Todos los martes, mi concubino me trae confites del local de Arcor de Corrientes y Uruguay y me hace completamente feliz. Y no sólo porque soy una gorda sin remedio, sino porque cada una de esas simples esferitas crocantes me transportan a los soleados tiempos de mi niñez.

Aunque anoche, mientras masticaba, recordé esta historia.

A la edad de once años, el rollizo Julio César lucía un plateado set de aparatos fijos, anteojos
y una catarata de puntos negros que le adornaban la nariz. Además, era pelirrojo y siempre tenía puestos unos shorcitos rojos incomprensibles, que no hacían juego ni con la remera de Batman ni con la del Hombre Araña, que eran las únicas que le conocía y por cierto le marcaban bastante las tetitas.

Nos habíamos conocido en diciembre en el kiosco de su papá, donde Julio César comía sin
parar caramelos masticables que se le pegaban a los aparatos y le adornaban la sonrisa.

Yo tenía nueve, y a los nueve no hay magia más grande que la que ofrece un kiosco, lleno de
colores y azúcares de todo tipo. Así que el flechazo fue instantáneo.

A Julio César lo volvía loco de amor la rapidez con que yo separaba los sugus según su sabor para luego comérmelos respetando un riguroso orden (primero, limón; segundo, frutilla; tercero, ananá; cuarto, naranja; quinto, manzana; último, menta), y a mí no había nada que me diera más placer que ayudarlo a acomodar los paquetes de chicles bazooka en los estantes. Además estaba buenísimo que Julio César me regalara golosinas lujosas todos los días, como esos chupetines rojos con un chicle en el centro, o los crocantes Milka Nussini.

Pasamos un verano maravilloso, rodeados de helados de palito y paquetes de chizitos. La verdad es que no hablábamos mucho, pero cada tarde era una fiesta en el kiosco del papá de Julio César, donde los sueños de los niños se hacían realidad.

Y acá viene lo difícil, porque nada es gratis en esta vida, y Julio César un día quiso cobrarse todos esos chocolates dándome un beso en la boca. Me gustaría decir que fue un beso maravilloso, teñido de la más dulce inocencia, y con gusto a bombón, pero no fue así.

Una tarde calurosa de fines de febrero, sorbíamos sin prisa sendos naranjús. Julio César apenas esperó a que yo soltara el mío para agarrarme la cara con sus manos pegajosas e intentar besarme. Digo intentar porque lo que me dio fue más bien un cabezazo violento y baboso, y nuestras bocas se chocaron con tal fuerza que, con sus aparatos plateados, Julio César me partió el labio.

Me largué a llorar con tanta fuerza que Julio César salió corriendo y desapareció de mi vida con toda la velocidad que le permitían sus piernas gorditas. Enseguida apareció su papá, con una bolsa de gomitas que intentó regalarme para que dejara de hacer berrinche. No las quise.

Con la boca todavía chorreando sangre y los ojos llenos de lágrimas, corrí a casa. Le dije a mi mamá que me había caído jugando en la calle.

Al dia siguiente cambié de kiosco, pero ya no fue lo mismo.

Si hay algo que aún no hemos perdido con el chango es la pasión.

Claro que es una pasión algo más esporádica y un poco menos adrenalínica, pero aún así es altamente disfrutable.

Qué lindos esos momentos en los que uno se deja ir, se entrega sin más y disfruta de la piel del otro, de su olor, de su calorcito…

Chango:
Che, negra, estamos complicados con las panzas…
Elena:
Quiénes, ¿nosotros? ¿Nuestras panzas?
Chango (señalándose el pecho)
Sí… ¡Nos salen de “acá arriba”!
Elena (negación total):
…Pe…pero… ¡yo hago fight-do! ¡Y voy a correr a la plaza!
Chango:
Bueno, yo no te digo nada, yo también estoy gordo.
Elena:
No, no, yo no engordé, estoy hinchada, hinchada! ¡Es eso!
Chango:
No te estoy criticando, nada más te digo que están más grandes.
Elena:
Entonces tenemos que hacer algo para la angustia.

Acto seguido nos calzamos los joggins y salimos corriendo… hasta el kiosco más cercano, a comprar dos cachafaz y una coca.

(Light, maestro.)

Eso sí: mañana me calzo las llantas y voy al gym; no dejaré que una barriga irrespetuosa me dinamite las noches especiales.

No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?

Si al menos uno de los miembros de una pareja es capaz de mantener un mínimo orden, la casa que compartirán tiene salvación. Por más esordenado, torpe y desprolijo que sea el otro, el ordenado irá juntando detrás las porquerías, y logrará dar una ilusión de pulcritud al hogar.

Pero este no es mi caso, como bien saben los lectores.

Cómo describir nuestro departamento… Para empezar, tenemos una en contra, que es que la cocina está integrada al living; es decir que cada frasco, cada plato, cada taza sucia queda perfectamente a la vista de quien se atreva a cruzar la puerta de entrada.

Luego los ojos del visitante se posan en la mesa, que rebalsa de carpetas, facturas para pagar, llaves, los teléfonos celulares, las agendas, apuntes y catálogos de falabella o farmacity, que colecciono compulsivamente.

Un poco más allá, pilas de diarios y revistas viejas, junto a algún calzado que quedó de la noche, medias (limpias y sucias) los abrigos sobre el sillón y biromes, pincitas de depilar, audífonos del reproductor de mp3, volantes de deliveries y cientos de miles de púas de guitarra.

A simple vista, este comportamiento patológico parecería condenarnos a vivir tapados de papeles, diarios viejos y todo tipo de cachivaches. Aún así, anoche al chango le agarró un ataque de responsabilidad.

Chango:
Mami, no se puede vivir así, está todo tirado… ¡Somos unos quilomberos!
Elena:
Buen boludo, hago lo que puedo, ¡Qué querés, si vos dejás cosas por todos lados y yo a duras penas puedo con lo mío!
Chango:
PfFFFFffff pero así no se puede, viejo, mirá, mirá. ¿Qué son todas estas cositas? ¿Broches en la cocina? ¿La yerba sin guardar? Hay cacharros por todos lados.
Elena:
Perdoname, pero TODO lo que hay sobre la mesa es TUYO, y tenés todo el escritorio para vos, que también es un quilombo.
Chango:
Y la casa está llena de espacio mal aprovechado.
Elena:
Si, claro, bueno, es fácil quejarse cuando tenemos tres guitarras, un órgano y un bombo tirados en el living. ¿Y de quién es esa campera? ¿Y ese bolso?
Chango:
¿Y esas bufandas? ¿Y esas zapatillas?
Elena:
Eh… las zapatillas son tuyas.
Chango:
Se acabó, hay que ordenar.

Acto seguido se puso a juntar papeles, bufando como un loco, yendo y viniendo desaforado, mientras yo me encargaba de la mundana tarea de juntar la mesa, lavar los platos y repasar la cocina.

Nos fuimos a dormir tardísimo, agotados y sin hablar. Somos unos cerdos, pensé justo antes de cerrar los ojos. Pero hoy a la mañana, debo decir, la vista era muy agradable.

Inmaculada, la mesa del comedor nos saludó con su vidrio mimado con Mr. Músculo Multiacción, y la cocina, limpísima, me invitó a hacer un buen desayuno, balanceado, con frutas y cereales.

Después de preparar todo, me acerqué al tacho de basura con las cáscaras en la mano, y apreté el pedalito con el pie para levantar la tapa. Dios mío.

Ahí, entre saquitos de té usados y cáscaras de frutas estaba todo el sueldo del chango, en dos pequeños fajos de lindísimos billetes lilas.

Elena:
Amor… ¿Vos tiraste plata a la basura?
Chango:
¿De qué hablás?
Elena (mostrándole la plata sucia):
De esto. ¡Estaba en la basura! ¿Estás loco?
Chango:
Boludamesalvastelavida….
Elena:
Sos un descuidado, pa, lo debés haber tirado sin querer ayer, con todos los papeles… tenés que fijarte mejor. ¡Mirá si yo hoy sacaba la bolsa sin mirarla!
Chango:
Tenés razón, soy un desastre… ¡Qué peligro! ¡Nunca más me pongo a ordenar!

Y todo volvió a la normalidad.

Desde tiempos inmemoriales, los más sabios advierten a quienes están en los umbrales de una relación: “Cuando salís con alguien también salís con toda su familia“. Para ellos, estar verdaderamente en pareja significa aceptar, también, un paquete de personas y compromisos con los que tendremos que cumplir pase lo que pase.

¿Pero es esto cierto? ¿Estamos obligados a participar de la vida familiar de nuestra media naranja? ¿O hay algún modo de zafarse de los domingos, los regalos para los niños y los cumpleaños de quince?

>> El desafío F

Mi concubino, viene de una familia numerosa e indivisible, y con esto quiero decir que son de esos que hacen todo juntos, todo el tiempo. De ninguna manera está compuesta por individuos en el sentido puro de la palabra, sino que más bien se trata de elementos que sólo funcionan en bloque, como los eslabones de una cadena indestructible.

A ninguno de sus seis hermanos se le ocurriría, por ejemplo, ir solo al supermercado. “¿Para qué, si podemos ir todos juntos? ¡Aprovechemos el sábado a la tarde!” parece ser el lema que los une, grabado a fuego en sus corazones.

Demás está decir que esta gente festeja todo: Cumpleaños, bautismos, comuniones, confirmaciones, compromisos, casamientos, navidad, año nuevo, reyes, pascuas… y además se ven todos los días.

Pero nada de esto sería un problema si yo no estuviera viviendo con un amante acérrimo de ese estilo de vida. Para él, no hay nada más sagrado que comer con la vieja los domingos y quedarse dormido en el sillón del living mientras yo charlo educadamente con mis parientes políticos; ni hay expresión de amor más conmovedora que un guiso de mondongo en un táper para llevar a casa.

Yo, mientras tanto, mataría por un poco de silencio, una revista y una comedia romántica para ver en piyama en la soledad de mi departamentito suburbano.

Claro que al principio me tomaron por sorpresa, así que casi sin darme cuenta fui recibiendo más y más invitaciones a “tomar unos mates”, “al cumple del nene de Carlos” y “al bautismo de la beba de Alcides”, que acepté cada vez, entre resignada y halagada por ser considerada parte del grupo.

Y es que tengo la… suerte (?) de que son simpatiquísimos, cariñosos y arrojan pétalos de felicidad a su paso, así que es imposible odiarlos.

Sin embargo, por más inimputables que sean, el click lo hice el jueves a las 18:30 horas, cuando me encontré a mí misma pagando $80 por un muñeco de los backyardigans para Tomi, el primito de mi concubino, que cumplía 2 años y al que ví una sola vez en mi vida. Si sigo de reunión en reunión, me voy a volver loca.

>> Sin experiencia

Vengo de una familia disfuncional y disgregada, en la que cada uno hace lo que le viene en gana y nadie le importa. No festejamos los cumpleaños, no nos vemos para las fiestas, y ninguno de mis parientes sabe cuántos años tengo ni a qué me dedico. Por mi parte, yo no sería capaz de reconocerlos si me los cruzara por la calle.

Las relaciones de sangre, por lo tanto, nunca fueron un tema relevante para mí, e incluso tuve la suerte de que algunos de mis anteriores novios no me tomaran lo suficientemente en serio para llevarme a conocer a sus padres; mientras que el resto tenía un historial genealógico similar al mío.

Con estos antecedentes, queda claro que estoy pisando terreno nuevo, y me está costando.

>> Sálvese quien pueda

Los eventos familiares ajenos son una tortura, se trate de una familia agradable o una odiosa. Pero.. ¿Qué actitud hay que tomar? A simple vista, las opciones son poco tentadoras:

a) Ser simpatiquísima y divertida, para tenerlos de nuestro lado;
b) ser atenta y educada, para no hacer quedar mal a la pareja o
c) ser fría y distante, para que no nos llamen nunca.

Lamentablemente la respuesta no es mejor. Si una es divina la aceptan como miembro y la invitan a la comunión de la hija de Marta, la cuñada de Gastón que además trabaja en la ferretería del tío Alberto. Lo mismo pasa si una es recatada, porque estos aglomerados de personas unidas por un apellido no conocen el término medio. Como mucho dirán que una es tímida, pero jamás pensarán que una preferiría estar en alguna otra parte antes que compartiendo mesas larguísimas con ellos.

En cambio, si una adopta una actitud más seca y cortante es probable que sus acciones deriven en peleas con la pareja, que se sentirá despreciada. “¿Por qué no querés ir a lo de mamá? ¿Qué te hizo ella, si es una santa? Si no la querés a ella, no me querés a mí”, es el reclamo más usual. Y algo de razón hay en eso, porque gracias a nuestra familia somos quienes somos, y eso incluye todas las cosas que enamoraron a nuestra pareja.

Así que no tiene sentido renegar. Ellos llegaron para quedarse, y poco importa lo que hagamos al respecto. Finalmente, la única manera de escapar de un clan familiar es separarse, y no vale la pena. Los sabios son sabios.

Hace unos cuantos años, cuando recién empezaba a tener dudas sobre lo que haría con el resto de mi vida, decidí hacer un curso de peluquería.

Como todos los cursos, sólo me resultó útil mientras ensayé religiosamente lo que iba aprendiendo, una y otra vez hasta fijar, aparentemente, los conocimientos. Durante mucho tiempo fui la estilista de mis amigas y mi familia, que pusieron en mis manos sus haraganas cabelleras.

Eventualmente, a medida que mis otras ocupaciones aumentaban, dejé de lado la tijera, la navaja, el secador, el cepillo redondo y la planchita, que fueron a parar todos a un cajón del baño.

Y ahí parecía que se iban a quedar hasta que ayer, después de casi un lustro sin tocar una cabeza ajena, mi madre me pidió que le recortara un poco las puntas y le diera un poco de forma a sus mechas, que ya crecían sin control.

Enseguida le dije que sí, pero cuando agarré la tijera mis manos fueron torpes, lentas, y tardaron algunos minutos en acostumbrarse a lo que antes me salía sin esfuerzo. “Hace mucho tiempo que no lo hago“, pensé. “Perdí la práctica“.

Más tarde, mientras intentaba hacer un brushing digno, me di cuenta de lo importante que es nunca perder la práctica: Dejar de hacer algo significa ir desaprendiéndolo de a poco hasta casi olvidarlo por completo, como cuando volvíamos al colegio en marzo y pretendíamos resolver una ecuación después de un verano entero sin mirar una hoja cuadriculada.

Me pregunto si con la soltería será lo mismo. ¿Qué me pasará cuando, por alguna vuelta de la vida, deba volver a estar sola? ¿Qué hace una mujer que no tiene que escuchar ronquidos todas las noches? ¿Cómo organiza sus vacaciones? ¿Cuán seguido ve a sus amigos? ¿A dónde va? ¿Sufre? ¿Qué come? ¿Cómo se viste? ¿A qué hora se acuesta? ¿Mira televisión?

Por más que trato, no puedo acordarme mis días de soltera sin hundirme en una niebla pesada, de esas que tiñen todo de rosa. Todo se me antoja fácil, divertido, placentero, pero sospecho que no fue tan así en realidad, de la misma manera que ahora sé que estar en pareja no es 100% maravilloso. Y a pesar de haber dormido en cama de una plaza muchísimos, muchísimos años, no sé cómo me manejaría si mañana o pasado el chango y yo decidiéramos seguir cada uno por su lado. Seguramente estaría muy desorientada, como anoche, cuando me quedé dura con la tijera en la mano, sin saber por dónde empezar.

La verdad es que hoy sigo teniendo dudas sobre lo que voy a hacer con mi vida, pero hay algo que me queda claro: en algún momento voy a tener que aprender otra vez a estar sola, y parece que ya perdí la práctica.

Nuestro gran amigo Lake nos ha galardonado con el Premio a la Constancia Blogger.

Desde Pájaro en mano agradecemos infinitamente el reconocimiento, y lo extendemos a estos otros blocs, para seguir la cadena:

Demócrata y cristiano
Marto Stef
Manteca al techo

Ciega a citas

A las mujeres nos dan celos las cosas más extrañas. Muchas de nosotras podemos tolerar sin problemas que las compañeras de trabajo de nuestro concubino le acomoden el sweater o le digan que está lindo. Incluso podemos llegar a comentar con alguna de ellas lo buenmozo que está, ahora que se dejó la barba, sin que esto nos acarree mayores conflictos territoriales.

¿Qué cosas aguantamos y cuáles nos sacan de quicio? Hay tantas respuestas como mujeres en el mundo.

Mi madre, por ejemplo, se transforma en el increíble Hulk si su pareja no le contesta el celular. Cada vez que esto sucede asume que él está en la cama con otra, y lo mismo le ocurre a mi amiga Ana, que no soporta ver nombres de mujeres en la lista de contactos del msn de su novio, aunque en realidad se trate de la hermana o la prima.

En mi caso, puedo pasar por alto la vez que mi concubino bailó el vals con una piba de escandaloso vestido rojo en un cumpleaños de quince y me dejó clavada en mi silla media hora; y reconozco que tampoco me importó que se juntara un viernes a la noche a comer con su grupo de amigas, compuesto por seis chicas de 1,70 y pantalón talle 34.

Pero hay algo que no soy capaz de tolerar.

El otro día estaba ordenando su basur… eeh… sus “papeles” y encontré un cd de mp3 con la siguiente leyenda: “Para que hablemos de buena música, besos, Jul”. ¿Quién carajo es Jul y por qué quiere hablar de música con MI chango? ¡Es el colmo de la atorrantez! ¡Eso y ponerle un pasacalles que diga “te quiero levantar” es exactamente lo mismo!” ¿O me equivoco?

Digo, me alcanza con citar cualquier película de los ‘80 en la que el galán le arme a su amada un compiladito en cassette con temas románticos, para dejar bien en claro que detrás de un regalo así sólo se esconden las más oscuras intenciones.

Desde ya que al chango le pareció una pavada. “Es un cd, qué tiene, no te entiendo, ¿no escuchás música vos?”, me contestó escueto, y remató: “Te cargué los discos que creo que te pueden gustar en el mp3″.
 
En fin… La línea entre lo que nos molesta y lo que dejamos pasar es delgadísima y depende de cada uno. Lo cierto es que a) la música prefiero bajármela yo misma -aunque me gusta cuando el chango me supervisa-, y b) cuando la agarre a “Jul” la ahorco con el pasacalles.

¿Cuántas veces hemos salido apuradas de casa con el cuidado de avisar que “te dejé comida en la heladera, bichi“, sólo para volver horas después y encontrar bolsas de papas fritas, envoltorios de alfajor y migas de galletita regados por el piso?

“¡No había nada!” nos dirán, indefectiblemente ante nuestra mirada atónita. Y es que no importa con cuánta paciencia expliquemos que dejamos una pata de pollo y dos papas y que lo único que tenía que hacer él era poner todo en una asadera y hornearlo: el de los hombres y la comida es un problema gestáltico.

Para un hombre, por ejemplo, “huevos+leche+jamón+queso” no es igual a omelette, de la misma manera que carne+huevo+pan rallado no implica pensar en milanesa.

Acaso la única excepción a la regla sea el querido sandwich. “Allí donde hay pan, hay esperanza”, parecen pensar los muchachos cada vez que les pica el estómago y no hay nadie cerca ni dinero para delivery.

Pero en mi casa no compramos pan, por lo tanto las opciones de mi concubino excluyen, al impúdico manjar y entonces suceden cosas como esta.

>> Las partes

El domingo a la noche se me ocurrió ir a cenar con mi amiga de la infancia, aún a sabiendas de que él no tenía plan y debería comer en casa. Sintiéndome culpable, bajé del freezer un paquete de acelga y piqué cebollas y morrones en cubos pequeñísimos, que coloqué en un recipiente en la heladera, justo al lado de una masa de tarta cuyo paquete tenía estampada la foto de una pascualina hermosa. Además, para estar segura de que entendiera el mensaje, había dejado la tartera de pirex sobre la mesada.

¿Se avivará con todo esto o debería dejarle una notita? Dudé un instante, pero finalmente decidí que él no es un niño, y que la foto de la pascualina seguro sería suficiente.

>> El todo

Alrededor de la medianoche, al volver a casa, descubrí lo ingenua que había sido. Sobre la mesada de la cocina había tres potecitos de yogur “regularizador” vacíos, un frasco de mermelada dietética abierto, al lado de un paquete de galletitas de salvado por la mitad. Un poco más allá logré divisar un pote de queso crema y cáscaras de manzana.

¿Qué era lo que me habías dejado para comer, mi amor?“, preguntó, confundido. “Como no sabía me comí todo, menos esa verdura congelada que no sé para qué era. ¡No había nada de cena!. Ah, y guardé esa fuentecita que dejaste tirada, ¡para que después no me digas que soy un enquilombado, eeeeeh!”.

Entendí todo. Ahora, cuando digo “te dejé comida en la heladera”, me refiero a que hay un táper con ravioles con tuco, listos para calentar en el microondas. Con el queso rallado ya puesto, claro.

Es bien sabido que cuando un hombre necesita algo no se lo procura por sí mismo: se queja. A los gritos, con llantos, con reproches, con miradas, como sea. Todo es válido para conseguir lo que quiere.

Con esta idea en mente, el chango viene haciendo puchero hace varias noches porque le duele el cuellito. Y yo, como soy capaz de cortarme una pierna con tal de que él no sufra, me paso horas cada noche haciéndole masajes con aceititos aromáticos relajantes hasta que la bestia se queda dormida y después paso cuarenta minutos sacándome el enchastre de las manos y la ropa.

Cansada de esta rutina que me de manos pegajosas y muñecas doloridas, decidí tomar el toro por las astas: el chango no se iba a contracturar nunca más en su vida.

>> Confía en mí, sé exactamente lo que hago

La clase de pilates está compuesta por un alumnado de lo más heterogéneo. Hay dos o tres chicas de colegio secundario más duras que una mesa, algunas viejas en pésimo estado y otras de las que creen que están buenas que charlan con cuatro señores mayores y un par de chicas jóvenes con cuerpos de bailarinas, que pasan al menos tres horas por día en el gimnasio.

Durante la primera media hora hacemos ejercicios del método pilates pero sin las camillas, y el tiempo restante lo dedicamos a hacer stretching, que es muy muy bueno para la postura y ayuda a relajarse después de un día difícil.

Tan renovada y fresquita me voy, que cuando llego a casa y lo escucho al chango repetir por enésima vez “estoy mareado, creo que es la cervical, me tira acá, ay ay…”, lo primero que quiero es traerlo de los pelos a la clase.

Finalmente, después de mucho -mucho- insistir cual ferviente evangelista con argumentos del tipo “No, no es de nena, van muchos hombres, ¡en serio!”, ayer a la noche logré convencerlo.

>> Dos…tres…y relajo al piso

Lo primero que le llamó la atención fueron, ooooobvio, las calzas celestes apretadísimas de la profesora. Yo me dí cuenta, ooooobvio, pero no dije nada porque estábamos ahí para que él relajara sus músculos y yo no tuviera que embadurnarme las manos con aceite de almendras al menos por esa noche.

Y al principio todo fue bien, pero después de los primeros quince minutos la inexperiencia y la extrema masculinidad del chango comenzaron a notarse.

El ejercicio consistía en mantener las piernas juntas y los brazos extendidos en cruz, y bajar el tronco hasta ponerlo perpendicular a las piernas, formando con la espalda un ángulo recto e intentando sacar la cola lo más posible. Demás está decir que el chango no entendió ni jota y casi se mata al intentar abrir los brazos y agacharse al mismo tiempo.

Inmediatamente, las calzas celestes de la profesora corrieron a su lado y ella intentó explicarle cómo “sacar bien la cola, como un gatito enojado“, haciéndolo ella misma para ejemplificar claramente.

Profesora:
Así. ¿Ves? sacando bieeeen la cola como hago yo, fijate. ¿Ves que es como un gatito enojado?.

Uno de los viejos le guiñó el ojo, cómplice, y otro le levantó el pulgar sonriente. En mi vida ví a nadie ponerse tan colorado y mirarme con tanto odio.

>> Siguiendo el ritmo

Uno de los detalles más indispensables de cualquier clase es la música. En las clases de fight-do, por ejemplo, las canciones son bien up y con efectos de sonido de piñas y golpes. En localizada, por otra parte, se suelen elegir clásicos de la música disco, mientras que mix dance es el paraíso del reggaeton.

En cambio en pilates las opciones son mucho más amplias. Cualquier cosa que tenga un piano, una guitarra acústica o una voz suave, sirve.

Tanto es así que la elección para anoche era un compiladito de lo que parecían ser éxitos del grunge en clave melódica, entonados por la chica con la voz más melosa de la historia.

Chango (con la colita en alto):
¿Qué es esto? ¡Bossa ‘n’ noventas!

Elena (con el baúl en alto):
¡Escuchá! ¡es Pearl Jam!

Chango:
¿Quién canta, una de American Idol?

Alumna-bailarina:
¿Les gusta la música? La traje yo. ¡Ojo que ahora viene uno de los Rejochilipeiper!

>> Estiramos bieeeeeen los bracitooos

Una vez superado el encontronazo inicial con el trasero de la profesora, y asimilada la música (La versión de ‘November rain’ era imperdible), continuamos con los ejercicios de estiramiento.

Honestamente el chango ya estaba bastannnnte emboladito pero lo llevó con dignidá, aunque su mayor alivio llegó cuando nos tocó por fin sentarnos en el piso.

Profesora:
Bieeen, chicos, me estiiiiro con los brazos bieeeen hacia el techo, como si quisiera tocarlo… y ahora voy al piso, que se estiren bien esas piernitas. Todotodotodotodo bieeen estirado…

Chango:
¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!

Profesora:
¿Estás bien, negri?

Chango:
¡No me puedo mover!

Profesora:
Uy, me parece que forzaste la cintura, a ver… ¿Te podés levantar?

Chango:
¡NO! ¡AU-AU-AU-AU-AU! ¡Me tira, me tira!!

Profesora:
¡Pobrecito! Ele, mejor llevalo a tu casa y hacele unos masajitos en la cintura con alguna cremita relajante y que descanse. No te preocupes, negri, mañana o pasado no te va a doler más. ¡La próxima vas a estar de diez! ¡Los veo el jueves, eh!

Así, mientras el PAMI completo se reía -seguramente se sentían como los de Cocoon-, me llevé a la bestia a rastras hasta nuestro nidito de amor.

>> El peor remedio

Acá lo tengo al chango, acostado boca abajo. El olor al ratisalil flex sólo es superado por el del aceite hediondo que estoy usando para masajearle la cintura y la espalda. Esta vez compré de caléndula, que favorece el sueño relajado.

La verdad que me siento un poco culpable, porque quise hacerle(me) un favor y en cambio terminó lesionado, lo que significa al menos una semana más de atenciones y tecitos en la cama. Ah, no, culpable no, gila nomás.

Eso sí, el cuello no le duele.

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