Nidito de amor


Por alguna razón que desconozco, mi concubino necesita que su despertador suene exactamente una hora antes de cuando debe levantarse. Al parecer, su cerebro necesita sesenta minutos completos

para comprender que debe salir de la cama para comenzar su día, y esto estaría relacionado con el hecho de que su sueño es pesado, pesadísimo, tan, tan profundo que ni siquiera el sonido infernal de sus propios ronquidos logra arrancarlo de los cálidos brazos de Morfeo.

Yo, muy por el contrario, duermo pésimo. Descanso poco, me despierto al menos cuatro veces por noche, doy vueltas, me cuesta conciliar el sueño, tengo frío y después calor y después frío, me pongo las medias, me las saco, y me las vuelvo a poner.

La combinación es desastrosa. Cada noche es un infierno que sólo puedo soportar cuando siento el calorcito del chango y lo abrazo y lo huelo; aunque ese momento de felicidad termina cuando él se
duerme y comienza a hacer los más atroces sonidos.

¿Cómo dormirme al lado de esa masa ahora inerte y siempre ensordecedora? ¿Cómo hacer caso omiso de esa gama variadísima de ronquidos que nunca, nunca se detiene?

Todo empieza con el soplidito. Su respiración se hace más profunda hasta convertirse en un leve ronquido, rítmico y pausado. A los quince minutos el volumen se acrecienta, los sonidos son más erráticos y comienzan las apneas. Yo intento relajarme, e imagino que este batifondo que normalmente me llevaría a la locura no es otra cosa que el sedante sonido del mar. Las olas me relajarán, pienso, y lograré el ansiado descanso.

Pero ahí es cuando él se da vuelta y me pega un codazo en la cara. Me muerdo el labio, que comienza a sangrarme. Me levanto para ir al baño, mientras él farfulla algo que no logro comprender, pero suena como “hmmmcamacalentitalacolitalindaveníGRGGGCCHHHHHFFFFFFFF”.

Vuelvo a la cama. Él ahora ocupa 3/4 del colcón y está envuelto en casi la totalidad de las sábanas y las frazadas. Me acomodo como puedo y siempre en posición fetal porque tengo traumas.

El ruido es ya insoportable, y por momentos, cuando empiezo a cabecear, me despierto sobresaltada con un ronquido que sobrepasa el máximo nivel tolerable de decibeles.

La concha de tu madre, pienso, iracunda. Prendo la tele. Son las dos y media de la mañana y aún así no hay una mierda para ver. Me engancho con un programa sobre el sistema de cloacas de París (que reproduce el sistema de calles de esa ciudad, y en base al cual se realizó el trazado de la línea de subterráneos), pero él me patea porque lo molesta el resplandor de la pantalla.

Así que apago y vuelvo a ir al baño, no sin antes implorar por lo bajo “Dejá de roncar o me mato, por el amor de Dios“, a lo que me contesta, dormido: “hmphbuuuuu, qué querés que haga“.

Me sirvo un vaso de agua y vuelvo a acostarme, para finalmente caer rendida a las 3:40 a.m.

A las 5 suena el despertador. Suena. Sigue sonando. No llego a apagarlo, porque está de su lado de la cama. Suena. Pipipipí, pipipipí, pipipií, me enloquece. Él lo apaga pero me dice que seguirá de largo hasta las 6.

Y así empiezo el día, porque ni bien escucho la alarma sé que no voy a poder seguir durmiendo por más que lo intente. Mientras él descansa plácidamente, me levanto y pongo la pava.

Tengo una hora entera para desayunar.

No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?

Si al menos uno de los miembros de una pareja es capaz de mantener un mínimo orden, la casa que compartirán tiene salvación. Por más esordenado, torpe y desprolijo que sea el otro, el ordenado irá juntando detrás las porquerías, y logrará dar una ilusión de pulcritud al hogar.

Pero este no es mi caso, como bien saben los lectores.

Cómo describir nuestro departamento… Para empezar, tenemos una en contra, que es que la cocina está integrada al living; es decir que cada frasco, cada plato, cada taza sucia queda perfectamente a la vista de quien se atreva a cruzar la puerta de entrada.

Luego los ojos del visitante se posan en la mesa, que rebalsa de carpetas, facturas para pagar, llaves, los teléfonos celulares, las agendas, apuntes y catálogos de falabella o farmacity, que colecciono compulsivamente.

Un poco más allá, pilas de diarios y revistas viejas, junto a algún calzado que quedó de la noche, medias (limpias y sucias) los abrigos sobre el sillón y biromes, pincitas de depilar, audífonos del reproductor de mp3, volantes de deliveries y cientos de miles de púas de guitarra.

A simple vista, este comportamiento patológico parecería condenarnos a vivir tapados de papeles, diarios viejos y todo tipo de cachivaches. Aún así, anoche al chango le agarró un ataque de responsabilidad.

Chango:
Mami, no se puede vivir así, está todo tirado… ¡Somos unos quilomberos!
Elena:
Buen boludo, hago lo que puedo, ¡Qué querés, si vos dejás cosas por todos lados y yo a duras penas puedo con lo mío!
Chango:
PfFFFFffff pero así no se puede, viejo, mirá, mirá. ¿Qué son todas estas cositas? ¿Broches en la cocina? ¿La yerba sin guardar? Hay cacharros por todos lados.
Elena:
Perdoname, pero TODO lo que hay sobre la mesa es TUYO, y tenés todo el escritorio para vos, que también es un quilombo.
Chango:
Y la casa está llena de espacio mal aprovechado.
Elena:
Si, claro, bueno, es fácil quejarse cuando tenemos tres guitarras, un órgano y un bombo tirados en el living. ¿Y de quién es esa campera? ¿Y ese bolso?
Chango:
¿Y esas bufandas? ¿Y esas zapatillas?
Elena:
Eh… las zapatillas son tuyas.
Chango:
Se acabó, hay que ordenar.

Acto seguido se puso a juntar papeles, bufando como un loco, yendo y viniendo desaforado, mientras yo me encargaba de la mundana tarea de juntar la mesa, lavar los platos y repasar la cocina.

Nos fuimos a dormir tardísimo, agotados y sin hablar. Somos unos cerdos, pensé justo antes de cerrar los ojos. Pero hoy a la mañana, debo decir, la vista era muy agradable.

Inmaculada, la mesa del comedor nos saludó con su vidrio mimado con Mr. Músculo Multiacción, y la cocina, limpísima, me invitó a hacer un buen desayuno, balanceado, con frutas y cereales.

Después de preparar todo, me acerqué al tacho de basura con las cáscaras en la mano, y apreté el pedalito con el pie para levantar la tapa. Dios mío.

Ahí, entre saquitos de té usados y cáscaras de frutas estaba todo el sueldo del chango, en dos pequeños fajos de lindísimos billetes lilas.

Elena:
Amor… ¿Vos tiraste plata a la basura?
Chango:
¿De qué hablás?
Elena (mostrándole la plata sucia):
De esto. ¡Estaba en la basura! ¿Estás loco?
Chango:
Boludamesalvastelavida….
Elena:
Sos un descuidado, pa, lo debés haber tirado sin querer ayer, con todos los papeles… tenés que fijarte mejor. ¡Mirá si yo hoy sacaba la bolsa sin mirarla!
Chango:
Tenés razón, soy un desastre… ¡Qué peligro! ¡Nunca más me pongo a ordenar!

Y todo volvió a la normalidad.

Sábado. 8:40 am.

1- El chango dice “te hago el desayuno”.

2- Agarra el sachet de yogur que ya estaba colocado en su correspondiente jarrita.

3- En vez de cortar la punta del sachet del lado contrario a la manija, hace un agujero bien grande justo al lado de la susodicha.

4- Se prepara para servir el yogur en los bols.

5- Se aviva de que no es cómodo si el agujero del sachet está del lado de la manija de la jarrita.

6- Intenta sacar el sachet.

7- Agarra el sachet de abajo y aprieta.

8- Se le vuelca absolutamente todo en las manos, sobre la mesada y en el buzo.

9- Sin decir una palabra comienza a pasar el trapito.

** Ilustración by Sandra.

Con una mano en el corazón, yo pensaba que el chango se adaptaría a un estilo de vida civilizado -el mío-, y que con el tiempo ambos estaríamos perfectamente sincronizados para llevar adelante un hogar inmaculado, respetando todas las reglas que a mí se me antojara imponer.

Según mis planes, los días transcurrirían suaves y perfumados en la calma bucólica de nuestro departamento suburbano, donde la factura del teléfono nunca se vence y la basura jamás larga olor. Él aprendería a elegir las ofertas en el chino, y yo dejaría de exigirle frenéticamente que no deje la remera en el piso del baño que acabo de limpiar con lavandina porque él se daría cuenta solo.

Pero hace unas semanas que parece estar sucediendo justo lo contrario.

>> Moni Argento (O Peggy Bundy, bueno)

Hay algunas “cositas” que hago ahora sin darme cuenta, que en otros tiempos me habrían parecido espantosamente paleolíticas, propias de un mamut peludo y bruto.

Basta con echar una breve mirada a mi lado de la cama para comprobar que no exagero. Hay una banquetita roja…bah, creo que es roja porque ya no se ve un milímetro de caño, cubierta por una masa informe de ropa hecha un bollo gigante, que se termina derramando por el piso, mezclándose con al menos cinco pares de zapatos diseminados aleatoriamente. Sobre mi mesa de luz hay bolsas, una guía T, un diario de noviembre 2007, pañuelitos de papel usados, un espejo y una pincita de depilar, una crema de manos llena de pelusa y un perfume para la ropa.

Haga lo que haga, ese sector escapa toda limpieza. Pasan las semanas y la ropa se sigue juntando hasta que decido lavarla, sin fijarme siquiera de qué prendas se trata o si me conviene meterlas todas en una sola tanda.

Sin ir más lejos, mientras escribo esto me sirvo el café directamente en la taza que dejé anoche para lavar, porque total ya estaba seca.

Y eso no es lo peor. El otro día me sorprendí a mí misma tomando gaseosa del pico al lado de la heladera, para bajar unos bizcochitos que me había comido… en la cama, leyendo el diario que había salido a comprar con el mismo jogging que uso para dormir.

¿Me estaré mimetizando con el monstruo derramador de café y fabricador de migas con el que vivo? ¡Encima ahora él me reta a mí!

>> El otro lado de la tortilla

Anoche llamó desde la cocina, entre sorprendido y enojado pero 100% serio:

“Mirá, tengo que hablar con vos. Todo bien con que no cocines todos los días y que no me planches las camisas pero estás de vacaciones y tenés toda la ropa tirada… ¿vos viste lo que es tu lado de la cama? Y no es sólo eso, dejás la ropa tirada por toda la casa, esto es un quilombo… están tus platos de ayer al mediodía sin lavar y vos ya sabés que si dejás los platos sin lavar de noche viene la cuca, y hay papelitos con mocos en todos lados ¡No podemos vivir en un chiquero! O sea, yo no puedo hacer todo ¿entendés?… el sábado pasado cociné y ayer limpié el baño… ¿vos que hiciste? Y por favor sacate mi remera de la Selección.”

Supongo que le podría haber contestado que es un irrespetuoso y que hice de todo como lo vengo haciendo desde que él vino a complicarme la existencia con sus hábitos higiénicos y alimentarios, pero lo cierto es que efectivamente hay carilinas mocosas en todos los ambientes de la casa.

>> Shrek y Fiona

Analizando esta situacion, me parece que el chango y yo somos como Shrek y Fiona. Shrek sabemos de movida que es un ogro oloriento de buen corazón, pero de Fiona creemos que es una princesita delicada hasta que finalmente descubrimos su verdadera identidad: ella también es una ogra olorienta de buen corazón.

¿Qué hago? ¿Me entrego a la mugre o vuelvo a poner los pies sobre la tierra -literalmente, la tierra, hace 20 días que no barremos- y empiezo a poner mi vida hogareña en orden nuevamente? ¿Y si mejor uso el laburo como excusa para no hacer nada más? ¿Puedo permitir que él me llame la atención a mí o es un chango caradura? ¿Le lavo las chombas o mejor me concentro en desenmarañar mi propio caos primero? ¿Soy, al final de cuentas, igual que él? ¿Y por qué me siento culpable? ¿Soy machista si me siento culpable?

Lo único que me consuela es que hoy a las 6 a.m. me despertó nerviosísimo porque no encontraba su DNI ni su tarjeta de crédito. Buscamos hasta las 7 pero no tuvimos suerte. Hace 10 minutos me mandó un mensaje diciéndome que tenía todo en el bolso.

Una persona que pierde su DNI siempre será más Shrek que yo… aunque últimamente yo guardo el mío en una bandeja de plástico de rotisería arriba del televisor…

¡Socorro!

Las dos cosas que más le gustan a cualquier hombre, además del sexo y la televisión, son comer y dormir.

No me importa que me acusen de simplista. Así como los bebés lloran de hambre o de sueño, los hombres experimentan un terrible disconfort si se ven privados del descanso o la comida.

Mi papá, por ejemplo, no cambia por nada del mundo su ritual de comer tostados en la cama mientras mira History Channel hasta quedarse dormido con el plato sobre la panza y la barba llena de migas. Mi abuelo, en cambio, no podía mantenerse en pie sin cuarenta minutos de siesta diarios. Y ni hablar de mi tío, que aun hoy se levanta las diez de la mañana. Mis amigotes, por su parte, organizan asados y encuentros con pizzas y bolsas de papas fritas una vez por semana, mientras que mi hermano se desespera por los alfajores de nuez que le trae su novia de Mar del Plata.

Como no podía ser de otra manera, mi concubino combina todos esos vicios. Y cuando digo combina quiero decir que los experimenta todos juntos, miren si no lo que pasó una noche de la semana pasada:

>> Martes - 20:00

El chango se queda dormido después de chanchear. Como no sé cuándo se va a despertar y no quiero ponerlo de mal humor, me visto y aprovecho para adelantar algunos trabajos y ordenar un poco la casa.

>> Martes - 20:45

El chango se despierta y grita desde la pieza:

Chango:
¿Está la comidaaaa?
Elena:
No, mi amor, estabas durmiendo. ¿Para qué iba a hacer la comida si no sabía si ibas a querer comer?
Chango (chinchudo)
¡Pero tengo hambre! ¡Quiero comer AHORA!
Elena:
Ay, bueno, bueno…¡YA preparo algo!

>> Martes: 20:47

Improviso con unas milanesas del freezer, un puré instantáneo y unos tomates con orégano, al ritmo de los ronquidos del chango, que se ha vuelto a dormir.

>> Martes: 21:20

Con la comida en la mesa, me acerco a la cama y, suavemente, le toco el hombro:

Elena (en delicado susurro):
Amorcito…
Chango (en violento sobresalto):
¿QUÉ? ¿QUÉ PASA?
Elena:
Nada… está la comida…
Chango (irritado):
¿No ves que estoy durmiendo? ¡Por favor! ¡No ves que estoy DESCOMPUESTO DE SUEÑO!

Quisiera contar que le revoleé las milangas por la cabeza al grito de “me tenés harta, salvaje”, pero en cambio puse todo en una bandejita y se lo llevé a la cama.

Perdón, feministas del mundo…

Ganarle a la rutina es un desafío que estoy dispuesta a superar. Sé que el jogging y el piyama son los enemigos del romance, así que decido no volver a caer en las garras del suave algodón.

Mi misión: recuperar la fogosidad perdida.

Día 1:

Llego a casa a las 11 de la noche. El chango mira la tele en la cama.

Me grita desde el cuarto que prepare algo de comer así cenamos acostados porque está muerto. También necesita unos masajes en la espalda.

Los stilettos que había preparado para jugar quedarán para alguna otra oportunidad, total la semana recién comienza.

Día 2:

No vuelvo tan tarde del gimnasio, así que me baño enseguida y me exfolio las piernas con un gel de mango y manzanilla. Miro con desdén a las chancletas de toalla y en cambio me decido por unas ojotas plateadas y una camisita de gasa blanca, bastante transparente.

Tengo tiempo hasta que llegue mi concubino decido hacer una cena especial: costillitas de cerdo con batatas al horno y salsa de mostaza.

Estoy concentrada en las costillitas y descuido las batatas, que empiezan a chamuscarse. Trato de sacarlas lo más rápido posible y con la asadera golpeo el mango de la cacerola donde se calienta la salsa, que me cae íntegra sobre la camisa.

Grito de dolor mientras vuelan los carboncitos ex-batatas por el aire. Dejo todo en el piso porque me quemo viva y la camisa me salió 80 pesos.

Refriego como loca en la pileta de la cocina para sacar la mancha amarilla de la gasa finísima. Levanto la cabeza y lo veo a Él parado en la puerta, muriéndose de risa.

Pedimos una pizza.

Día 3

La adversidad no me va a ganar. Los stilettos me siguen esperando, y mi conjuntito de lencería nuevo también.

Me perfumo “donde quiero que me bese” y lo espero.

Suena el teléfono: “Amor, como por ahí con los chicos y voy para casa. Voy a llegar tarde así que no me esperes“.

Miro por la ventana, resignada. Me parece ver dibujado en las estrellas el mensaje “siga participando“.

Día 4

Está un poco fresco para andar semidesnuda, así que me dejo la ropa de calle. Pero vuelvo a la carga con los stilettos. Hace mucho que no los uso. Creo que me los puse alguna vez para una fiesta y quedaron ahí juntando polvo hasta esta semana. Con ellos mido un metro setenta y mis piernas tienen un largo saludable. No me siento un tapón de océano, sino una mujer sensual, alta, flaquísima, deseable.

Me duelen los pies como si me los estuvieran golpeando con un martillo, pero no me importa, soy la más diosa.

Cuando llega lo abrazo y lo beso con pasión. Me mira de arriba abajo con lujuria y cuando pienso que me va a decir la guarangada mas sexual del mundo lo que sale de su boca es:

¿Y esos zapatos? ¡Atrasan mil años!

Día 5

Ni piyama, ni stilettos, ni costillitas ni camisa transparente ni una mierda.

Lo espero desnuda.

Esta noche habrá sexo así sea lo último que haga.

Si hay algo que sé valorar en otra persona son sus buenas intenciones.

Como cuando mi viejo me regaló una remera amarilla para una navidad y yo me puse contenta, porque por fin había elegido él un regalo.

O como cuando mi abuela me cocinó filet de merluza porque pensó que yo no comía pescado porque no sabía prepararlo, y yo le dije que estaba riquísimo (puajjj).

Y cuando mi amiga del alma me presentó al estudiante de derecho fan de JAF que siempre tenía puesto un buzo de Harvard convencidísima de que seríamos compatibles, también supe agradecer, porque cada esfuerzo es una demostración de cariño.

La semana pasada armé un escándalo brutal porque el chango nunca hace nada y yo estoy hasta la coronilla de lavar carga tras carga de ropa que no es mía, y planchar prendas ajenas todo el fin de semana. Creo que si lo que queremos es un proyecto en común, tenemos que repartirnos las tareas más equitativamente, porque yo no puedo ser una esclava fregona toda la vida, recuerdo haberle gritado con lágrimas en los ojos.

Si debo ser 100% honesta, admito que jamás pensé que ese pedido desperado fuera a tener algún tipo de consecuencia en mi vida diaria, pero me llevé una sorpresita.

Ayer entro a casa y siento algo frío en los pies. Es agua. Enciendo la luz, sigo caminando y compruebo que no es un simple charquito, sino que la catástrofe cubre la mitad del living y llega hasta los sillones, que ya están empapados en su base.

No lo puedo creer. El causante de la inundación casera es el tender colocado a un costado, al lado de la biblioteca. De él cuelgan siete toallones pesadísimos, que vencen sus frágiles hileras, tocando el piso. Allí se originan los litros y litros que arruinan mi piso y mis muebles. No atino a articular sonido.

Él (orgulloso, desde el escritorio)
¡Amorrrrr holaaaa! ¿No me decís nadaaaaa?

Elena (en el abismo)
… hola…. eh… ¿vos… lavaste?

Él (feliz)
¡Sí! ¡Todas las toallas, que vos siempre decís que hay que lavar!!!! ¿No me felicitás?

Elena
Pero… ¿centrifugaste?

Él
Ah, no… ¿qué es centrifugar? Yo puse para lavar…

Elena
Es para que no quede la ropa tan mojada…está bien y….¿Por qué colgaste en el living?

Él
Aaah ¿viste que inteligente que soooy? Por si llueve, porque ví algunas nubes. ¡Felicitame, hice todo bien!

En ese momento no supe si agarrar uno de los toallones mojados, enroscarlo y pegarle cien nalgadas para que aprenda de una vez por todas a usar el lavarropas que tenemos hace un año; o reconocer el empeño que había puesto, no sólo en recrear una de las tareas que su concubina realiza diariamente, sino en escuchar su reclamo y hacer algo al respecto.

Respiré hondo y agarré el trapo y el secador. Pasito a pasito, me dije, pasito a pasito.

Elena
¡Te felicito mi amor, sos todo un amo de casa!

El sábado es un día agitado en la vida de Elena.

Antes, cuando era sola, me la pasaba mirando vidrieras y charloteando como un loro fuera de control con alguna amiga -también sola- que disfrutara de sacarle el cuero a la gente tanto como yo. Tomaba frapuccino, leía revistas femeninas y fantaseaba con la depilación láser.

Pero ahora todo es diferente. Una mujer concubinada tiene obligaciones: Hay que cambiar las sábanas porque él babea un poco la almohada y a veces deja aureolita, lavar toallas y toallones, barrer y pasar el trapo, desengrasar la cocina, desinfectar -sí, desinfectar- el baño, lavar ropa y planchar lo que me voy a poner en la semana…

Todo esto antes del mediodía, porque después me pasa a buscar mi madre para hacer los mandados.

Juntas, cada semana hacemos 45 minutos de cola en una verdulería baratísima que le vende a los restoranes de la zona, y después vamos a distintos supermercados de descuento o de origen oriental, para aprovechar todas las ofertas.

El chango ingrato, mientras, pasa las horas descansando porque trabajó mucho durante la semana. Claro, yo no tengo tres laburos yun hombre que atender. ¡Yo sí que tengo tiempo para hacer las cosas de la casa!

(El sábado, además de ser un día agitado en la vida de Elena, es un día en el que Elena resiente profundamente al vago dormilón que vino a destruir todos sus sueños de profesional cool y la convirtió en una loca histérica que lleva a los porrazos el oficio de ama de casa.)

Y ayer fue especialmente intenso. Venía de descansar poco y mal, la verdulería era un caos y mi mamá se peleó con una vieja que quería colarse. Creo que sus palabras exactas fueron “No te hagás la viva, vieja delincuenta y hacé la cola como todos”.

Una hora y media después hice una primer escala en casa para dejar la bolsa y agarrar la Visa Electrón que me había olvidado al lado del teléfono. El Señor dormía plácidamente, pero con el ruido se despertó y tuvo un gesto solidario:

“Yo guardo todo lo de la verdulería, mi amor, no te preocupes, andá tranquila”, gritó desde el cuarto, y entonces yo me fui relativamente tranquila.

La tarde fue infernal. En el primer supermercado no había nada, pero el pan lactal y los quesos están a muy buen precio ahí, entonces tuve que hacer una compra. Me atendió la cajera que el otro día me cobró dos veces las bolsas y me volví loca, pero no dije nada.

En el segundo supermercado tampoco había nada, y tuve que adquirir masa de tarta marca “La Nonna”. Esperé 20 minutos para pagar porque tenían problemas con la maquinita de la tarjeta de débito. La gente se agolpaba en la caja y decía pestes de mí por lo bajo. Qué me importa, soretes, vayan a Jumbo si no quieren contratiempos, y paguen 10 pesos por un frasco de mermelada.

Finalmente en el tercer supermercado compré lo que me había olvidado en el segundo: cereales y yogurcito para el desayuno de Él, porque sino compra alfajor y cepita de manzana en el kiosco. Y un paquete de Jorgito Mousse porque ya me había puesto muy nerviosa.

Eran las siete y media cuando pude hacer una segunda parada en casa para dejar las cosas de heladera antes de irme a lo de mi abuela. Ah, porque mi madre es muy cocorita con las viejas ignotas, pero no puede enfrentar a mi abuela que siempre le dice que está gorda, mal vestida y despeinada, así que yo la acompaño todas las semanas. Es una tortura de proporciones épicas. Típico de mi sábado.

Como adivinará el lector, abrí la puerta y la bolsa de verdura estaba sobre el mármol, intacta. El príncipe ya se había ido a la reunión semanal con sus amigotes. La cama había quedado deshecha y la coca destapada y afuera de la heladera.

Había una chocolina en el piso, un poco pisoteada.

Desquiciada, con la sangre hirviéndome de ira, alcancé a teclear un sms:

“Menos mal que guardabas vos lo de la verdulería eh… dejame adivinar, ¿te quedaste dormido y tuviste que salir corriendo?”

Y acá viene la sorpresa, porque a los dos minutos me llama al celular y me dice, contento “Ay, ¡Hola mi amor! Disculpame que no guardé las cosas, bah, es que en realidad las estaba guardando pero ví que ya había verduras en la heladera y me agarró la duda, y pensé que por ahí lo de la bolsa era lo de tu mamá, y como no quería que me cagaras a pedos por haber mezclado todo, lo saqué de la heladera y lo volví a poner en la bolsa, ¿me perdonás?”

Lo odio, siempre queda bien.

Hoy el chango tiene premio.

Estoy por hacer una ensalada. Como plato único, no para acompañar un bife, como quisiera él porque “ensalada no es comida, es guarnición y para eso prefiero papa“.

Saco de la alacena un bol de cuando mi mamá era soltera y lo dejo apoyado en la mesada un instante mientras corto los tomates.

Cuando vuelvo a agarrarlo veo un bicho horrible, gigante horrible, horrible amenazándome desde adentro y, con el bol todavía en la mano y presa de un pánico irracional, salgo disparada a la pieza, donde él habla por teléfono en calzoncillo.

Elena:
¡Chango mirá este bicho horrendo por DIOS SACALO del bol!!!
Chango:
(al teléfono) …a ver, esperá que Elena está gritando… (A mí) Ay mi amor, por favor, es un grillo. ¡No te va a hacer nada! (Al teléfono) Pffft, nada, Elena, haciendo un escándalo por un bichito, ahora te llamo(click).
Elena:
Bueno pero ¡SACALO!
Chango:
No seas maricona, querés, sacalo vos al balcón y que se vaya tranquilo, ¡no seas nena!
Elena:

(En silencio, deposito el bol con el monstruo sobre la cama, justo a su lado)

Chango:
¡¡¡¡AAAAAHHH!!! ¡¡¡NONONOSACALO QUE VA A SALTAR EN LA CAMA LLEVÁTELO LLEVATELO!!!! ¡¡AL BALCÓN TE DIJE, AL BALCÓN!!!

Conclusión: Él es nena.
Conclusión 2: Necesito otro bol. Ese quedó en el balcón.
Aclaración: Ni idea qué pasó con el grillo

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