Los otros


Todos los martes, mi concubino me trae confites del local de Arcor de Corrientes y Uruguay y me hace completamente feliz. Y no sólo porque soy una gorda sin remedio, sino porque cada una de esas simples esferitas crocantes me transportan a los soleados tiempos de mi niñez.

Aunque anoche, mientras masticaba, recordé esta historia.

A la edad de once años, el rollizo Julio César lucía un plateado set de aparatos fijos, anteojos
y una catarata de puntos negros que le adornaban la nariz. Además, era pelirrojo y siempre tenía puestos unos shorcitos rojos incomprensibles, que no hacían juego ni con la remera de Batman ni con la del Hombre Araña, que eran las únicas que le conocía y por cierto le marcaban bastante las tetitas.

Nos habíamos conocido en diciembre en el kiosco de su papá, donde Julio César comía sin
parar caramelos masticables que se le pegaban a los aparatos y le adornaban la sonrisa.

Yo tenía nueve, y a los nueve no hay magia más grande que la que ofrece un kiosco, lleno de
colores y azúcares de todo tipo. Así que el flechazo fue instantáneo.

A Julio César lo volvía loco de amor la rapidez con que yo separaba los sugus según su sabor para luego comérmelos respetando un riguroso orden (primero, limón; segundo, frutilla; tercero, ananá; cuarto, naranja; quinto, manzana; último, menta), y a mí no había nada que me diera más placer que ayudarlo a acomodar los paquetes de chicles bazooka en los estantes. Además estaba buenísimo que Julio César me regalara golosinas lujosas todos los días, como esos chupetines rojos con un chicle en el centro, o los crocantes Milka Nussini.

Pasamos un verano maravilloso, rodeados de helados de palito y paquetes de chizitos. La verdad es que no hablábamos mucho, pero cada tarde era una fiesta en el kiosco del papá de Julio César, donde los sueños de los niños se hacían realidad.

Y acá viene lo difícil, porque nada es gratis en esta vida, y Julio César un día quiso cobrarse todos esos chocolates dándome un beso en la boca. Me gustaría decir que fue un beso maravilloso, teñido de la más dulce inocencia, y con gusto a bombón, pero no fue así.

Una tarde calurosa de fines de febrero, sorbíamos sin prisa sendos naranjús. Julio César apenas esperó a que yo soltara el mío para agarrarme la cara con sus manos pegajosas e intentar besarme. Digo intentar porque lo que me dio fue más bien un cabezazo violento y baboso, y nuestras bocas se chocaron con tal fuerza que, con sus aparatos plateados, Julio César me partió el labio.

Me largué a llorar con tanta fuerza que Julio César salió corriendo y desapareció de mi vida con toda la velocidad que le permitían sus piernas gorditas. Enseguida apareció su papá, con una bolsa de gomitas que intentó regalarme para que dejara de hacer berrinche. No las quise.

Con la boca todavía chorreando sangre y los ojos llenos de lágrimas, corrí a casa. Le dije a mi mamá que me había caído jugando en la calle.

Al dia siguiente cambié de kiosco, pero ya no fue lo mismo.

Fue una de las peores citas de mi vida. En realidad sé que me tocó lo que me merecía, por superficial.

Por haberle dado bola solamente porque me haría quedar bien frente a la más perra y envidiosa de mis amigas, que de hecho se puso celosísima y me odió por meses.

Él se parecía bastante a Orlando Bloom, así que es obvio que no le hice muchas preguntas antes de aceptarle la invitación a tomar un café. Además estaba mi amiga ahí y verla verde de bronca me volvio loca de placer. ¡No podía decir que no!

Me importó un pito que tuviera la voz chillona -tipo Susana Gimenez, una locura-, y que usara una remera de Ferrari con una gorra ídem. El pibe estaba buenísimo y ya.

Nos encontramos en un bar medianamente cerca de casa. Cuando llegué, él ya estaba ahí, y no se levantó para darme un beso. Cuando estaba corriendo la silla para sentarme, me miró con poco disimulo la cola, e hizo un gestito de desaprobación que noté al instante.

Me quedé igual. O sea, se parecía a Orlando Bloom. Me acuerdo que quise impresionarlo contándole que en ese momento estaba haciendo un programa de radio, y contestó que él radio no escuchaba. Ahí supe que se iría todo al demonio.

No sólo habló de sí mismo toda la tarde -cosa que me irritó muchísimo porque si hay algo que esencial en una cita es que te escuchen y piensen que sos adorable e ingeniosa- sino que era un mamerto world class.

>> Cito textual:

Elena
Che, ¿y vos que hacés de tu vida?
Orlando
Ahora nada, pero lo que quiero es casarme y tener hijos, viste…
Elena (Se parece a Orlando Bloom, quedo como una diosa en todos lados)
¿Cuántos años tenés?
Orlando
22, ya sé que estoy grande pero todavía no encontré a la chica ideal, viste, que le guste la familia… Todas quieren salir, están en la joda, viste, yo quiero encontrar a la madre de mis hijos, viste.

(¿Le recuerdo, lector, que era la segunda vez que lo veía? ¿viste?)

Elena
… aaaah… bueno, pero… ¿trabajás?
Orlando
No, estudié en el liceo militar ¿viste el liceo militar? … porque lo que a mí me encanta son los aviones. ¿No te encantan los aviones? A mí me encantan; poder estar en contacto con aviones fue lo mejor que me pasó en la vida, te lo juro.
Elena (Orlando Bluff)
….
Orlando
…No, bueno, y los autos. Los autos son mi verdadera pasión. Están primero que todo, primero que mis amigos, primero que mi vieja, primero que todo, son lo que más me gusta en la vida, viste.
Elena (¡Dios!)
Ah… sabés que yo había sacado el regist…
Orlando
Porque el auto es tu compañero, ¿entendés? No sabés qué increíble, la semana pasada me compré un control que va enganchado al volante para controlar el volumen del stereo desde ahí, ¡sin tener que usar los botones del stereo! Es que a mí me gusta ir escuchando a todo lo que da, le puse una potencia, no sabés los bajos que tiene, te retumba todo,viste…
Elena (Si tiene auto me puede llevar al Tigre a comprar canastos)
Che y volviendo a los aviones, debés haber viajado much…
Orlando
¡Siiií! siempre voy a la costa, con mis viejos, viste, ¡todos los veranos! En el auto, los llevo con el auto, te meto Buenos Aires-Mar del Plata en dos hora’ y cuarto, viste.
Elena (El tren a Tigre está bastante bien, igual)
Uy, me tengo que ir, es tardísimo…
Orlando
Te llevo, pero rápido porque me esperan en casa, mi viejo necesita el auto.
Elena
Nodejágraciasvoycaminandonosvemossuertehablamoschau
Orlando (chequeando las tacitas de café):
Ah, esperá, lo tuyo son 4,30…

En fin…¿Quién no ha tenido al menos una cita-fiasco? Lo único que esta experiencia me dejó como enseñanza es que es mejor viajar en colectivo o comprarme mi propia catramina y no vender mi alma a cualquier gilastro con movilidad propia.

>> Por qué el chango es mejor:

El chango no se parece a Orlando Bloom, ni tiene auto, ni maneja, ni entiende un pomo de vehículos, entonces me habla de otras cosas como películas, programas de televisión de los ‘80 y libros de César Aira. Cree, efectivamente, que soy adorable e ingeniosa y mira toda mi anatomía con amor. ¿Qué más se puede pedir?

Demás está decir que a mi amiga le dije que había sido la mejor tarde de mi vida y que de ahí habíamos corrido a matarnos a un telo y que Orlando estaba dotadísimo y estudiaba astronomía, había publicado varios papers y en su tiempo libre… era piloto.

Ilustración by Sandra
** Ilustración by Sandra

Ok, es cierto que mi concubino ronca y gusta de Cristina Kirchner. Pero aún así, es el mejor de todos los hombres de mi vida.

Por ejemplo, es muchísimo mejor que S.R.

S.R. fue mi primer novio, y me gustaba porque hablaba bien inglés y se hacía los claritos. Sí, cuando somos chicas nos gustan muchachos por las razones más estúpidas.

1-
El sueño de S.R. era irse a vivir a Miami con su hermano, que ya estaba allá vendiendo cds vírgenes y otros insumos de computación, y hablaba de la gran vida que tendría en el exterior (Miami) mientras se comía un pancho con mayonesa en el recreo de las 9:15.

A mí se me caían las medias.

2-
El rasgo distintivo de S.R. era que mentía compulsivamente. Un día me acuerdo que me dijo que había escrito una canción y me mostró el siguiente verso garabateado en un papel de fiambrería:

“And I miss you, yeah, like the deserts miss the rain”.

Elena
Ehm… ¿Esa no es la cortina de los desfiles de Giordano?
S.R. (ofendido)
No, no, no tiene nada que ver, este tema lo escribí yo.
Elena
Sin embargo me parece que es la canción que pasan en la publicidad del desfile de Giordano…
S.R. (ofendidísimo)
¿Me estás llamando mentiroso? Si no confiás en mí no podemos ser novios.

3-
Ahora todas tienen fotolog, pero por esos años yo llevaba un diario escrito en segunda persona, íntegramente dirigido a él, en el que contaba hasta el último detalle de nuestras conversaciones, a saber:

“13 de agosto de 1997: Hoy nos cruzamos en el recreo y vos tenías puesta una bufanda azul que te quedaba re linda, porque sos re lindo y hermoso. Me dijiste “Hola, che. ¿Todo bien?” y no me gustó que me dijeras “che” en vez de Elena, porque antes me decías Elena, y “che” significa que no tenemos confianza. Además lo dijiste en un tono distante y me pareció que no querías que te saludara porque estabas con tus amigos. Aunque creo que me guiñaste el ojo, y eso significa complicidad, aunque no estoy segura. Me encanta que uses el jean roto, pero no me gusta que seas tan amigo de Paula”.

Paula era el gran amor de S.R. y mi mayor pesadilla: era rubia, iba a natación y tenía el mejor promedio del colegio. Al principio éramos amigas, pero después nos distanciamos porque yo la odiaba y no soportara que S.R. muriera de amor por ella.

4-
El desenlace de mi tórrido romance con S.R. es por demás predecible. Después de haberme manoseado a gusto y piacere decidió pastar en los campos de la atorranta Paula, dejándome sola y adolescente.

Ese verano se fue a vivir a Miami y no supe nada de él por mucho tiempo.

5-
Hace unos años lo ví. Estaba de paso en Buenos Aires, y tenía puesto un saco azul marino con unos enormes botones dorados. Me pidió disculpas por “lo que me había hecho cuando éramos pendejos”, pero yo le quité importancia diciendo que ni me acordaba.

Seguía vendiendo cds con el hermano y dijo que a él no le interesaba el medio ambiente porque “tenía la suficiente plata como para no tener que preocuparse por el tema”.

Me tiró onda y yo me dí el gusto de decirle que no.

6-
Conclusión:
Roncador le gana a capitalista mentiroso enemigo del planeta.

Chango: 1
Los otros: 0