Junio 18, 2008
Todos los martes, mi concubino me trae confites del local de Arcor de Corrientes y Uruguay y me hace completamente feliz. Y no sólo porque soy una gorda sin remedio, sino porque cada una de esas simples esferitas crocantes me transportan a los soleados tiempos de mi niñez.
Aunque anoche, mientras masticaba, recordé esta historia.
A la edad de once años, el rollizo Julio César lucía un plateado set de aparatos fijos, anteojos
y una catarata de puntos negros que le adornaban la nariz. Además, era pelirrojo y siempre tenía puestos unos shorcitos rojos incomprensibles, que no hacían juego ni con la remera de Batman ni con la del Hombre Araña, que eran las únicas que le conocía y por cierto le marcaban bastante las tetitas.
Nos habíamos conocido en diciembre en el kiosco de su papá, donde Julio César comía sin
parar caramelos masticables que se le pegaban a los aparatos y le adornaban la sonrisa.
Yo tenía nueve, y a los nueve no hay magia más grande que la que ofrece un kiosco, lleno de
colores y azúcares de todo tipo. Así que el flechazo fue instantáneo.
A Julio César lo volvía loco de amor la rapidez con que yo separaba los sugus según su sabor para luego comérmelos respetando un riguroso orden (primero, limón; segundo, frutilla; tercero, ananá; cuarto, naranja; quinto, manzana; último, menta), y a mí no había nada que me diera más placer que ayudarlo a acomodar los paquetes de chicles bazooka en los estantes. Además estaba buenísimo que Julio César me regalara golosinas lujosas todos los días, como esos chupetines rojos con un chicle en el centro, o los crocantes Milka Nussini.
Pasamos un verano maravilloso, rodeados de helados de palito y paquetes de chizitos. La verdad es que no hablábamos mucho, pero cada tarde era una fiesta en el kiosco del papá de Julio César, donde los sueños de los niños se hacían realidad.
Y acá viene lo difícil, porque nada es gratis en esta vida, y Julio César un día quiso cobrarse todos esos chocolates dándome un beso en la boca. Me gustaría decir que fue un beso maravilloso, teñido de la más dulce inocencia, y con gusto a bombón, pero no fue así.
Una tarde calurosa de fines de febrero, sorbíamos sin prisa sendos naranjús. Julio César apenas esperó a que yo soltara el mío para agarrarme la cara con sus manos pegajosas e intentar besarme. Digo intentar porque lo que me dio fue más bien un cabezazo violento y baboso, y nuestras bocas se chocaron con tal fuerza que, con sus aparatos plateados, Julio César me partió el labio.
Me largué a llorar con tanta fuerza que Julio César salió corriendo y desapareció de mi vida con toda la velocidad que le permitían sus piernas gorditas. Enseguida apareció su papá, con una bolsa de gomitas que intentó regalarme para que dejara de hacer berrinche. No las quise.
Con la boca todavía chorreando sangre y los ojos llenos de lágrimas, corrí a casa. Le dije a mi mamá que me había caído jugando en la calle.
Al dia siguiente cambié de kiosco, pero ya no fue lo mismo.
