Julio 7, 2008
Pecados provinciales
Posted by Elena under De hombre, El mío, Reflexiones y confesiones[30] Comments
Toda la vida fui igual. Tacaña, avara, egoista, angurrienta en el más extremo de los sentidos.
Cuando era chica le usaba las pinturitas a mi hermano para no gastar las mías, y le comía las galletitas a mis compañeros para no invertir en un paquete. Ya en la secundaria, escribía con letra chica y jamás dejaba renglones en blanco en los cuadernos, cosa que me parecía propia de los más acérrimos derrochones.
Sin embargo, como sé que la avaricia está mal vista, siempre traté de controlarla, convidando un chicle o comprando un regalo de cumpleaños por valor mayor a $15 cada tanto, para no levantar la perdiz.
El martirio pareció terminar cuando me fui a vivir sola. El primer detergente que compré, por ejemplo, era uno de esos muy concentrados y me duró doce meses. Si me sobraba una salchicha, la freezaba, y si quedaban dos cucharadas de arroz las mezclaba con algo que hubiera quedado de otro día y hacía un par de croquetas para llevarme al laburo y no gastar en delivery. No tiraba nada, y sólo consumía lo estrictamente necesario, para poder tomarme toda la birra que quisiera el fin de semana sin herir de muerte a mi bolsillo. (Bueno, en realidad pagaba una cada tanto, para qué voy a mentir…) ¡Aaaah, qué tiempos aquellos!
Pero ahora vivo con el chango. Él consume, usa, tira, come, vuelca, traga y pide más. No le importa nada. Con él, un jabón dura tres días; un kilo de queso, dos y una botella de gaseosa de las grandes, quince minutos.
En la Era del Concubinato, los envases vacíos llenan sin parar las bolsitas de basura (uso las del super. ¡Ni loca compro!), y mi salud mental tambalea.
Así que para poner coto a esta situación recurrí a mi más antigua
estrategia: Ahorrar en los bienes que menos importantes me parecen, para gastar en otros que me brindan más satisfacción. Con un hombre al lado esto significa gastar todo en comida y nada en el resto, así que la semana pasada gocé con este ofertón, que encontré en un bolichito de provincia: Shampoo x 1l + Crema de enjuague x 1l a sólo $4,90.
La alegría me duró 24 horas:
Chango:
Elen, tengo el pelo horrible, es malísimo ese shampoo. ¡Comprá uno bueno! ¿Ves? Mirá, me queda opaco, achatado, sin vida… no seas rata, dejá de amarrocar.
Más irritada que resignada rompí el chanchito y adquirí dos botellones de uno de los mejores champúes del mercado, y en seguida me empecé a poner nerviosa. “Dios mío, cómo pude haber gastado esa plata, estoy loca, el chango usa medio litro cada vez que se lava la cabeza (hace un huequito en la mano y lo llena de shampoo), me va a durar 15 días, me gasté un fangote de guita en shampoo para un hombre, que además de tener pelo corto se lo lava dos veces por día y hace un tsunami de espuma, no puede ser que use tanto shampoo, porque una cosa es que se tome cuatro yogures o se devore una caja de barritas de cereal, pero el shampoo… es como cuando usa un chorro de detergente concentrado para lavar dos platos… ¡Hay que usar gotitas, ahí lo dice, en el envase!!! ¡¡Sino no dura ocho semanas!!”
Y no aguanté más. No aguanté, lectores.
Entré al baño, agarré el botellón y le escribí, con marcador indeleble, bien grandote:
“¡¡¡¡USÁ POQUITO!!!!”