Junio 6, 2008
Hace unos cuantos años, cuando recién empezaba a tener dudas sobre lo que haría con el resto de mi vida, decidí hacer un curso de peluquería.
Como todos los cursos, sólo me resultó útil mientras ensayé religiosamente lo que iba aprendiendo, una y otra vez hasta fijar, aparentemente, los conocimientos. Durante mucho tiempo fui la estilista de mis amigas y mi familia, que pusieron en mis manos sus haraganas cabelleras.
Eventualmente, a medida que mis otras ocupaciones aumentaban, dejé de lado la tijera, la navaja, el secador, el cepillo redondo y la planchita, que fueron a parar todos a un cajón del baño.
Y ahí parecía que se iban a quedar hasta que ayer, después de casi un lustro sin tocar una cabeza ajena, mi madre me pidió que le recortara un poco las puntas y le diera un poco de forma a sus mechas, que ya crecían sin control.
Enseguida le dije que sí, pero cuando agarré la tijera mis manos fueron torpes, lentas, y tardaron algunos minutos en acostumbrarse a lo que antes me salía sin esfuerzo. “Hace mucho tiempo que no lo hago“, pensé. “Perdí la práctica“.
Más tarde, mientras intentaba hacer un brushing digno, me di cuenta de lo importante que es nunca perder la práctica: Dejar de hacer algo significa ir desaprendiéndolo de a poco hasta casi olvidarlo por completo, como cuando volvíamos al colegio en marzo y pretendíamos resolver una ecuación después de un verano entero sin mirar una hoja cuadriculada.
Me pregunto si con la soltería será lo mismo. ¿Qué me pasará cuando, por alguna vuelta de la vida, deba volver a estar sola? ¿Qué hace una mujer que no tiene que escuchar ronquidos todas las noches? ¿Cómo organiza sus vacaciones? ¿Cuán seguido ve a sus amigos? ¿A dónde va? ¿Sufre? ¿Qué come? ¿Cómo se viste? ¿A qué hora se acuesta? ¿Mira televisión?
Por más que trato, no puedo acordarme mis días de soltera sin hundirme en una niebla pesada, de esas que tiñen todo de rosa. Todo se me antoja fácil, divertido, placentero, pero sospecho que no fue tan así en realidad, de la misma manera que ahora sé que estar en pareja no es 100% maravilloso. Y a pesar de haber dormido en cama de una plaza muchísimos, muchísimos años, no sé cómo me manejaría si mañana o pasado el chango y yo decidiéramos seguir cada uno por su lado. Seguramente estaría muy desorientada, como anoche, cuando me quedé dura con la tijera en la mano, sin saber por dónde empezar.
La verdad es que hoy sigo teniendo dudas sobre lo que voy a hacer con mi vida, pero hay algo que me queda claro: en algún momento voy a tener que aprender otra vez a estar sola, y parece que ya perdí la práctica.