Reflexiones y confesiones


Los escépticos, resentidos y comunicadores sociales como yo sabemos bien que el amor es una construcción cultural, como la idea de progreso, la de familia, la de justicia.

Ahora bien, como toda construcción cultural, el significado del amor va mutando, y estas mutaciones, además de desarrollarse según la época histórica, van de la mano de la propia experiencia de cada pareja conforme pasa el tiempo.

De esta manera, así como no era lo mismo enamorarse en pleno auge de la revolución industrial y con la idea de familia burguesa en boga que hacerlo en medio del hippismo de los años ‘60, para los novios del siglo XXI, la percepción del amor va cambiando más o menos así:

Para una pareja nueva, reluciente, el amor no es otra cosa que toneladas de buen sexo, seducción, taquicardia, aventura. Como todo es nuevo, nada es más maravilloso que pasar cada minuto con el otro, tocándolo, chateándole desde el laburo o chapando con descontrol hormonal en el cine.

Los que recién están dando sus primeros pasos en el mundo del noviazgo no entienden cómo puede haber matrimonios que fracasan o relaciones que naufragan, y si esto sucede indefectiblemente es porque “no se querían”.

Estas parejas son las que más me irritan, porque están convencidas de que su vida va a ser siempre así y se exhiben como los dueños de una verdad divina y absoluta ante nosotros, simples mortales que  nos ensuciamos en el barro de la mediocridad, como decían Los Auténticos.

Ahora bien, con algunos meses a cuestas, el rosado se va desgastando y el amor se convierte en sinónimo de complicidad, de confortables rituales -mirar una serie juntos, cocinar algo rico-, de cariño y calidez.

Esta es, como ya hemos dicho, la mejor etapa y todos deberíamos concentrarnos en ella, pero lamentablemente no puede prolongarse ad-infinitum.

La realidad que me toca es otra. Tengo años de convivencia precedidos de años de noviazgo y años de chongueo. Para mí el amor hoy es otra cosa.

El amor es preparar la vianda con algo diferente a lo de la noche anterior para que él no coma dos veces lo mismo.

Amor es pagarle la factura del celular y pasar el trapo de piso por la cocina antes de que él pise sobre el dulce de batata que acaba de tirar.

Amor es dejarlo dormir la siesta mientras voy al supermercado, y traerle postrecito de chocolate.

Viejo, amor es lavar por quinta vez en la semana la camisa porque de nuevo el energúmeno se la manchó con tuco y que no venga ningún pelotudo a decirme que soy una insensible porque le desfiguro la cara con una lata de arvejas.

Ya dijimos en alguna ocasión que cuando uno tiene una relación con alguien, también la tiene con toda su familia. Pues bien, a eso hay que sumarle los amigos.

Los amigos de nuestra pareja son sus seres más queridos. Con ellos comparten aventuras y desventuras y, sobre todo, con ellos hablan de nosotras y de vaya uno a saber qué guarangadas dignas de censura.

Es de suponer, entonces, que echándole una miradita a este grupo de muchachos y muchachas podremos sacar unas cuántas conclusiones acerca de nuestro hombre.

Yendo a lo concreto, el chango vive en general rodeado de profesionales trabajadores, intelectuales, músicos, escritores, periodistas, y muchas detestables mujeres curvilíneas y sensuales. Nada de esto me causa sorpresa, ya que con cada una de esas personas tiene algo en común, comparte algún
interés, realiza hace una actividad específica -jugar a la pelota, comer asado-, o quiere tocarle alguna parte concreta del cuerpo -tetas, culo-.

El tema es que hay dos especímenes rarísimos que figuran entre los amigos de mi concubino y no entiendo cómo puede ser.

>> El motochorro

Ok, bueno, El Gonza no anda en moto sino en bici, pero nadie me va a sacar de la cabeza que el pibe es amiguísimo de lo ajeno.

En primer lugar basta con verle la bici, que cada semana es diferente, pero además cambia el celular cada 5 días y usa zapatillas Nike PindongEffect3000 Limited Edition de 500 pesos.

El chango lo conoce al Gonza desde que ambos tenían seis años porque son del mismo barrio y jugaban a la pelota juntos, pero no sabe de qué trabaja. Lo cierto es que siempre anda en jogging, regala productos de electrónica y tiene el 80% del día libre, aunque si lo llamás de noche nunca está.

Y por si todo esto fuera poco, el otro día ví algo que me confirmó que mi futuro marido es íntimo de un malviviente:

Era el cumpleaños de once de uno de los sobrinos del chango, y el Gonza, que es además muy amigo de mi cuñada, cayó con un regalito a la fiesta. Era un mp3 de esos que también son pendrive. Sin caja, con los auriculares ya puestos y sin la tapita que cubre normalmente el USB. No quiero pecar de paranoica, pero me pareció que tenía, además, algunos rayones. Mi sobrino lo recibió excitadísimo y después de 4 minutos de minucioso análisis, exclamó feliz:

-¡Está buenísimo! ¡El mp3 que me trajo el tío Gonza ya viene con los temas cargados!

>> El empresario

Rodolfo tiene 55 años y es gerente de algo en una aseguradora líder del mercado. Estudia inglés en el mismo instituto que el chango, juega al golf, es divorciado con tres hijos, sale con las “acompañantes” más costosas y viaja mucho “al exterior”.

Este hombre de cabello entrecano es experto en “finanzas” y “negocios”, aunque nunca supimos bien bien qué tipo de finanzas ni qué tipo de negocios. Cada tanto nos invita a comer a algún restó de Puerto Madero y nunca paga, porque “lo invita la casa”.

Nos lleva y nos trae en un Audi plateado sin patente, nunca le cobran el estacionamiento y siempre putea contra el gobierno, al que considera “un grupo de gronchos que no quiere que el país crezca”. De hecho, su latiguillo es “al gobierno no le gusta que a la gente le vaya bien”.

Todo bien con que sea un mafioso de pito corto (digo, por el Audi), pero el viernes pasado lo pasé a buscar al chango por inglés y cuando salió Rodolfo y se fue a buscar el auto, juro que me pareció que dos tipos lo estaban esperando y lo siguieron.

¿Debo preocuparme? ¿Qué tienen estos indeseables en común con mi novio? ¿Por qué son amigos? ¿Todos los novios tienen amigos así? ¿Es inevitable? ¿Tengo que ser amiga de ellos yo también?

Si tengo que ser 100% honesta, diría que estar en pareja no es más que un trabajo full-time por el que no te pagan.

Cuando recién entrás, está buenísimo. Toda la gente te parece re copada, el lugar es reluciente, te tratan bien y te doran la píldora. Se fijan que tengas todo lo que necesitás, y te felicitan por lo que hacés. Te rompés el orto pero vale la pena cada minuto, y tu recompensa es la satisfacción de estar avanzando en tu vida hacia algo mejor.

A los seis meses los prados no son tan verdes. Tuviste algún entredicho con tu jefe, que ya no te parece el licenciado más capaz del mundo. Te enterás de que hay pica entre dos de tus compañeros, y que hay uno que es medio ñoqui. Estás un poco cansada de hacer algunas tareas de rutina y el cuerpo no te responde como antes, pero aún tenés mucho que aprender y aprovechás tu tiempo para eso. Ya se pondrá mejor, pensás, y prendés la PC por enésima vez a la hora de siempre.

Y a los dos años… a los dos años ya te querés matar. Hacés el laburo de todos y encima escuchaste que te bardeaban en la cocina. Tu jefe es ahora un oligofrénico desquiciado que te llama a tu casa a la noche para preguntarte dónde dejó los anteojos y por qué fuiste tan ineficiente como para no ponérselos en el portafolio. La oficina tiene olor, y te usan la taza y nunca te la lavan. Empezás a necesitar un cambio, pero sabés que en la vida no se trata de ir cambiando a troche y moche cada vez que no te gusta algo, porque si no le das tiempo de crecer a las cosas, nunca sabés hasta dónde podés llegar, y corrés el riesgo de perderte algo valioso, como esas chicas que nunca pueden tener más de una semana de vacaciones porque renuncian de todos los trabajos a los ocho meses. Y la mitad de las veces no te acordás por qué mierda estás laburando ahí si no tiene nada que ver con la idea que tenías para tu futuro.

Pero qué se yo…. ¿Qué haría una con todas esas horas libres? ¿Para qué empezaría a mandar CVs nuevamente? ¿Para conseguir un trabajo igual o peor que éste y perder la antigüedad y tener que pagar derecho de piso otra vez?

Mi vieja dice que a los 24-25 meses todo el mundo se hincha las bolas de su laburo, pero estuvo casada 15 años.

Toda la vida fui igual. Tacaña, avara, egoista, angurrienta en el más extremo de los sentidos.

Cuando era chica le usaba las pinturitas a mi hermano para no gastar las mías, y le comía las galletitas a mis compañeros para no invertir en un paquete. Ya en la secundaria, escribía con letra chica y jamás dejaba renglones en blanco en los cuadernos, cosa que me parecía propia de los más acérrimos derrochones.

Sin embargo, como sé que la avaricia está mal vista, siempre traté de controlarla, convidando un chicle o comprando un regalo de cumpleaños por valor mayor a $15 cada tanto, para no levantar la perdiz.

El martirio pareció terminar cuando me fui a vivir sola. El primer detergente que compré, por ejemplo, era uno de esos muy concentrados y me duró doce meses. Si me sobraba una salchicha, la freezaba, y si quedaban dos cucharadas de arroz las mezclaba con algo que hubiera quedado de otro día y hacía un par de croquetas para llevarme al laburo y no gastar en delivery. No tiraba nada, y sólo consumía lo estrictamente necesario, para poder tomarme toda la birra que quisiera el fin de semana sin herir de muerte a mi bolsillo. (Bueno, en realidad pagaba una cada tanto, para qué voy a mentir…) ¡Aaaah, qué tiempos aquellos!

Pero ahora vivo con el chango. Él consume, usa, tira, come, vuelca, traga y pide más. No le importa nada. Con él, un jabón dura tres días; un kilo de queso, dos y una botella de gaseosa de las grandes, quince minutos.

En la Era del Concubinato, los envases vacíos llenan sin parar las bolsitas de basura (uso las del super. ¡Ni loca compro!), y mi salud mental tambalea.

Así que para poner coto a esta situación recurrí a mi más antigua
estrategia: Ahorrar en los bienes que menos importantes me parecen, para gastar en otros que me brindan más satisfacción. Con un hombre al lado esto significa gastar todo en comida y nada en el resto, así que la semana pasada gocé con este ofertón, que encontré en un bolichito de provincia: Shampoo x 1l + Crema de enjuague x 1l a sólo $4,90.

La alegría me duró 24 horas:

Chango:
Elen, tengo el pelo horrible, es malísimo ese shampoo. ¡Comprá uno bueno! ¿Ves? Mirá, me queda opaco, achatado, sin vida… no seas rata, dejá de amarrocar.

Más irritada que resignada rompí el chanchito y adquirí dos botellones de uno de los mejores champúes del mercado, y en seguida me empecé a poner nerviosa. “Dios mío, cómo pude haber gastado esa plata, estoy loca, el chango usa medio litro cada vez que se lava la cabeza (hace un huequito en la mano y lo llena de shampoo), me va a durar 15 días, me gasté un fangote de guita en shampoo para un hombre, que además de tener pelo corto se lo lava dos veces por día y hace un tsunami de espuma, no puede ser que use tanto shampoo, porque una cosa es que se tome cuatro yogures o se devore una caja de barritas de cereal, pero el shampoo… es como cuando usa un chorro de detergente concentrado para lavar dos platos… ¡Hay que usar gotitas, ahí lo dice, en el envase!!! ¡¡Sino no dura ocho semanas!!”

Y no aguanté más. No aguanté, lectores.

Entré al baño, agarré el botellón y le escribí, con marcador indeleble, bien grandote:

“¡¡¡¡USÁ POQUITO!!!!”

Muchas veces nos devanamos los sesos para encontrar ese gesto especial que pondrá contento a nuestro hombre y lo hará estar cada día más convencido de que somos la mujer de su vida.

Para esto, seguramente, nos inspiramos en aquellas cosas que nos hacen falta a las mujeres para ser felices (que nos cuiden, que nos presten atención, que nos den sorpresas, que nos admiren, que nos conmuevan, que nos exciten, que nos motiven, que nos apoyen, que nos escriban canciones, que nos escuchen, que nos comprendan, etc.) para elaborar complicadas estrategias que a menudo resultan cursis y berretas.

Me acuerdo de una vez, por ejemplo, que en un intento por festejar al chango, compré mariscos para hacerle una cena afrodisíaca. Me había procurado, además, un aromatizador de ambientes en aerosol para que no se sintieran olores desagradables y dos docenas de velitas, también perfumadas para crear una atmósfera seductora. Cabe aclarar que detesto los mariscos, jamás los había preparado y no pensaba probar ni uno. Cuando llegó a casa, lo primero que hizo él fue quejarse del olor “a baño” que producía la mezcla de las velitas con los mariscos, así que corrí a buscar mi desodorante, que comencé a pulverizar frenéticamente por toda la casa, con tan mala puntería que el alcohol del aerosol avivó la llama de las velitas y prendió fuego el mantel y las servilletas.

Demás está decir que mi concubino casi muere de un susto y después de apagar el incendio con una botella de agua mineral me suplicó que no le diera más sorpresas ridículas y potencialmente peligrosas.

Gracias a ese episodio comprendí, finalmente, que gracias a Dios los hombres son mucho más simples que nosotras y sólo necesitan estas tres cosas para sentirse completos y amados:

1- Que le pidas ayuda

La cruda realidad, muchachos, es que nosotras podemos abrir cualquier frasco con ayuda de la punta de un cuchillo, y también somos perfectamente capaces de cambiar una lamparita -bueno, yo no porque tengo vértigo y no me puedo subir a la silla, pero ese no es el punto-.

Aún así, cada vez que nos enfrentamos a una situación que requiera utilizar la fuerza o un destornillador, es usual que corramos a pedirles ayuda porque sabemos que nada hace sentir a un hombre más masculino que ser útil y necesario.

2- Que lo dejes cocinar

Cada vez que mi concubino se mete en la cocina arma un despiole que lleva al menos una hora limpiar. Jamás prende el extractor, usa los utensilios equivocados e indefectiblemente vuelca algo pegajoso en la mesada.

Sin embargo, de vez en cuando lo dejo agasajarme con una comidita elaborada mientras miro cómodamente la tele, aunque por dentro esté desesperada por picarle la cebolla más rápido o ir lavándole los trastos.

Y cuando estamos comiendo, 120 minutos después, no me olvido de felicitarlo, y exclamar que ese es el manjar más delicioso que probé en mi vida, aunque se trate de un bife con ensalada. ¿Por qué? Porque a ellos los hincha de orgullo saber que pueden hacer bien aunque sea algo de lo que vos hacés con eficiencia todos los días.

3- Que seas vos la que tiene ganas

Así como a nosotras nos encanta que nos miren lascivamente y nos susurren asquerosidades al oído, ellos también adoran sentirse deseados, lindos y sexies.

Por eso, cada tanto hace bien dejar de lado las medias rayadas puestas por encima del jogging, calzarse el push-up y agarrarlo cuando menos lo espera para un pingui-pingui. Se va a sentir el macho de América y por si eso fuera poco, nos va a tratar como reinas.

Así que ya lo saben, chicas, sigan estos facilísimos tips y tendrán en sus hogares hombres satisfechos y llenos de alegría.

Y si tienen alguno más ¡Compártanlo con nosotros!

- Andá, no me molesta, en serio-, mentí. -¿Segura? -Sí, fue tu novia de la adolescencia, no me parece mal que se vean…además pasaron como quince años.

Así decidió el chango encontrarse con Silvina, su primer amor y, según él, el más puro, inocente y sincero que jamás haya sentido.

Silvina era su compañera del jardín de infantes, y desde entonces, él la había amado ininterrumpidamente hasta los últimos días de quinto año. Tenía el pelo larguísimo y casi blanco, que enmarcaba a la perfección dos enormes ojos celestes, ubicados con impecable simetría en un rostro inmaculado. Así por lo menos la describía siempre él, justo antes de suspirar y afirmar que era perfecta.

Su primer declaración de amor a la blonda había sido cuando ambos estaban por terminar preescolar, y los papás de Silvina habían pensado en cambiarla de colegio. El chango, desesperado al imaginar siete años de primaria sin ella, le había regalado una petunia rosa, directamente en un plantín, acompañada por una bolsa de libritos de cuentos y autitos de juguete, que eran sus más preciados tesoros. Silvina le había agradecido con la frialdad de quien se sabe la nena más linda, y el chango lloró encerrado en su cuarto todo un fin de semana. Finalmente los papás de Silvina decidieron que era más cómodo que su hija hiciera la primaria cerca de casa, y el hombre de mi vida respiró aliviado.

Entre 1982 y 1988, se dedicó a sorprenderla con regalos espectaculares cada cumpleaños. Aprovechó cada asalto para bailar con ella, y espantó a trompada limpia a todos los muchachitos que quisieron acercarse a su princesa, que era delicada y refinada como una copa del más bello cristal. Hizo sus deberes, recortó cientos de figuritas para decorar sus cuadernos y robó mil flores de los jardines del barrio, pero ella seguía inalcanzable, siempre atrás de algún otro compañerito con el que se paseaba de la mano en los recreos.

Pero el chango fue paciente, y en la secundaria tuvo su segunda oportunidad. Promediando cuarto año, a Silvina le agarró mononucleosis y estuvo dos meses sin ir a la escuela. El chango aprovechó y, desoyendo los consejos de su madre que no quería que se contagiara, la visitó todas las tardes. Le llevó los trabajos, le explicó matemáticas y le alquiló videos para que se entretuviera entre ejercicio y ejercicio. Cuando Silvina se curó, ya lo veía con otros ojos.

Fueron inseparables hasta que llegó el verano, cuando Silvina viajó a Brasil. A la vuelta todo se había enfriado, y al parecer ya no se acordaba de los besos del chango, ni de sus abrazos, ni de las notas altas que había sacado gracias a sus cuidadosas explicaciones.

Quinto año transcurrió sin novedades. Casi no se veían, porque ella estaba en otra división, pero se saludaban en los pasillos. Al chango le seguía pareciendo la chica más hermosa del planeta, y había decidido ir de viaje de egresados con el grupo de Silvina en vez del suyo, para poder estar cerca de ella.

La primera madrugada en Bariloche, en alguna conocida discoteca, ella meneaba su nuevísimo cuerpo de mujer al ritmo estridente de la música que adoran los jóvenes y detestan las personas como yo.

El chango la observaba en la distancia, listo para acercarse y decirle todo. Decirle que la amaba desde siempre, que ya no podía vivir sin ella y que necesitaba que estuvieran juntos de nuevo, esta vez para siempre.

Pero a medida que caminaba a su encuentro, vio cómo un coordinador de Río Estudiantil se adelantaba para seducirla y, sin más, delizaba sus manos por debajo del jean de Silvina. Ella estaba encantada, y esa noche perdió la virginidad. Se enteró todo el grupo, y al otro día algún alma caritativa decidió que mi concubino había sufrido suficiente y le contó el chisme.

Al chango se le rompió el corazón. Pasó el resto de la semana solo, lejos del grupo y evitando a la rubia, que se acurrucaba con el coordinador cada vez que podía. De vuelta en Buenos Aires, él no le dirigió más la palabra. Se había rendido.

Durante catorce años había respirado sólo por ella, que era la medida de todas las cosas, la referencia ineludible de su vida, una especie de asignatura pendiente.

Así que la otra tarde, cuando me enteré de que ella quería verlo, me sentí potencialmente cornuda, porque es imposible estar a la par de la intensidad del primer amor. ¿Cómo competir con la sensación de que lo que nos pasa es único? ¿Cómo hacerle sombra a esa piara de sentimiendos que invadieron nuestros cuerpos adolescentes por primera vez y dejaron huellas tan profundas? Y peor aún, ¿Cómo compararme con la que marcó el paso de sus días por tantos años?

Por más segura que esté del amor de mi concubino, me estuve devanando los sesos toda la tarde imaginándolos, flechados por la nostalgia y divertidísimos contando viejas anécdotas. Él seguro le estaría mirando las piernas, y ella se estaría preguntando por qué lo dejó ir. Él ni se acordaría de Bariloche, ni de la mononucleosis, ni de la petunia. Sólo pensaría en besar otra vez los labios que descansan debajo de ese par de ojos celestes que lo había hipnotizado. Volvió a las ocho de la noche.

-¿Cómo te fue, amor?-, pregunté haciéndome la casual. -No sé. -¿Cómo que no sabés? ¿Qué pasó?.

- Mirá… Para empezar… ella está distinta. Está… - ¿Hecha mierda?- pregunté con ilusión. - Y… está más encorvada. Se le cayeron las tetas y se cortó el pelo. Está medio baqueta, bruta, no sé, no se ríe. Me llamó porque quería saber qué era de mi vida después de tanto tiempo, y yo le conté que estoy trabajando muy bien, que por fin puedo hacer lo que me gusta, que estoy con vos y que estamos muy enamorados, que tenemos un departamento muy lindo y que vos sacás buenas fotos y escribís muy bien… ella me contó que se embarazó a los diecinueve, sabés, después a los veintiuno y después a los veinticuatro. Tiene dos nenes y una nena. El primer nene es del coordinador de Bariloche, ¿te acordás de ese forro?, que jamás se hizo cargo. Ella vive con los padres, en el barrio, porque se separó del marido, que es el padre de los otros dos chicos. Y trabaja en la librería de la hermana. Y fuimos a tomar un café, y yo me pedí un tostado, y cuando lo terminé había hecho migas, viste que yo hago migas siempre, soy un tarado, y agarré una servilleta y me puse a limpiar las migas como hacés siempre vos, y ahí ella gritó “¡No limpiés, no limpiés que para eso está el pibe de acá! ¡Eu, pibe limpiame la mesa!” y cuando llamó al mozo se le salió el chicle de la boca y se le cayó sobre el pulóver. ¿Y sabés lo que hizo? Se lo despegó y se lo volvió a comer y yo ahí vi que le faltaban unos dientes… Me parece que por eso no se reía-.

Dudo que vuelvan a verse, pero este encuentro le sirvió -y me sirvió- para comprender que las cosas del pasado deben quedarse ahí, resguardadas del tiempo y las inclemencias de la vida. ¿Para qué abrir esa caja de Pandora?

(Qué bueno que haya estado hecha bolsa…)

Desde tiempos inmemoriales, los más sabios advierten a quienes están en los umbrales de una relación: “Cuando salís con alguien también salís con toda su familia“. Para ellos, estar verdaderamente en pareja significa aceptar, también, un paquete de personas y compromisos con los que tendremos que cumplir pase lo que pase.

¿Pero es esto cierto? ¿Estamos obligados a participar de la vida familiar de nuestra media naranja? ¿O hay algún modo de zafarse de los domingos, los regalos para los niños y los cumpleaños de quince?

>> El desafío F

Mi concubino, viene de una familia numerosa e indivisible, y con esto quiero decir que son de esos que hacen todo juntos, todo el tiempo. De ninguna manera está compuesta por individuos en el sentido puro de la palabra, sino que más bien se trata de elementos que sólo funcionan en bloque, como los eslabones de una cadena indestructible.

A ninguno de sus seis hermanos se le ocurriría, por ejemplo, ir solo al supermercado. “¿Para qué, si podemos ir todos juntos? ¡Aprovechemos el sábado a la tarde!” parece ser el lema que los une, grabado a fuego en sus corazones.

Demás está decir que esta gente festeja todo: Cumpleaños, bautismos, comuniones, confirmaciones, compromisos, casamientos, navidad, año nuevo, reyes, pascuas… y además se ven todos los días.

Pero nada de esto sería un problema si yo no estuviera viviendo con un amante acérrimo de ese estilo de vida. Para él, no hay nada más sagrado que comer con la vieja los domingos y quedarse dormido en el sillón del living mientras yo charlo educadamente con mis parientes políticos; ni hay expresión de amor más conmovedora que un guiso de mondongo en un táper para llevar a casa.

Yo, mientras tanto, mataría por un poco de silencio, una revista y una comedia romántica para ver en piyama en la soledad de mi departamentito suburbano.

Claro que al principio me tomaron por sorpresa, así que casi sin darme cuenta fui recibiendo más y más invitaciones a “tomar unos mates”, “al cumple del nene de Carlos” y “al bautismo de la beba de Alcides”, que acepté cada vez, entre resignada y halagada por ser considerada parte del grupo.

Y es que tengo la… suerte (?) de que son simpatiquísimos, cariñosos y arrojan pétalos de felicidad a su paso, así que es imposible odiarlos.

Sin embargo, por más inimputables que sean, el click lo hice el jueves a las 18:30 horas, cuando me encontré a mí misma pagando $80 por un muñeco de los backyardigans para Tomi, el primito de mi concubino, que cumplía 2 años y al que ví una sola vez en mi vida. Si sigo de reunión en reunión, me voy a volver loca.

>> Sin experiencia

Vengo de una familia disfuncional y disgregada, en la que cada uno hace lo que le viene en gana y nadie le importa. No festejamos los cumpleaños, no nos vemos para las fiestas, y ninguno de mis parientes sabe cuántos años tengo ni a qué me dedico. Por mi parte, yo no sería capaz de reconocerlos si me los cruzara por la calle.

Las relaciones de sangre, por lo tanto, nunca fueron un tema relevante para mí, e incluso tuve la suerte de que algunos de mis anteriores novios no me tomaran lo suficientemente en serio para llevarme a conocer a sus padres; mientras que el resto tenía un historial genealógico similar al mío.

Con estos antecedentes, queda claro que estoy pisando terreno nuevo, y me está costando.

>> Sálvese quien pueda

Los eventos familiares ajenos son una tortura, se trate de una familia agradable o una odiosa. Pero.. ¿Qué actitud hay que tomar? A simple vista, las opciones son poco tentadoras:

a) Ser simpatiquísima y divertida, para tenerlos de nuestro lado;
b) ser atenta y educada, para no hacer quedar mal a la pareja o
c) ser fría y distante, para que no nos llamen nunca.

Lamentablemente la respuesta no es mejor. Si una es divina la aceptan como miembro y la invitan a la comunión de la hija de Marta, la cuñada de Gastón que además trabaja en la ferretería del tío Alberto. Lo mismo pasa si una es recatada, porque estos aglomerados de personas unidas por un apellido no conocen el término medio. Como mucho dirán que una es tímida, pero jamás pensarán que una preferiría estar en alguna otra parte antes que compartiendo mesas larguísimas con ellos.

En cambio, si una adopta una actitud más seca y cortante es probable que sus acciones deriven en peleas con la pareja, que se sentirá despreciada. “¿Por qué no querés ir a lo de mamá? ¿Qué te hizo ella, si es una santa? Si no la querés a ella, no me querés a mí”, es el reclamo más usual. Y algo de razón hay en eso, porque gracias a nuestra familia somos quienes somos, y eso incluye todas las cosas que enamoraron a nuestra pareja.

Así que no tiene sentido renegar. Ellos llegaron para quedarse, y poco importa lo que hagamos al respecto. Finalmente, la única manera de escapar de un clan familiar es separarse, y no vale la pena. Los sabios son sabios.

Hace unos cuantos años, cuando recién empezaba a tener dudas sobre lo que haría con el resto de mi vida, decidí hacer un curso de peluquería.

Como todos los cursos, sólo me resultó útil mientras ensayé religiosamente lo que iba aprendiendo, una y otra vez hasta fijar, aparentemente, los conocimientos. Durante mucho tiempo fui la estilista de mis amigas y mi familia, que pusieron en mis manos sus haraganas cabelleras.

Eventualmente, a medida que mis otras ocupaciones aumentaban, dejé de lado la tijera, la navaja, el secador, el cepillo redondo y la planchita, que fueron a parar todos a un cajón del baño.

Y ahí parecía que se iban a quedar hasta que ayer, después de casi un lustro sin tocar una cabeza ajena, mi madre me pidió que le recortara un poco las puntas y le diera un poco de forma a sus mechas, que ya crecían sin control.

Enseguida le dije que sí, pero cuando agarré la tijera mis manos fueron torpes, lentas, y tardaron algunos minutos en acostumbrarse a lo que antes me salía sin esfuerzo. “Hace mucho tiempo que no lo hago“, pensé. “Perdí la práctica“.

Más tarde, mientras intentaba hacer un brushing digno, me di cuenta de lo importante que es nunca perder la práctica: Dejar de hacer algo significa ir desaprendiéndolo de a poco hasta casi olvidarlo por completo, como cuando volvíamos al colegio en marzo y pretendíamos resolver una ecuación después de un verano entero sin mirar una hoja cuadriculada.

Me pregunto si con la soltería será lo mismo. ¿Qué me pasará cuando, por alguna vuelta de la vida, deba volver a estar sola? ¿Qué hace una mujer que no tiene que escuchar ronquidos todas las noches? ¿Cómo organiza sus vacaciones? ¿Cuán seguido ve a sus amigos? ¿A dónde va? ¿Sufre? ¿Qué come? ¿Cómo se viste? ¿A qué hora se acuesta? ¿Mira televisión?

Por más que trato, no puedo acordarme mis días de soltera sin hundirme en una niebla pesada, de esas que tiñen todo de rosa. Todo se me antoja fácil, divertido, placentero, pero sospecho que no fue tan así en realidad, de la misma manera que ahora sé que estar en pareja no es 100% maravilloso. Y a pesar de haber dormido en cama de una plaza muchísimos, muchísimos años, no sé cómo me manejaría si mañana o pasado el chango y yo decidiéramos seguir cada uno por su lado. Seguramente estaría muy desorientada, como anoche, cuando me quedé dura con la tijera en la mano, sin saber por dónde empezar.

La verdad es que hoy sigo teniendo dudas sobre lo que voy a hacer con mi vida, pero hay algo que me queda claro: en algún momento voy a tener que aprender otra vez a estar sola, y parece que ya perdí la práctica.

Si bien luchamos contra ella día a día, la incontinencia verbal es un flagelo que amenaza con romper la armonía de nuestra pareja cada vez que abrimos la boca.

Para mí no hay nada más lindo que poder charlar acurrucada en el sillón con el chango, después de comer y tomando un tecito, pero a veces me voy de mambo y le cuento cosas que le molestan y lo sacan de quicio, o no le interesan y lo aburren hasta el desmayo.

Vienen a mi mente momentos realmente incómodos, como cuando se me escapó que uno de mis jefes me había elogiado las gomas o que una de mis amigas piensa que él es feo, y la verdad es que me costó bastante tiempo y favores sexuales lograr que olvidara esas “nimiedades”.

Por otra parte, estilo de vida actual nos impide disfrutar de mucho tiempo junto a nuestro querido mostro, así que debemos esforzarnos por minimizar estos momentos desagradables.

Después de varias semanas de análisis exhaustivo, he compilado esta lista de cosas que jamás debés contarle a tu chango. Buen provecho.

1) Que te gusta otro

Es muy común que las parejas confundan confianza con tener carta blanca para decir cualquier cosa, total “está todo bien“. Pero tu chango necesita, además de sentirse deseado, sentirse el único.

Entonces, si creés que podés hablar con él de todo, controlate. Porque un comentario al pasar como “Tiene lindos ojos Francisco” le va a arruinar la noche, y a vos también. (Y a Francisco no lo vas a poder ver nunca más).

> Propuesta Pájaro en mano: Cuando te pregunte si te gusta Juan, negale todo y llamá a una amiga para contarle, y de paso repasar con lujo de detalles el sueño calentito que tuviste con el chico del subte de las 8:40.

2) Con cuántos hombres dormiste antes de conocerlo a él

Tu concubino no es tu amigo, o mejor dicho es tu amigo o en algún momento lo fue o no sé, pero además es el único que hoy tiene derecho legítimo a tocar tus partes privadas. Y hasta donde él sabe -o quiere saber- esas partes jamás fueron tocadas por ningún otro sátiro degenerado asqueroso.

Hay que tener mucho cuidado con este tema en particular, porque él intentará hacerte caer en la trampa y convencerte de que no hay problema, que no le importa tu pasado y que entiende que tuviste una vida antes de él así que podés ser sincera.

Patrañas. Ni bien abras la boca te va a armar quilombo. Y ni hablar si conoce alguno de los miembros de tu lista. Ahí “fuistes“.

> Propuesta Pájaro en mano: Llamá a la amiga del punto anterior y armen la lista juntas. Seguro que ella se acuerda de alguno que a vos se te pasó.

3) Cómo te fue en el médico

Además de tener poca capacidad para retener información, los hombres son fácilmente impresionables.

Si no es cuestión de vida o muerte, evitá comentarios como “La colpo me dio bien, pero igual el doctor vio unos puntitos blancos que no le gustaron así que me dio óvulos. ¿Ves? Son estos cositos chiquititos que van en…“, o “Me tengo que hacer una colonoscopía porque puede haber un espasmo en esa zona y es lo que me impide ir bien de cuerpo, porque viste que yo estoy siempre constipada y…” …puaj.

> Propuesta Pájaro en mano: Charlalo con tu abuela o con alguna tía hipocondríaca. Ellas hasta te pueden recomendar más profesionales o medicamentos que a ellas les dieron resultado.

4) Cuánto te salió la cartera

Vos y yo sabemos a simple vista que pagaste por lo menos cuatrocientos pesos. La chica que te empujó en el colectivo hoy también lo sabía, y también la cajera del coto. Pero él no tiene idea, y es mejor que se mantenga así.

Si pagás una suma exhorbitante por un artículo de moda, no sólo ponés en riesgo el presupuesto de todo el mes, sino que lo harás preguntarse con qué clase de loca irracional capitalista superficial está viviendo, y además se daría cuenta de por qué comen arroz cuatro veces por semana.

En mi caso, mi política es que el chango jamás debe ver la etiqueta que indica que una prenda es nueva. Es más, las arranco ni bien salgo del negocio, para estar segura de que no se me va a traspapelar en casa. Si él pregunta si algo es nuevo, le digo, indefectiblemente “Ay, no, lo tengo hace mil años…“.

> Propuesta pájaro en mano: Mostrale la cartera a la compañera de trabajo que más detestes, así te envidia. Con el arroz hacé croquetitas.

5) Qué está comiendo

Al chango no le gustan las verduras. A duras penas te come choclo y tomate, papa, batata… las verduras de los niños.

Lo que no sabe es que hace semanas que en el relleno de la tarta le vengo poniendo bróccoli, zucchini, berenjena y zanahoria, todo pasado por la pimer para que no se note.

Hasta ahora no recibí quejas, pero sé que si algún día le confieso qué tiene la empanada o qué le puse a la terrina va a empezar a hacer arcadas en medio de un mar de insultos y va a correr a comprarse una milanesa a la rotisería más cercana.

> Propuesta Pájaro en mano: Si te dice que no le gusta el morrón, ponelo igual en la salsa y procesalo todo, como hacen los de esa marca conocida de sopas y calditos. Ni se va a dar cuenta. Además, con un poco de queso tapás todo.

Hay una chica que gusta del chango. Yo sé bien quién es, porque la veo ponerse contenta cuando él aparece, y enrojecer con timidez cada vez que él le dice algo gracioso.

Cuando sabe que lo va a ver, elige su ropa con cuidado, se empapa en fragancia importada, se plancha el flequillo, se maquilla con cuidado para agasajarlo… aunque jamás cruzará la línea.

Es que ella es diferente a las otras. No trata de seducirlo con descaro, polleras cortas, escotes y risitas estúpidas como las zorras que a veces tengo que espantar a escobazos.

Con una dignidad que jamás he visto en otra mujer y mucho menos en mí misma, ella finge que no se desmaya por dentro si el chango le habla, y disimula con entereza sus ganas de besarlo, olerlo, tocarlo.

Nunca dirá nada. Jamás se animará siquiera a insinuárselo a su mejor amiga, y en cambio guardará el secreto hasta que el tiempo o el abrazo de otro hombre la cure y la salve.

A veces la veo observar al que duerme todas las noches conmigo y recuerdo cuando yo era ella y se me llenaban los ojos de lágrimas al imaginar a algún muchacho que ahora me resulta lejanísimo durmiendo con otra.

Antes estaba celosa y le tenía bronca, pero ya no.

Next Page »