El mío


Toda la vida fui igual. Tacaña, avara, egoista, angurrienta en el más extremo de los sentidos.

Cuando era chica le usaba las pinturitas a mi hermano para no gastar las mías, y le comía las galletitas a mis compañeros para no invertir en un paquete. Ya en la secundaria, escribía con letra chica y jamás dejaba renglones en blanco en los cuadernos, cosa que me parecía propia de los más acérrimos derrochones.

Sin embargo, como sé que la avaricia está mal vista, siempre traté de controlarla, convidando un chicle o comprando un regalo de cumpleaños por valor mayor a $15 cada tanto, para no levantar la perdiz.

El martirio pareció terminar cuando me fui a vivir sola. El primer detergente que compré, por ejemplo, era uno de esos muy concentrados y me duró doce meses. Si me sobraba una salchicha, la freezaba, y si quedaban dos cucharadas de arroz las mezclaba con algo que hubiera quedado de otro día y hacía un par de croquetas para llevarme al laburo y no gastar en delivery. No tiraba nada, y sólo consumía lo estrictamente necesario, para poder tomarme toda la birra que quisiera el fin de semana sin herir de muerte a mi bolsillo. (Bueno, en realidad pagaba una cada tanto, para qué voy a mentir…) ¡Aaaah, qué tiempos aquellos!

Pero ahora vivo con el chango. Él consume, usa, tira, come, vuelca, traga y pide más. No le importa nada. Con él, un jabón dura tres días; un kilo de queso, dos y una botella de gaseosa de las grandes, quince minutos.

En la Era del Concubinato, los envases vacíos llenan sin parar las bolsitas de basura (uso las del super. ¡Ni loca compro!), y mi salud mental tambalea.

Así que para poner coto a esta situación recurrí a mi más antigua
estrategia: Ahorrar en los bienes que menos importantes me parecen, para gastar en otros que me brindan más satisfacción. Con un hombre al lado esto significa gastar todo en comida y nada en el resto, así que la semana pasada gocé con este ofertón, que encontré en un bolichito de provincia: Shampoo x 1l + Crema de enjuague x 1l a sólo $4,90.

La alegría me duró 24 horas:

Chango:
Elen, tengo el pelo horrible, es malísimo ese shampoo. ¡Comprá uno bueno! ¿Ves? Mirá, me queda opaco, achatado, sin vida… no seas rata, dejá de amarrocar.

Más irritada que resignada rompí el chanchito y adquirí dos botellones de uno de los mejores champúes del mercado, y en seguida me empecé a poner nerviosa. “Dios mío, cómo pude haber gastado esa plata, estoy loca, el chango usa medio litro cada vez que se lava la cabeza (hace un huequito en la mano y lo llena de shampoo), me va a durar 15 días, me gasté un fangote de guita en shampoo para un hombre, que además de tener pelo corto se lo lava dos veces por día y hace un tsunami de espuma, no puede ser que use tanto shampoo, porque una cosa es que se tome cuatro yogures o se devore una caja de barritas de cereal, pero el shampoo… es como cuando usa un chorro de detergente concentrado para lavar dos platos… ¡Hay que usar gotitas, ahí lo dice, en el envase!!! ¡¡Sino no dura ocho semanas!!”

Y no aguanté más. No aguanté, lectores.

Entré al baño, agarré el botellón y le escribí, con marcador indeleble, bien grandote:

“¡¡¡¡USÁ POQUITO!!!!”

Por alguna razón que desconozco, mi concubino necesita que su despertador suene exactamente una hora antes de cuando debe levantarse. Al parecer, su cerebro necesita sesenta minutos completos

para comprender que debe salir de la cama para comenzar su día, y esto estaría relacionado con el hecho de que su sueño es pesado, pesadísimo, tan, tan profundo que ni siquiera el sonido infernal de sus propios ronquidos logra arrancarlo de los cálidos brazos de Morfeo.

Yo, muy por el contrario, duermo pésimo. Descanso poco, me despierto al menos cuatro veces por noche, doy vueltas, me cuesta conciliar el sueño, tengo frío y después calor y después frío, me pongo las medias, me las saco, y me las vuelvo a poner.

La combinación es desastrosa. Cada noche es un infierno que sólo puedo soportar cuando siento el calorcito del chango y lo abrazo y lo huelo; aunque ese momento de felicidad termina cuando él se
duerme y comienza a hacer los más atroces sonidos.

¿Cómo dormirme al lado de esa masa ahora inerte y siempre ensordecedora? ¿Cómo hacer caso omiso de esa gama variadísima de ronquidos que nunca, nunca se detiene?

Todo empieza con el soplidito. Su respiración se hace más profunda hasta convertirse en un leve ronquido, rítmico y pausado. A los quince minutos el volumen se acrecienta, los sonidos son más erráticos y comienzan las apneas. Yo intento relajarme, e imagino que este batifondo que normalmente me llevaría a la locura no es otra cosa que el sedante sonido del mar. Las olas me relajarán, pienso, y lograré el ansiado descanso.

Pero ahí es cuando él se da vuelta y me pega un codazo en la cara. Me muerdo el labio, que comienza a sangrarme. Me levanto para ir al baño, mientras él farfulla algo que no logro comprender, pero suena como “hmmmcamacalentitalacolitalindaveníGRGGGCCHHHHHFFFFFFFF”.

Vuelvo a la cama. Él ahora ocupa 3/4 del colcón y está envuelto en casi la totalidad de las sábanas y las frazadas. Me acomodo como puedo y siempre en posición fetal porque tengo traumas.

El ruido es ya insoportable, y por momentos, cuando empiezo a cabecear, me despierto sobresaltada con un ronquido que sobrepasa el máximo nivel tolerable de decibeles.

La concha de tu madre, pienso, iracunda. Prendo la tele. Son las dos y media de la mañana y aún así no hay una mierda para ver. Me engancho con un programa sobre el sistema de cloacas de París (que reproduce el sistema de calles de esa ciudad, y en base al cual se realizó el trazado de la línea de subterráneos), pero él me patea porque lo molesta el resplandor de la pantalla.

Así que apago y vuelvo a ir al baño, no sin antes implorar por lo bajo “Dejá de roncar o me mato, por el amor de Dios“, a lo que me contesta, dormido: “hmphbuuuuu, qué querés que haga“.

Me sirvo un vaso de agua y vuelvo a acostarme, para finalmente caer rendida a las 3:40 a.m.

A las 5 suena el despertador. Suena. Sigue sonando. No llego a apagarlo, porque está de su lado de la cama. Suena. Pipipipí, pipipipí, pipipií, me enloquece. Él lo apaga pero me dice que seguirá de largo hasta las 6.

Y así empiezo el día, porque ni bien escucho la alarma sé que no voy a poder seguir durmiendo por más que lo intente. Mientras él descansa plácidamente, me levanto y pongo la pava.

Tengo una hora entera para desayunar.

Con los años viene el autoconocimiento, y con él la aceptación de las propias limitaciones.

Yo, por ejemplo, hace tiempo dejé de lado los zapatos de tap, las castañuelas y el tutú de tul rosa porque sé que en la vida podré ser bailarina de ninguna índole.

De la misma manera, cuando un hombre se acerca a la edad adulta reconoce finalmente su completa incapacidad para retener información, así que simplemente deja de intentarlo. Su pareja se convierte entonces en su ayudamemoria permanente.

Así, las mujeres recibimos con gran asiduidad mails, SMS y llamados de nuestros hombres, que preguntan “¿Qué modelo es nuestra impresora?”, “¿Cuándo cumple años mi hermana?”, “¿Cuál es el teléfono de mi vieja?” y “¿Qué talle soy?” con la misma inquietante naturalidad con la que piden lluvia de papas sobre el pancho.

Cuántas veces hemos tenido que interrumpir nuestro día para recordarle que compre un regalo, dictarle el teléfono de nuestra suegra o indicarle qué cartucho lleva la multifunción… ¿Y cómo sabemos todo eso, demonios? Desconozco. Pero esta mañana, cansada de responder las inquietudes del chango 24/7, le armé una listita con los datos que puede llegar a necesitar para el día a día, así no tiene que consultar conmigo.

Al principio la idea era grabarle el texto en una de esas chapitas como las que llevan los perritos colgadas del cuello, pero me parece que no me va a entrar todo. Díganme si me olvido de algo:

> Me llamo: Chango.
> Tengo 31 años.
> Mi DNI es: 24.***.***
> Vivo en: C****** Nº 8**, piso *, Depto *.
> Mi teléfono es: 4***-***2.
> Mi celular es: 15-6***-****.
> Mi obra social es: Osde
> Mi grupo sanguíneo es: 0+
> Los colectivos que me dejan en casa son: **, ***, **.
> Calzo: 42.
> Uso jean talle: 36.
> Mamá cumple años el: 2 de febrero.
> Elena cumple años el: 13 de julio y quiere: una cartera.
> Me gusta: las empanadas, el asado, la tele, hacer la siesta.
> Soy de: Boca.
> Mi vedette favorita es: Evangelina Anderson.
> No me gusta: la zanahoria, River, limpiar.

Mirando el programa de Tinelli.

Elena:
¿Jelinek está buena?
Chango (babeando):
Seeeeeeeeaaaaagghhhhh
Elena:
¿Aunque sea tonta, no?
Chango:

Está buena igual… mirá, vos tenés que pensar que para que una mina me guste se tiene que parecer al asado…
Elena (¡?):
…Qué… ¿Por la…carne?
Chango:
Sí, tiene que tener muuuuuucha carne. Yo a vos te quiero comer cuando te veo. ¿Te imaginás? ¡Uuuuuooooh! ¡Me hago sanguchitos de Elena por un mes!

- Andá, no me molesta, en serio-, mentí. -¿Segura? -Sí, fue tu novia de la adolescencia, no me parece mal que se vean…además pasaron como quince años.

Así decidió el chango encontrarse con Silvina, su primer amor y, según él, el más puro, inocente y sincero que jamás haya sentido.

Silvina era su compañera del jardín de infantes, y desde entonces, él la había amado ininterrumpidamente hasta los últimos días de quinto año. Tenía el pelo larguísimo y casi blanco, que enmarcaba a la perfección dos enormes ojos celestes, ubicados con impecable simetría en un rostro inmaculado. Así por lo menos la describía siempre él, justo antes de suspirar y afirmar que era perfecta.

Su primer declaración de amor a la blonda había sido cuando ambos estaban por terminar preescolar, y los papás de Silvina habían pensado en cambiarla de colegio. El chango, desesperado al imaginar siete años de primaria sin ella, le había regalado una petunia rosa, directamente en un plantín, acompañada por una bolsa de libritos de cuentos y autitos de juguete, que eran sus más preciados tesoros. Silvina le había agradecido con la frialdad de quien se sabe la nena más linda, y el chango lloró encerrado en su cuarto todo un fin de semana. Finalmente los papás de Silvina decidieron que era más cómodo que su hija hiciera la primaria cerca de casa, y el hombre de mi vida respiró aliviado.

Entre 1982 y 1988, se dedicó a sorprenderla con regalos espectaculares cada cumpleaños. Aprovechó cada asalto para bailar con ella, y espantó a trompada limpia a todos los muchachitos que quisieron acercarse a su princesa, que era delicada y refinada como una copa del más bello cristal. Hizo sus deberes, recortó cientos de figuritas para decorar sus cuadernos y robó mil flores de los jardines del barrio, pero ella seguía inalcanzable, siempre atrás de algún otro compañerito con el que se paseaba de la mano en los recreos.

Pero el chango fue paciente, y en la secundaria tuvo su segunda oportunidad. Promediando cuarto año, a Silvina le agarró mononucleosis y estuvo dos meses sin ir a la escuela. El chango aprovechó y, desoyendo los consejos de su madre que no quería que se contagiara, la visitó todas las tardes. Le llevó los trabajos, le explicó matemáticas y le alquiló videos para que se entretuviera entre ejercicio y ejercicio. Cuando Silvina se curó, ya lo veía con otros ojos.

Fueron inseparables hasta que llegó el verano, cuando Silvina viajó a Brasil. A la vuelta todo se había enfriado, y al parecer ya no se acordaba de los besos del chango, ni de sus abrazos, ni de las notas altas que había sacado gracias a sus cuidadosas explicaciones.

Quinto año transcurrió sin novedades. Casi no se veían, porque ella estaba en otra división, pero se saludaban en los pasillos. Al chango le seguía pareciendo la chica más hermosa del planeta, y había decidido ir de viaje de egresados con el grupo de Silvina en vez del suyo, para poder estar cerca de ella.

La primera madrugada en Bariloche, en alguna conocida discoteca, ella meneaba su nuevísimo cuerpo de mujer al ritmo estridente de la música que adoran los jóvenes y detestan las personas como yo.

El chango la observaba en la distancia, listo para acercarse y decirle todo. Decirle que la amaba desde siempre, que ya no podía vivir sin ella y que necesitaba que estuvieran juntos de nuevo, esta vez para siempre.

Pero a medida que caminaba a su encuentro, vio cómo un coordinador de Río Estudiantil se adelantaba para seducirla y, sin más, delizaba sus manos por debajo del jean de Silvina. Ella estaba encantada, y esa noche perdió la virginidad. Se enteró todo el grupo, y al otro día algún alma caritativa decidió que mi concubino había sufrido suficiente y le contó el chisme.

Al chango se le rompió el corazón. Pasó el resto de la semana solo, lejos del grupo y evitando a la rubia, que se acurrucaba con el coordinador cada vez que podía. De vuelta en Buenos Aires, él no le dirigió más la palabra. Se había rendido.

Durante catorce años había respirado sólo por ella, que era la medida de todas las cosas, la referencia ineludible de su vida, una especie de asignatura pendiente.

Así que la otra tarde, cuando me enteré de que ella quería verlo, me sentí potencialmente cornuda, porque es imposible estar a la par de la intensidad del primer amor. ¿Cómo competir con la sensación de que lo que nos pasa es único? ¿Cómo hacerle sombra a esa piara de sentimiendos que invadieron nuestros cuerpos adolescentes por primera vez y dejaron huellas tan profundas? Y peor aún, ¿Cómo compararme con la que marcó el paso de sus días por tantos años?

Por más segura que esté del amor de mi concubino, me estuve devanando los sesos toda la tarde imaginándolos, flechados por la nostalgia y divertidísimos contando viejas anécdotas. Él seguro le estaría mirando las piernas, y ella se estaría preguntando por qué lo dejó ir. Él ni se acordaría de Bariloche, ni de la mononucleosis, ni de la petunia. Sólo pensaría en besar otra vez los labios que descansan debajo de ese par de ojos celestes que lo había hipnotizado. Volvió a las ocho de la noche.

-¿Cómo te fue, amor?-, pregunté haciéndome la casual. -No sé. -¿Cómo que no sabés? ¿Qué pasó?.

- Mirá… Para empezar… ella está distinta. Está… - ¿Hecha mierda?- pregunté con ilusión. - Y… está más encorvada. Se le cayeron las tetas y se cortó el pelo. Está medio baqueta, bruta, no sé, no se ríe. Me llamó porque quería saber qué era de mi vida después de tanto tiempo, y yo le conté que estoy trabajando muy bien, que por fin puedo hacer lo que me gusta, que estoy con vos y que estamos muy enamorados, que tenemos un departamento muy lindo y que vos sacás buenas fotos y escribís muy bien… ella me contó que se embarazó a los diecinueve, sabés, después a los veintiuno y después a los veinticuatro. Tiene dos nenes y una nena. El primer nene es del coordinador de Bariloche, ¿te acordás de ese forro?, que jamás se hizo cargo. Ella vive con los padres, en el barrio, porque se separó del marido, que es el padre de los otros dos chicos. Y trabaja en la librería de la hermana. Y fuimos a tomar un café, y yo me pedí un tostado, y cuando lo terminé había hecho migas, viste que yo hago migas siempre, soy un tarado, y agarré una servilleta y me puse a limpiar las migas como hacés siempre vos, y ahí ella gritó “¡No limpiés, no limpiés que para eso está el pibe de acá! ¡Eu, pibe limpiame la mesa!” y cuando llamó al mozo se le salió el chicle de la boca y se le cayó sobre el pulóver. ¿Y sabés lo que hizo? Se lo despegó y se lo volvió a comer y yo ahí vi que le faltaban unos dientes… Me parece que por eso no se reía-.

Dudo que vuelvan a verse, pero este encuentro le sirvió -y me sirvió- para comprender que las cosas del pasado deben quedarse ahí, resguardadas del tiempo y las inclemencias de la vida. ¿Para qué abrir esa caja de Pandora?

(Qué bueno que haya estado hecha bolsa…)

No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?

Si al menos uno de los miembros de una pareja es capaz de mantener un mínimo orden, la casa que compartirán tiene salvación. Por más esordenado, torpe y desprolijo que sea el otro, el ordenado irá juntando detrás las porquerías, y logrará dar una ilusión de pulcritud al hogar.

Pero este no es mi caso, como bien saben los lectores.

Cómo describir nuestro departamento… Para empezar, tenemos una en contra, que es que la cocina está integrada al living; es decir que cada frasco, cada plato, cada taza sucia queda perfectamente a la vista de quien se atreva a cruzar la puerta de entrada.

Luego los ojos del visitante se posan en la mesa, que rebalsa de carpetas, facturas para pagar, llaves, los teléfonos celulares, las agendas, apuntes y catálogos de falabella o farmacity, que colecciono compulsivamente.

Un poco más allá, pilas de diarios y revistas viejas, junto a algún calzado que quedó de la noche, medias (limpias y sucias) los abrigos sobre el sillón y biromes, pincitas de depilar, audífonos del reproductor de mp3, volantes de deliveries y cientos de miles de púas de guitarra.

A simple vista, este comportamiento patológico parecería condenarnos a vivir tapados de papeles, diarios viejos y todo tipo de cachivaches. Aún así, anoche al chango le agarró un ataque de responsabilidad.

Chango:
Mami, no se puede vivir así, está todo tirado… ¡Somos unos quilomberos!
Elena:
Buen boludo, hago lo que puedo, ¡Qué querés, si vos dejás cosas por todos lados y yo a duras penas puedo con lo mío!
Chango:
PfFFFFffff pero así no se puede, viejo, mirá, mirá. ¿Qué son todas estas cositas? ¿Broches en la cocina? ¿La yerba sin guardar? Hay cacharros por todos lados.
Elena:
Perdoname, pero TODO lo que hay sobre la mesa es TUYO, y tenés todo el escritorio para vos, que también es un quilombo.
Chango:
Y la casa está llena de espacio mal aprovechado.
Elena:
Si, claro, bueno, es fácil quejarse cuando tenemos tres guitarras, un órgano y un bombo tirados en el living. ¿Y de quién es esa campera? ¿Y ese bolso?
Chango:
¿Y esas bufandas? ¿Y esas zapatillas?
Elena:
Eh… las zapatillas son tuyas.
Chango:
Se acabó, hay que ordenar.

Acto seguido se puso a juntar papeles, bufando como un loco, yendo y viniendo desaforado, mientras yo me encargaba de la mundana tarea de juntar la mesa, lavar los platos y repasar la cocina.

Nos fuimos a dormir tardísimo, agotados y sin hablar. Somos unos cerdos, pensé justo antes de cerrar los ojos. Pero hoy a la mañana, debo decir, la vista era muy agradable.

Inmaculada, la mesa del comedor nos saludó con su vidrio mimado con Mr. Músculo Multiacción, y la cocina, limpísima, me invitó a hacer un buen desayuno, balanceado, con frutas y cereales.

Después de preparar todo, me acerqué al tacho de basura con las cáscaras en la mano, y apreté el pedalito con el pie para levantar la tapa. Dios mío.

Ahí, entre saquitos de té usados y cáscaras de frutas estaba todo el sueldo del chango, en dos pequeños fajos de lindísimos billetes lilas.

Elena:
Amor… ¿Vos tiraste plata a la basura?
Chango:
¿De qué hablás?
Elena (mostrándole la plata sucia):
De esto. ¡Estaba en la basura! ¿Estás loco?
Chango:
Boludamesalvastelavida….
Elena:
Sos un descuidado, pa, lo debés haber tirado sin querer ayer, con todos los papeles… tenés que fijarte mejor. ¡Mirá si yo hoy sacaba la bolsa sin mirarla!
Chango:
Tenés razón, soy un desastre… ¡Qué peligro! ¡Nunca más me pongo a ordenar!

Y todo volvió a la normalidad.

A las mujeres nos dan celos las cosas más extrañas. Muchas de nosotras podemos tolerar sin problemas que las compañeras de trabajo de nuestro concubino le acomoden el sweater o le digan que está lindo. Incluso podemos llegar a comentar con alguna de ellas lo buenmozo que está, ahora que se dejó la barba, sin que esto nos acarree mayores conflictos territoriales.

¿Qué cosas aguantamos y cuáles nos sacan de quicio? Hay tantas respuestas como mujeres en el mundo.

Mi madre, por ejemplo, se transforma en el increíble Hulk si su pareja no le contesta el celular. Cada vez que esto sucede asume que él está en la cama con otra, y lo mismo le ocurre a mi amiga Ana, que no soporta ver nombres de mujeres en la lista de contactos del msn de su novio, aunque en realidad se trate de la hermana o la prima.

En mi caso, puedo pasar por alto la vez que mi concubino bailó el vals con una piba de escandaloso vestido rojo en un cumpleaños de quince y me dejó clavada en mi silla media hora; y reconozco que tampoco me importó que se juntara un viernes a la noche a comer con su grupo de amigas, compuesto por seis chicas de 1,70 y pantalón talle 34.

Pero hay algo que no soy capaz de tolerar.

El otro día estaba ordenando su basur… eeh… sus “papeles” y encontré un cd de mp3 con la siguiente leyenda: “Para que hablemos de buena música, besos, Jul”. ¿Quién carajo es Jul y por qué quiere hablar de música con MI chango? ¡Es el colmo de la atorrantez! ¡Eso y ponerle un pasacalles que diga “te quiero levantar” es exactamente lo mismo!” ¿O me equivoco?

Digo, me alcanza con citar cualquier película de los ‘80 en la que el galán le arme a su amada un compiladito en cassette con temas románticos, para dejar bien en claro que detrás de un regalo así sólo se esconden las más oscuras intenciones.

Desde ya que al chango le pareció una pavada. “Es un cd, qué tiene, no te entiendo, ¿no escuchás música vos?”, me contestó escueto, y remató: “Te cargué los discos que creo que te pueden gustar en el mp3″.
 
En fin… La línea entre lo que nos molesta y lo que dejamos pasar es delgadísima y depende de cada uno. Lo cierto es que a) la música prefiero bajármela yo misma -aunque me gusta cuando el chango me supervisa-, y b) cuando la agarre a “Jul” la ahorco con el pasacalles.

¿Cuántas veces hemos salido apuradas de casa con el cuidado de avisar que “te dejé comida en la heladera, bichi“, sólo para volver horas después y encontrar bolsas de papas fritas, envoltorios de alfajor y migas de galletita regados por el piso?

“¡No había nada!” nos dirán, indefectiblemente ante nuestra mirada atónita. Y es que no importa con cuánta paciencia expliquemos que dejamos una pata de pollo y dos papas y que lo único que tenía que hacer él era poner todo en una asadera y hornearlo: el de los hombres y la comida es un problema gestáltico.

Para un hombre, por ejemplo, “huevos+leche+jamón+queso” no es igual a omelette, de la misma manera que carne+huevo+pan rallado no implica pensar en milanesa.

Acaso la única excepción a la regla sea el querido sandwich. “Allí donde hay pan, hay esperanza”, parecen pensar los muchachos cada vez que les pica el estómago y no hay nadie cerca ni dinero para delivery.

Pero en mi casa no compramos pan, por lo tanto las opciones de mi concubino excluyen, al impúdico manjar y entonces suceden cosas como esta.

>> Las partes

El domingo a la noche se me ocurrió ir a cenar con mi amiga de la infancia, aún a sabiendas de que él no tenía plan y debería comer en casa. Sintiéndome culpable, bajé del freezer un paquete de acelga y piqué cebollas y morrones en cubos pequeñísimos, que coloqué en un recipiente en la heladera, justo al lado de una masa de tarta cuyo paquete tenía estampada la foto de una pascualina hermosa. Además, para estar segura de que entendiera el mensaje, había dejado la tartera de pirex sobre la mesada.

¿Se avivará con todo esto o debería dejarle una notita? Dudé un instante, pero finalmente decidí que él no es un niño, y que la foto de la pascualina seguro sería suficiente.

>> El todo

Alrededor de la medianoche, al volver a casa, descubrí lo ingenua que había sido. Sobre la mesada de la cocina había tres potecitos de yogur “regularizador” vacíos, un frasco de mermelada dietética abierto, al lado de un paquete de galletitas de salvado por la mitad. Un poco más allá logré divisar un pote de queso crema y cáscaras de manzana.

¿Qué era lo que me habías dejado para comer, mi amor?“, preguntó, confundido. “Como no sabía me comí todo, menos esa verdura congelada que no sé para qué era. ¡No había nada de cena!. Ah, y guardé esa fuentecita que dejaste tirada, ¡para que después no me digas que soy un enquilombado, eeeeeh!”.

Entendí todo. Ahora, cuando digo “te dejé comida en la heladera”, me refiero a que hay un táper con ravioles con tuco, listos para calentar en el microondas. Con el queso rallado ya puesto, claro.

Es bien sabido que cuando un hombre necesita algo no se lo procura por sí mismo: se queja. A los gritos, con llantos, con reproches, con miradas, como sea. Todo es válido para conseguir lo que quiere.

Con esta idea en mente, el chango viene haciendo puchero hace varias noches porque le duele el cuellito. Y yo, como soy capaz de cortarme una pierna con tal de que él no sufra, me paso horas cada noche haciéndole masajes con aceititos aromáticos relajantes hasta que la bestia se queda dormida y después paso cuarenta minutos sacándome el enchastre de las manos y la ropa.

Cansada de esta rutina que me de manos pegajosas y muñecas doloridas, decidí tomar el toro por las astas: el chango no se iba a contracturar nunca más en su vida.

>> Confía en mí, sé exactamente lo que hago

La clase de pilates está compuesta por un alumnado de lo más heterogéneo. Hay dos o tres chicas de colegio secundario más duras que una mesa, algunas viejas en pésimo estado y otras de las que creen que están buenas que charlan con cuatro señores mayores y un par de chicas jóvenes con cuerpos de bailarinas, que pasan al menos tres horas por día en el gimnasio.

Durante la primera media hora hacemos ejercicios del método pilates pero sin las camillas, y el tiempo restante lo dedicamos a hacer stretching, que es muy muy bueno para la postura y ayuda a relajarse después de un día difícil.

Tan renovada y fresquita me voy, que cuando llego a casa y lo escucho al chango repetir por enésima vez “estoy mareado, creo que es la cervical, me tira acá, ay ay…”, lo primero que quiero es traerlo de los pelos a la clase.

Finalmente, después de mucho -mucho- insistir cual ferviente evangelista con argumentos del tipo “No, no es de nena, van muchos hombres, ¡en serio!”, ayer a la noche logré convencerlo.

>> Dos…tres…y relajo al piso

Lo primero que le llamó la atención fueron, ooooobvio, las calzas celestes apretadísimas de la profesora. Yo me dí cuenta, ooooobvio, pero no dije nada porque estábamos ahí para que él relajara sus músculos y yo no tuviera que embadurnarme las manos con aceite de almendras al menos por esa noche.

Y al principio todo fue bien, pero después de los primeros quince minutos la inexperiencia y la extrema masculinidad del chango comenzaron a notarse.

El ejercicio consistía en mantener las piernas juntas y los brazos extendidos en cruz, y bajar el tronco hasta ponerlo perpendicular a las piernas, formando con la espalda un ángulo recto e intentando sacar la cola lo más posible. Demás está decir que el chango no entendió ni jota y casi se mata al intentar abrir los brazos y agacharse al mismo tiempo.

Inmediatamente, las calzas celestes de la profesora corrieron a su lado y ella intentó explicarle cómo “sacar bien la cola, como un gatito enojado“, haciéndolo ella misma para ejemplificar claramente.

Profesora:
Así. ¿Ves? sacando bieeeen la cola como hago yo, fijate. ¿Ves que es como un gatito enojado?.

Uno de los viejos le guiñó el ojo, cómplice, y otro le levantó el pulgar sonriente. En mi vida ví a nadie ponerse tan colorado y mirarme con tanto odio.

>> Siguiendo el ritmo

Uno de los detalles más indispensables de cualquier clase es la música. En las clases de fight-do, por ejemplo, las canciones son bien up y con efectos de sonido de piñas y golpes. En localizada, por otra parte, se suelen elegir clásicos de la música disco, mientras que mix dance es el paraíso del reggaeton.

En cambio en pilates las opciones son mucho más amplias. Cualquier cosa que tenga un piano, una guitarra acústica o una voz suave, sirve.

Tanto es así que la elección para anoche era un compiladito de lo que parecían ser éxitos del grunge en clave melódica, entonados por la chica con la voz más melosa de la historia.

Chango (con la colita en alto):
¿Qué es esto? ¡Bossa ‘n’ noventas!

Elena (con el baúl en alto):
¡Escuchá! ¡es Pearl Jam!

Chango:
¿Quién canta, una de American Idol?

Alumna-bailarina:
¿Les gusta la música? La traje yo. ¡Ojo que ahora viene uno de los Rejochilipeiper!

>> Estiramos bieeeeeen los bracitooos

Una vez superado el encontronazo inicial con el trasero de la profesora, y asimilada la música (La versión de ‘November rain’ era imperdible), continuamos con los ejercicios de estiramiento.

Honestamente el chango ya estaba bastannnnte emboladito pero lo llevó con dignidá, aunque su mayor alivio llegó cuando nos tocó por fin sentarnos en el piso.

Profesora:
Bieeen, chicos, me estiiiiro con los brazos bieeeen hacia el techo, como si quisiera tocarlo… y ahora voy al piso, que se estiren bien esas piernitas. Todotodotodotodo bieeen estirado…

Chango:
¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!

Profesora:
¿Estás bien, negri?

Chango:
¡No me puedo mover!

Profesora:
Uy, me parece que forzaste la cintura, a ver… ¿Te podés levantar?

Chango:
¡NO! ¡AU-AU-AU-AU-AU! ¡Me tira, me tira!!

Profesora:
¡Pobrecito! Ele, mejor llevalo a tu casa y hacele unos masajitos en la cintura con alguna cremita relajante y que descanse. No te preocupes, negri, mañana o pasado no te va a doler más. ¡La próxima vas a estar de diez! ¡Los veo el jueves, eh!

Así, mientras el PAMI completo se reía -seguramente se sentían como los de Cocoon-, me llevé a la bestia a rastras hasta nuestro nidito de amor.

>> El peor remedio

Acá lo tengo al chango, acostado boca abajo. El olor al ratisalil flex sólo es superado por el del aceite hediondo que estoy usando para masajearle la cintura y la espalda. Esta vez compré de caléndula, que favorece el sueño relajado.

La verdad que me siento un poco culpable, porque quise hacerle(me) un favor y en cambio terminó lesionado, lo que significa al menos una semana más de atenciones y tecitos en la cama. Ah, no, culpable no, gila nomás.

Eso sí, el cuello no le duele.

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