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Hace unos cuantos años, cuando recién empezaba a tener dudas sobre lo que haría con el resto de mi vida, decidí hacer un curso de peluquería.

Como todos los cursos, sólo me resultó útil mientras ensayé religiosamente lo que iba aprendiendo, una y otra vez hasta fijar, aparentemente, los conocimientos. Durante mucho tiempo fui la estilista de mis amigas y mi familia, que pusieron en mis manos sus haraganas cabelleras.

Eventualmente, a medida que mis otras ocupaciones aumentaban, dejé de lado la tijera, la navaja, el secador, el cepillo redondo y la planchita, que fueron a parar todos a un cajón del baño.

Y ahí parecía que se iban a quedar hasta que ayer, después de casi un lustro sin tocar una cabeza ajena, mi madre me pidió que le recortara un poco las puntas y le diera un poco de forma a sus mechas, que ya crecían sin control.

Enseguida le dije que sí, pero cuando agarré la tijera mis manos fueron torpes, lentas, y tardaron algunos minutos en acostumbrarse a lo que antes me salía sin esfuerzo. “Hace mucho tiempo que no lo hago“, pensé. “Perdí la práctica“.

Más tarde, mientras intentaba hacer un brushing digno, me di cuenta de lo importante que es nunca perder la práctica: Dejar de hacer algo significa ir desaprendiéndolo de a poco hasta casi olvidarlo por completo, como cuando volvíamos al colegio en marzo y pretendíamos resolver una ecuación después de un verano entero sin mirar una hoja cuadriculada.

Me pregunto si con la soltería será lo mismo. ¿Qué me pasará cuando, por alguna vuelta de la vida, deba volver a estar sola? ¿Qué hace una mujer que no tiene que escuchar ronquidos todas las noches? ¿Cómo organiza sus vacaciones? ¿Cuán seguido ve a sus amigos? ¿A dónde va? ¿Sufre? ¿Qué come? ¿Cómo se viste? ¿A qué hora se acuesta? ¿Mira televisión?

Por más que trato, no puedo acordarme mis días de soltera sin hundirme en una niebla pesada, de esas que tiñen todo de rosa. Todo se me antoja fácil, divertido, placentero, pero sospecho que no fue tan así en realidad, de la misma manera que ahora sé que estar en pareja no es 100% maravilloso. Y a pesar de haber dormido en cama de una plaza muchísimos, muchísimos años, no sé cómo me manejaría si mañana o pasado el chango y yo decidiéramos seguir cada uno por su lado. Seguramente estaría muy desorientada, como anoche, cuando me quedé dura con la tijera en la mano, sin saber por dónde empezar.

La verdad es que hoy sigo teniendo dudas sobre lo que voy a hacer con mi vida, pero hay algo que me queda claro: en algún momento voy a tener que aprender otra vez a estar sola, y parece que ya perdí la práctica.

Después del debut en La Capital, Pájaro en mano sigue haciéndose un lugarcito en los medios.

Gracias Marie y Melianushka por avisarme que salimos este mes entre los recomendados de la revista Elle… ¡Tuve que blanquear con el chango, que ahora se enterará de todo lo que estuve diciendo de él!**

También pueden encontrar una notita en la revista Las Rosas, donde mencionan a las lectoras de este blog (¡Digo cosas lindas de ustedes, chicas!). La revista pueden leerla online, y en unos días estará disponible para descargar en .pdf.

Gracias a todos por acompañar a Pájaro en mano, y ¡que sigan los calzoncillos sobre la mesada!

** Update: Una lectora me pregunta qué dijo el chango cuando le conté sobre este blog… Bien, gente, el chango no dijo nada, porque cuando le conté él estaba chequeando los mails y dejó de prestarme atención a los tres segundos. No tengo idea de si me escuchó o no, pero yo por las dudas no dije nada más; ¡me arrepentí…!

Una amiga del laburo siempre dice que ella tiene como regla que su marido no la vea con jogging o piyama dos veces en un mismo día.

Al principio no le presté demasiada atención, pero con el correr de los meses me doy cuenta de que es importante tomar ciertos recaudos para conservar algo del encanto en la pareja.

Muchas veces el chango se levanta antes que yo y se va a trabajar cuando yo recién me estoy levantando, con mis babuchas rosas, mi remera de la Capilla Sixtina talle XXL y el pelo en un estado deplorable (si tuviéramos una mascota, podríamos confundirla a menudo con la bestia indomable que tengo en la cabeza a las 7 am).

Una vez que tomamos un café y él se fue a esperar el colectivo, yo me lavo la cara, me peino, me pongo los taquitos, me lleno de rimmel y salgo para la la oficina empapada en “Romantic N° 12″ (Our version of Ralph Lauren’s Romance).

A las 18, mi día está lejos de terminar. Me queda preparar una que otra notita para el día siguiente, pasar por lo de mi vieja, ir a alguna entrevista o visitar a una amiga, calzarme las llantas y correr hasta el gimnasio. A la vuelta me pego una duchita así nomás y vuelven a entrar en escena las babuchas rosas y la remera de la Capilla Sixtina talle XXL.

Cuando él llega, entonces, yo estoy igual de harapienta que a la mañana, sólo que entre ollas y transpirando por el horno prendido.

Claro que esto no fue siempre así.

Recuerdo cuando mi changuito era mi chonguito, y venía a verme dos veces por semana. ¡Yo lo esperaba con unas ansias…! No podía esperar a verlo, a olerlo y a besarle el cuello.

El ritual previo al encuentro era interminable, pero valía cada segundo: Primero la depilación, con cera, prolijísima, para eliminar hasta el último pelo de mi cuerpo. Luego las cremas hidratantes y los perfumitos, el maquillaje sutil -No CFK-, el arreglo del pelo y el piyamita de nena, rosa con voladitos, bien cortito.

Después venía la esperada ceremonia, con las copas de vino y el sexo intenso, de ese que te deja una sonrisa de oreja a oreja y al otro día todos te dicen que estás espléndida.

En abril de 2008 el panorama es algo diferente. Las botellas de vino se convirtieron en cocacolalight. La piel de bebé ahora es usual pelusita, y los contratiempos, los problemas en el laburo, el cansancio y las cuentas que pagar fueron desplazando al piyamita, que quedó en algún lugar junto con mi colección de tanguitas de tul.

Pero yo no quiero que mi vida sea así, y, como decía al principio, estoy dispuesta a hacer un esfuerzo. ¡La rutina conyugal no me va a ganar!

No volveré a ponerme los trapos infames. Me comprometo a perfumarme todas las noches y a volver a vestirme impecable después de un buen baño. Como una persona normal y no una concubina deshecha.

Y que el chango vea lo que los otros hombres ven todos los días pero que en realidad sólo le pertenece a él.

Ya les contaré cómo me va.