un bicho horrible, gigante horrible, horrible amenazándome desde adentro y, con el bol todavía en la mano y presa de un pánico irracional, salgo disparada a la pieza, donde él habla por teléfono en calzoncillo.

Elena:
¡Chango mirá este bicho horrendo por DIOS SACALO del bol!!!
Chango:
(al teléfono) …a ver, esperá que Elena está gritando… (A mí) Ay mi amor, por favor, es un grillo. ¡No te va a hacer nada! (Al teléfono) Pffft, nada, Elena, haciendo un escándalo por un bichito, ahora te llamo(click).
Elena:
Bueno pero ¡SACALO!
Chango:
No seas maricona, querés, sacalo vos al balcón y que se vaya tranquilo, ¡no seas nena!
Elena:

(En silencio, deposito el bol con el monstruo sobre la cama, justo a su lado)

Chango:
¡¡¡¡AAAAAHHH!!! ¡¡¡NONONOSACALO QUE VA A SALTAR EN LA CAMA LLEVÁTELO LLEVATELO!!!! ¡¡AL BALCÓN TE DIJE, AL BALCÓN!!!

Conclusión: Él es nena.
Conclusión 2: Necesito otro bol. Ese quedó en el balcón.
Aclaración: Ni idea qué pasó con el grillo

Estás trabajando en la PC cuando él decide hacerse un té. Lo dejas, porque consideras que un té es una tarea acorde a sus capacidades. Confiarás en él.

Él
¡No hay azúcar!

Sí hay, compré el martes.
Él
¡Bueno, se acabó!

No, no, tiene que haber, buscá en la alacena!
Él
¡Estoy buscando en la alacena y no hay más!

Pero sí, mi amor, hay.

> Si eliges ir a buscar tú misma el azúcar para que te deje de hinchar las bolas, lee 1.
> Si eliges darle las indicaciones necesarias para que la encuentre él mismo, lee 2

1-
Te levantas de tu silla, caminas hasta la cocina. Pasas por al lado de tu concubino y abres la alacena. Extraes el paquete de azúcar y se lo das, intentando que en tu rostro no se dibuje una expresión triunfante.

Él
¿No me podías decir dónde estaba directamente?

Así es más rápido, es lo mismo.
Él
No, no es lo mismo, porque después te quejás de que yo no hago nada ¡pero no me dejás! ¡Querés hacer todo vos para sentirte superior! ¡Me tratás como un nene!

> Lee 3

2-
Respiras hondo. Tendrás paciencia. Si un hombre tiene hambre no le des un pez, enséñale a pescar.

Él
No, no hay, te digo que se terminó!

Fijate en la alacena de arriba de la pileta, en la puerta de la izquierda, abrís y hay un frasco de vidrio transparente con flores rojas. Atrás del frasco hay un paquete de fideos tirabuzones, y al lado está el azúcar. Fijate que tiene que estar bien a la vista. Es una bolsa transparente, con azúcar, marca Chango, justo al lado del paquete de fideos ¿lo ves?
Él
¿Qué soy, estúpido? ¿Pensás que no puedo encontrar un simple paquete de azúcar? Me decías que estaba en la alacena y listo. ¡No se puede vivir así! ¡Me tratás como un nene!

¿Lo econtraste?
Él
…no.

Te levantas de tu silla, caminas hasta la cocina. Pasas por al lado de tu concubino y abres la alacena. Extraes el paquete de azúcar y se lo das, intentando que en tu rostro no se dibuje una expresión ligeramente irritada.

Lee 3

3-
Descubres que jamás podrás ganar en este tipo de situaciones. Harás el té la próxima vez. Él te tocará la cola mientras llenas la pava.